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Europa en juego

Podrá parecer una exageración, pero son muchos los que han olvidado que la convocatoria del día 26 también afecta al Parlamento Europeo. No por desconocimiento, si no porque los mismos partidos se han centrado en lo que de verdad les da la vida. Europa, tan decisiva y vinculante en sus directrices, pilla demasiado lejos para lo que hay en juego aquí.

Tampoco es exagerado pensar que a rebufo del voto en las municipales, muchos arrastrarán su decisión hasta Bruselas. Sin menoscabo de que la norma, tan cruel como irreversible, sostiene que aún celebrándose el mismo día y a la misma hora, prácticamente con idénticos logos para escoger, la participación en uno y otro comicio distarán más de lo que la lógica debiera marcar y de lo que se entiende como recomendable en un país que ya se las da de incontestable tradición democrática.

Así que todo aquello por lo que lloramos y aplaudimos los futboleros, la entrega sin remisión a Europa como súmum de la competición, se diluye en una suerte de acción refleja a la hora de escoger a nuestros representantes. Eso como mal menor, que a nadie escapa que aquél escenario resulta elegido por demasiados para expresar su desazón ante esa crisis sin fin que tantas facturas se cobra entre los electores mientras los elegidos, en puridad, la han sorteado incluso renovando la confianza en forma de gobiernos estatales, autonómicos y locales, más allá de la desaparición del bipartidismo.

Reivindico el voto a las elecciones populares con la misma trascendencia que para el resto de convocatorias, recordando que es allí, tan lejos, desde donde se condicionan cuestiones que en los últimos meses han capitalizado las portadas de la prensa local, desde los aranceles y los controles sanitarios frente a la importación masiva de cítricos de Sudáfrica, a la necesidad de reducir costes energéticos para mejorar la competitividad de nuestros azulejos, las directivas medioambientales y de consumo.

Eso sin olvidar que al final será Europa quien va a interpretar si el parany o el bou al carrer merecen la excepcionalidad de considerarlas tradiciones o si las mismas sobrepasan los límites de permisividad de una sociedad respetuosa con la vida, con todas las vidas. Sólo si estamos en Europa participaremos de su futuro, no hacerlo nos condena a obedecer.

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