10 de marzo de 2019
10.03.2019
Opinión

De puntillas

10.03.2019 | 12:52

El viernes estuve en la manifestación del 8 de Marzo en Castellón. Vi a gente de todas las edades, profesiones, intereses€ Me quedo con esa marea humana pacífica repleta de jóvenes, hombres y mujeres, que son presente y futuro. Nadie les va a convencer ya de si unos pocos politizan o no el Día de la Mujer porque tienen tan interiorizada la necesidad de reivindicarlo que no entenderían quedarse en casa mientras avanzan la marcha y la sociedad.

Tantas veces criticados por su supuesto desinterés por las causas más nobles, por el absentismo o el fracaso escolar, por la adicción al móvil y las redes sociales, por la falta de educación€ Pues yo el viernes por la tarde vi a centenares de estudiantes, muchos de ellos de Almassora, recorrer las calles de Castellón exigiendo igualdad para sus novias, madres, hermanas o abuelas. Para que no miren atrás cuando vuelven solas a casa, para que tengan las mismas oportunidades cuando aspiran a un puesto de trabajo, para que la crianza de los hijos sea al 50% con idénticas condiciones reguladas.

Esa es la España que avanza, que recorre Gran Vía, Colón o María Agustina. La tenemos al lado de casa, en nuestra propia casa. No sé cómo algunos de mis colegas políticos se tapan los oídos ante el clamor social y miran hacia otro lado. ¿A quién representa quién no envía representación a una movilización de este calado? La provocación de dejar plantados a tantos de sus vecinos es tan testaruda como la hemeroteca.

Esa fortaleza que derrocha la fuerza de la juventud libre de prejuicios es la que siempre, en todos los momentos de la historia, nos ha llevado a avanzar hasta hoy. Quienes este viernes se negaron a apoyar la marcha feminista son los mismos que en los 1981 se opusieron al divorcio, poco más tarde al aborto y en 2005 al matrimonio homosexual. Ahora se divorcian y se casan con quien quieren gracias a esos derechos que reivindicamos los demás. No pasada nada, esa es su revolución, pero lo único cierto es que es a la inversa.

Yo me quedo con ser la primera concejala de Igualdad de Almassora, con la firma del protocolo Viogen para proteger a víctimas de violencia de género, con la incorporación de una agente de igualdad a la plantilla municipal, con la creación del premio Clara Campoamor –felicidades, Rosa Colomer- o la aprobación de nuevas tasas que tienen en cuenta a las familias monoparentales, un modelo familiar que tampoco ha tenido en el pasado el respaldo de quienes hoy están en la oposición.

Y me quedo también con otras actuaciones que, aunque no lo parezca, tienen mucho que ver con la igualdad: obras para poner rampas en las aceras donde había peldaños y que suban y bajen carros de bebé, Xarxa Llibres para que ya no tengamos que pagar cada septiembre los libros de texto de nuestros hijos, Parque de Educación Vial para que nunca les griten 'Mujer tenías que ser', ampliación de la biblioteca para que estudien lo que quieran, Instituto de Tecnología Cerámica donde había un edificio abandonado para que ese talento se quede en Almassora. Y tantas otras que pese a la fobia de algunos por avanzar me recuerdan que no se puede pasar por la vida de puntillas.

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