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Crónica

Camela y su hoguera de emociones

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Camela y su hoguera de emociones Fernando Soriano

Un concierto de Camela es como follar. En medio del mogollón te lo pasas estupendamente, pero cuando después lo cuentas siempre queda regular. Es difícil explicarlo sin ofender, ruborizar o incomodar al resto o, a veces, a uno mismo. Sin caer en lo obsceno o chabacano. El maldito pudor es, en ocasiones, más poderoso que los detalles, que es al final donde está la gracia del asunto. Dioni declaraba hace un par de años a este diario que no entendía por qué hay gente que oculta que le gusta Camela; que total, ellos no han matado a nadie. A mí no me molan, no necesito esconderme, al cabo de media hora de bolo ya tenía bastante porque todas las canciones parecían salidas del mismo troquel. Pero entiendo que por decoro, cobardía o incapacidad haya gente que prefiera no contarlo. Ya saben que yo no tengo otra opción y que, además, me encanta. Así que les cuento.

En mi vida he visto un fenómeno fan tan absoluto como en el concierto de Camela en Viveros en la noche del viernes. Jamás estuve tan cerca de una hoguera de emociones tan monumental, de una pira sacrificial alimentada por los sentimientos más simples, pero también más arrolladores que habitan en el corazón humano. Las mil personas que asistieron parecían ser muchas más por el delirio con el que vertían en el fuego la rabia, la alegría, el vitalismo, la tristeza, el abandono, la nostalgia y, sobre todo, el amor por el dúo y su música. En medio de un pasmoso griterío continuo y desgarrador. Cantando sin cesar una poesía suburbial, de fantasías dolientes, romances abrasadores, relaciones imposibles y desbocadas, folletines devastadores y pasiones raciales de explanada ferial. De “te quieros” más falsos que un euro de madera y de amigos intercediendo, aclarando la situación y resolviendo la papeleta de los protagonistas por teléfono o delante de la taquilla de los autos de choque. De engaños y cuernos a vida o muerte.

Cantaba la muchedumbre al son de un tecnopop aflamencado, una turbo rumba hinchada, machacona y rápida que ha creado escuela, de efectos dramáticos infinitos y rimas infinitivas. Una música transversal que desde hace 28 años ha enganchado a pijos y canis, sin importar la edad ni la extracción social. El público era femenino en su mayoría, grupos de amigas con ganas de pasarlo bien y de bailar durante hora y media para darle la espalda a la pandemia. De escuchar a Dioni y a Ángeles, él danzando con movimientos felinos; ella, bien de agudos, más felina todavía. Dos currantes incansables, cuñados tragando kilómetros a piñón, dervicheando en pareja bajo la luna de València en un aquelarre del quince. Interpretando un pelotazo detrás de otro, ejerciendo de New Order y Pet Shop Boys para la gente común poco inclinada a las vanguardias sonoras o al riesgo artístico, que compró millones de cedés y casetes en las gasolineras.

“No puedo estar sin él”, “Sueños inalcanzables”, “El calor de mi cuerpo”, “Háblale de mi”, “Sueño contigo” y “Cuando zarpa el amor”, todas iguales, todas acogidas con idéntico entusiasmo en un rapto dionisíaco que acabó convirtiéndose en un escándalo superlativo con la gente saltando o arrodillándose. Explicando entre suplicantes aullidos a los vigilantes que tener delante a Camela y no bailar, aunque sea con mascarilla, es no tener verano, enterrarse en vida, vivir eternamente condenada en “La estación del querer”.

Tanto es así que un grupo de chicas disfrazadas de hadas/bailarinas llegó a abandonar las mejores localidades para, sin echar ni una calada, ocupar la zona de fumadores y poder danzar de manera semiclandestina. Perdiendo todo contacto visual con la banda, sí, pero disfrutando de un momento tan íntimo como revelador. Ya les digo, la peña en un continuo culmen extático, enloquecido y excesivo. Un hechizo desaforado al que puso punto final una tierna Ángeles regalando su sombrero a un niño de las primeras filas y presentando cariñosamente a sus músicos y colaboradores, que, según cuenta la leyenda, suelen recibir un jamón por navidad de parte de Dioni. Así como no vas a quererlos.

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