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Entrevista | Alfons Cervera

"Todo es hablar de la guerra y de la dictadura no habla nadie"

El autor valenciano, que regresa al terreno de la memoria en «Todo lejos», su nueva novela, sostiene que la Transición «marcó el límite entre lo decible y lo que había que callar»

"Todo es hablar de la guerra y de la dictadura no habla nadie"

"Todo es hablar de la guerra y de la dictadura no habla nadie"

Lo que fue importante deja de serlo y ya no es nada. El amor está y ya no está... Así es la vida, el paso del tiempo. ¿En esas frases está el tono de su última novela?

De la última y creo que también el de todas mis novelas. El tiempo es el material principal con el que construimos las novelas, y también con el que nos construimos a nosotros mismos. Por eso está siempre presente en lo que escribo, con sus vaivenes, sus avances y retrocesos, con su manía de dejarnos cada vez más con el culo al aire, a la intemperie.

¿El resultado de esa mirada a 1971 es el desencanto?

Todavía no. El desencanto, las decepciones vendrían después. Al menos para quienes esperábamos que después de la dictadura vendría algo distinto a lo que luego ha sido. El grupo de jóvenes que protagoniza Todo lejos creía que todo era posible, por eso se jugaba la vida en ese tajo, ahora visto como imposible, de cambiar el mundo en que vivíamos.

Todo es hablar de la guerra y de la dictadura no habla nadie. ¿Es su sentir hoy, en 2014?

Sí, es lo que pienso. Es absolutamente legítimo hablar, escribir, sobre la guerra. Pero me extraña que haya tan poca literatura de ficción que cuente el tiempo cruelísimo de la dictadura franquista. La Transición marcó el límite entre lo decible y lo que había que callar. Y ahí seguimos.

Su estilo es muy reconocible: ambiente, estructura, lenguaje... ¿Sorprender ya no es una preocupación?

No es por compararme, faltaría más, pero Patrick Modiano, último Nobel de literatura y uno de los escritores que más admiro, siempre escribe la misma novela. Cada uno tiene su mundo, concibe su vida con relación a ciertas referencias. Y las cuenta, esas referencias, desde su punto de vista, a través de un estilo. Y sí, a estas alturas sólo me preocupa escribir bien y, si es posible, cada día mejor.

Le pregunto lo mismo que se inquiere una de sus voces: ¿a quién interesa nuestra historia tantos años después?

El trauma siempre va seguido de un espacio en blanco. Lo que duele siempre necesita un tiempo de calma para procesar lo sucedido. Y muchas veces lo que viene después del daño es la necesidad de olvidar. Pero también está otra necesidad: la de conocer cuanto más y mejor lo que pasó. Sacar a la luz el pasado es la mejor manera de iluminar el presente.

Habla uno de los personajes de la traición de quienes hoy están en el poder. ¿Es lo que ve, porque incluso en la derecha gobernante vemos a quienes eran revolucionarios en 1971?

El tiempo es implacable. Acaba destapando las zonas más en sombra de la gente. En la novela hay bastantes referencias a la obscena facilidad que tienen algunos para, como vulgarmente se dice, cambiarse de chaqueta.

«Queríamos hacer la revolución y nos convertimos en habitantes abruptos del silencio». ¿Vale para una parte importante de su generación?

¿Sólo de mi generación? Pero si todavía hoy escarbar en el pasado es un delito. Mire lo que le pasó a Garzón, la dificultad que sigue habiendo para que los familiares de las víctimas republicanas puedan desenterrar a sus muertos? Lo mejor es callarlo todo: y se quedan tan anchos cuando dicen esa barbaridad.

¿Contar la muerte es más difícil que contar la vida?

Es que las dos son una misma cosa. Lo dice Pizarnik: es la muerte lo que da sentido a la vida. Pasa que a veces la muerte irrumpe abruptamente y se produce un desequilibrio que acaba condicionando la existencia del superviviente. Eso pasó en la realidad de la historia que cuento en mi novela.

¿Tal vez por eso ha derivado ese mundo cercano, conocido, hacia la ficción y no hacia el ensayo histórico?

Lo que cuento en Todo lejos es real y sucedió en Vilamarxant, el pueblo donde yo vivía entonces, en julio de 1971. Yo quería contar esa historia de jóvenes revolucionarios, quería devolverles una dignidad y una nobleza que las circunstancias de la época les negaron. Y la mejor manera de hacerlo era desde la ficción porque me permitía jugar con argumentos y personajes que la exactitud de la historia me negaban.

Una ligereza para acabar: ¿los Beatles son una de las grandes estafas del siglo XX?

Para nada. En la novela ocupan ellos y su música y la de otros grupos un protagonismo muy importante. La posible estafa es lo que el mercado puede estar haciendo con su memoria, como esas fotos de gente cruzando el paso de cebra de Abbey Road cuando el auténtico paso de cebra se borró hace ya mucho tiempo por intereses urbanísticos. O eso creo?

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