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Opinión | Tribuna

La sostenibilidad de la empresa

Hace ya años, el METI Ministry of Economy, Trade and Industry de Japón encargó a la compañía de consultoría donde trabajaba, un proyecto que consistía en seleccionar (y convencer) a ejecutivos de empresas españolas con intereses en Japón, para participar en un programa formativo de año y medio en el país nipón

Hace ya años, el METI Ministry of Economy, Trade and Industry de Japón encargó a la compañía de consultoría donde trabajaba, un proyecto que consistía en seleccionar (y convencer) a ejecutivos de empresas españolas con intereses en Japón, para participar en un programa formativo de año y medio en el país nipón. Durante el mismo los ejecutivos estudiaban 6 meses intensivamente el idioma, 6 meses se formaban sobre la cultura y forma de trabajar japonesa y 6 meses trabajaban en una empresa industrial. Se pretendía facilitar relaciones empresariales más fluidas y productivas en el futuro. A lo largo del proyecto establecimos varios intercambios de información y el feed back que nos llegaba era que allí se nos consideraba como personas proactivas con mucho empuje, creatividad y resolutividad. De hecho, nos admiraban por contar con esas competencias, ellos lo hacían todo en grupo y estaban tan habituados a las normas que ante una situación imprevista o desconocida no sabían cómo actuar y se convocaba inmediatamente un «gabinete de crisis» para analizar conjuntamente la situación, sus retos y sus riesgos. Afirmaron incluso que, si los españoles tuviéramos la disciplina, reflexión y respeto por los procedimientos que ellos sí tenían, no habría quien nos parase.

Ciertamente el empuje es un rasgo que nos define, somos «echados para adelante», enérgicos y positivos lo que nos convierte en profesionales luchadores y flexibles. Somos eficaces en las crisis, la capacidad de soportar la presión y la resiliencia son cualidades que se exigen habitualmente a nuestros ejecutivos y directivos y realmente solemos encontrarlas. Así que con este perfil no es de extrañar que muchos se lancen a la aventura de desarrollar un proyecto personal o crear una empresa.

Según datos publicados en el estudio Taxation of SMEs in OECD and G20 Countries, en España las PYMEs emplean al 65% de los recursos laborales, siendo el 3º país del G20 en mayor % de empresas de menos de 10 trabajadores. Además el 20% se basa en el autoempleo. Por tanto no estoy de acuerdo con quienes dicen que en España hay escasa cultura emprendedora. A la vista de estos datos ¡claro que somos emprendedores!

Una cosa es lanzar y otra diferente consolidad y sostener. Según este estudio muy pocas compañías lograr superar los cinco años de existencia, únicamente el 29% continúan su actividad tras este periodo de tiempo. Y según el informe GEM España 2014, la mayoría de los nuevos negocios creados en España son empresas de pequeño tamaño que prestan servicios a consumidores locales y no tienen una vocación clara para crecer, 6 de cada 10 no presentan ninguna orientación innovadora y 7 de cada 10 manifiestan no tener aspiraciones de internacionalización.

Así que emprendemos, sí, pero ¿con que calidad, con que proyección de futuro? Cuando se trata de mantener los logros en el tiempo, de ser sostenibles en definitiva, adolecemos de cierto individualismo, nos cuesta delegar y trasmitir, nos cerramos a veces ante diferentes formas de hacer las cosas. Nos cuesta crecer porque nos cuesta compartir, porque aún seguimos aprendiendo a trabajar en equipo, porque cuando una cosa ha funcionado nos da cierto vértigo apartarnos de ella. Dedicamos pocos recursos a I+D. No tenemos apenas investigadores a los que hemos condenado al exilio por falta de medios, empezamos ahora a valorar la importancia de gestionar y compartir el talento. Nos declaramos «teamworker» y al mismo tiempo protestamos en voz baja cuando tenemos que dedicar tiempo a las reuniones, a debatir y pensar en equipo, a la mejora continua.

Los analistas dicen que somos poco competitivos porque nuestra empresa es mayoritariamente pequeña y el ser pequeño conlleva necesariamente limitaciones. Es obvio que existen obstáculos «externos» para el crecimiento y desarrollo (financiación, fiscalidad o burocracia) pero también hay una barrera interna, relacionada con las actitudes y las aptitudes. Nos faltan competencias personales que nos ayuden a elevar nuestras expectativas, a aceptar retos (el de la internacionalización por ejemplo) y ampliar horizontes. Y la solución pasa por la formación. En vez de fomentar tanto la competitividad (individual) habría que potenciar la cooperación y la visión. Los programas educativos deben preparar a los futuros profesionales para pensar en el largo plazo, para abrir vías de colaboración, para establecer alianzas, para innovar. Para desarrollarnos sostenidamente. Y eso no se puede hacer en solitario. Si quieres ir deprisa ve solo, si quieres ir lejos ve acompañado.

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