14 de junio de 2016
14.06.2016
OPINIÓN Joan Aliaga Morell

Un museo de ficción

14.06.2016 | 07:48
Un museo de ficción

Ante el cierre del Museo de Santa Clara y las declaraciones publicadas recientemente en los  medios de comunicación, como profesor de la Universitat Politècnica de València y responsable de los convenios suscritos con el Ayuntamiento de Gandia y el Arzobispado de Valencia entre 2014 y 2016, quiero dejar constancia de la labor desarrollada desde la universidad a la que pertenezco. Es importante clarificar desde el primer momento que la dirección de este tipo de proyectos es exclusivamente académica y no implica en absoluto la dirección del museo municipal, que de forma errónea se me ha atribuido.

Las funciones de organización, coordinación y gestión de lo que debía ser el futuro museo de Santa Clara han sido desarrolladas por un equipo interdisciplinar compuesto por dos conservadores, diez restauradores titulados y diversos egresados estudiantes del Máster Interuniversitario de Gestión Cultural. Por otra parte, durante el tiempo que hemos trabajado con el valioso patrimonio cultural de Gandia han sido muy gratificantes las colaboraciones con colegas de otras universidades españolas y centros de investigación internacionales, que se han desplazado a Gandia para conocer de primera mano la colección artística borgiana, como es el caso Claudie Ressort, conservadora jubilada del Museo del Louvre, experta en pintura española.

Es necesario reseñar el apoyo incondicional del equipo de radiología del Hospital Francesc de Borja donde se han realizado radiografías y TAC a determinadas obras para conocer los detalles de sus estructuras internas. Solo una parte de este trabajo, propio de los museo oficiales se han mostrado al público a lo largo de los 15 meses y quedó paralizado una vez finalizado el último contrato el pasado 1 de junio.

A principios de 2014, cuando comenzamos a colaborar con el Ayuntamiento de Gandia, nos encontramos, por un lado, con un edificio en obras y, por otro, con muchas prisas por inaugurar el «museo» que, incomprensiblemente y tras una inversión pública de casi un millón de euros, carecía de un proyecto museológico que definiera claramente la estructura organizativa, estatutos, los fines, el ideario, presupuestos, etc. Se advertía claramente el grave error de partida al iniciar un proyecto sin una planificación racional con el agravante del alto coste económico realizado. O, dicho con otras palabras: la casa, cuya gestión se nos confió, se había empezado a construir por el tejado.

Un museo es algo más que una sala de exposiciones. Es un espacio para el estudio, la investigación, la educación y la salvaguarda del patrimonio cultural. Es evidente que esto último no lo terminó de entender Arturo Torró cuando el mismo día de la firma del convenio con la UPV anunciaba a los medios que el museo se inauguraría en breve, en la Semana Santa de 2014. Para el alcalde de Gandia el museo era exclusivamente una exposición de cuadros. Costó convencer a las autoridades para que entendieran que, antes de la inauguración, había un gran trabajo pendiente, pues ni siquiera existía un proyecto museográfico (expositivo) mínimamente coherente.

La suma de deficiencias que se acumulaban en el trato de los objetos artísticos hicieron sonar todas las alarmas. Se detectaron negligencias en las obras importantes en la colección, como las tres tablas de Paolo da Sanleocadio –que descansaban directamente en el suelo, sin ningún tipo de aislante–, o el retablo de Joan de Joanes, restaurado de forma precipitada, a low cost, presionando al restaurador para finalizar rápidamente una obra que requería «ciencia y paciencia». Gran parte de los marcos originales (siglos XVII y XVIII) de las pinturas fueron sustituidos por otros actuales sin criterio alguno, valor ni gusto, dejando abandonadas auténticas obras de arte mobiliario. La precipitación y la insistencia en una pronta inauguración, sumado a la falta de preparación en materia de conservación de obras de arte del conservador responsable, provocó daños irreparables. En el apartado de infraestructuras museográficas se llegó a tiempo de poder subsanar defectos en las instalaciones de climatización e iluminación porque, por suerte, los técnicos no habían recibido ninguna indicación del conservador.

Me he referido al «futuro museo» en sentido literal, puesto que oficialmente nunca ha existido el Museo de Santa Clara reconocido como tal por la Generalitat Valenciana. La crisis desencadenada en torno al patrimonio privado del Monasterio de Santa Clara tiene como argumento un museo que ni el gobierno de Arturo Torró ni el de Diana Morant han sido capaces de desarrollar bajo el asesoramiento de la Universidad, a la que se le ha pagado para ello. Al finalizar 2014, el Ayuntamiento disponía de los informes necesarios para llevar a cabo la consolidación y reconocimiento institucional de un museo que nunca se llegó a realizar.

Tras el cambio de gobierno municipal, se puso en conocimiento de las nuevas autoridades las condiciones en las que se encontraba la valiosa colección de obras de las Clarisas, depositada en las dependencias municipales en una exposición permanente abierta al público y sin un marco legal como museo. La opción responsable por combatir la deuda municipal redujo considerablemente las inversiones en cultura y, tras un contrato de menor cuantía con la Universidad, quedó finalizado el trabajo del equipo universitario. Un año después de la constitución del nuevo equipo del gobierno municipal continúa pendiente la consolidación legal del museo, que permita la dotación de recursos y personal especializado. Es evidente que las fórmulas pueden ser muy diversas y siempre deben ajustarse estrictamente a la legalidad. Pero mientras llega ese momento, la colección no debe permanecer desatendida sin personal cualificado.

Es necesario superar las crisis y afrontar con responsabilidad la recuperación de un proyecto que nunca debió romperse, bien entendido que nunca ha sido intención de quien suscribe acceder a la dirección de ese futuro museo y sí, en cambio, permanece intacta su predisposición a seguir colaborando en un proyecto tan ilusionante, si es que las partes implicadas se ponen de acuerdo en su continuación.

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