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Adicciones

"El padre que no detecta que su hijo tiene una adicción es porque no lo quiere ver"

El catedrátido José Miñarro apunta que uno de los principales problemas del consumo de alcohol y drogas es la falta de conciencia de los progenitores

"El padre que no detecta que su hijo tiene una adicción es porque no lo quiere ver"

"El padre que no detecta que su hijo tiene una adicción es porque no lo quiere ver"

Incidir más en educar a los jóvenes, pero sobre todo a los padres. Puede llamar la atención, pero esta es la solución que el catedrático José Miñarro da para reducir las cifras de consumo de alcohol y cannabis entre adolescentes.

Actualmente, según explica el catedrático de Psicobiología de la Universitat de València (UV), el 80 % de los adolescentes consumen alcohol y el 30 %, cannabis. De estos últimos, el 90 % combinan la ingesta con bebidas alcohólicas.

El también investigador del Instituto de Salud Carlos III, apunta que el problema es que existe «una baja concepción del riesgo por parte de la sociedad, en general, y de los padres, en particular». En España, «el alcohol está muy interiorizado en entornos sociales, comidas, eventos...» y existe esa falta de miedo, en parte «porque los padres a veces también han consumido».

Si un hijo o una hija ingiere cualquier tipo de drogas, «se detecta enseguida», afirma Miñarro. «Los signos fisiológicos se aprecian a simple vista y también aparecen en el comportamiento. Aunque sea muy habitual en la adolescencia, los jóvenes cambian de conducta y hacen cosas que no hacían antes», explica. Por tanto, los padres que no detectan las adicciones «es porque no lo quieren ver», concluye.

Entre las consecuencias, el investigador, -que atendió a Levante-EMV ayer, antes de dar una conferencia en la Nau, dentro del programa Art i Ment de la UV- indica que «los adolescentes que consumen a diario cannabis tienen un peor y bajo rendimiento escolar, repiten más cursos y obtienen notas más bajas».

Pero no solo se trata de alteraciones cognitivas. A medio plazo, indica, los jóvenes pueden desarrollar dependencia; y a largo, sufrir «alteraciones en el sistema nervioso central y su bioquímica, que está en desarrollo a esas edades».

Siempre se hace referencia a aspectos médicos o sociológicos, pero Miñarro también destaca la «alteración de la toma de decisiones»: «es muy importante y muchas veces no se tiene en cuenta», alerta. «Las drogas alteran el córtex prefrontal del cerebro, encargado de indicar qué debemos hacer de forma responsable en una situación determinada», explica. Esta inhibición provoca que el consumidor haga juicios «verdaderamente erróneos» y, por ejemplo, «puede no apreciar riesgo en lanzarse a una piscina desde una ventana», señala.

Miñarro considera que el consumo de alcohol, «aunque es legal, puede ser incluso más peligroso que el cannabis, ya que provoca actitudes de desinhibición e incluso de violencia en alguna ocasión», lo que no sucede con la marihuana. No obstante, opina que «habría que investigar más» el uso farmacéutico de esta sustancia estupefaciente, aunque «no son ciertos todos los beneficios que se dicen: no es el mejor analgésico ni tampoco previene el glaucoma...».

Sobre el debate de legalizar la marihuana, el investigador anima a preguntarse cuál sería el coste-beneficio de la medida, ya que a pesar de la mayor recaudación en impuestos, también se generarían más gastos sanitarios.

Además de aumentar la concienciación, el catedrático asegura que para paliar al problema, «sobre todo hay que informar, y también debemos hacerlo más las sociedades científica­s, pero sin una conducta amenazante ni moralista».

Miñarro pone como ejemplo a Finlandia, donde el consumo ha bajado «una barbaridad». «Han implantado una serie de medidas de información, control y prevención, desde el colegio, pasando por los padres, el ayuntamiento, las asociaciones civiles... un control que funciona». Asimismo, recuerda que «cuanto más barata es una sustancia, más disponible está y más se consume».

El «grupo» influye «totalmente» en la decisión de un joven a la hora de beber o ir de botellón, una práctica en la que no controlan la cantidad que beben ni el grado de las bebidas. Lo que determinará que de un grupo de diez amigos, uno o dos sean alcohólicos y no reduzcan el consumo en la edad adulta, son «factores de vulnerabilidad genética, como un consumo abusivo de los padres, que marca las generaciones posteriores».

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