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Valencianos en Cataluña, una historia de éxito

Un siglo antes del reciente aluvión de profesores, la colonia valenciana en Cataluña ya era masiva. Una tesis descubre cifras, causas económicas e historias detrás de este fenómeno

Un grupo de valencianas, con vestidos tradicionales, en un acto en honor a la Mare de Déu el 8 de mayo de 1932.

Un grupo de valencianas, con vestidos tradicionales, en un acto en honor a la Mare de Déu el 8 de mayo de 1932. Arxiu nacional de catalunya/ JOSEP MARIA SAGARRA i PLANA

Casi nada en la vida es casual. Puedes pasear por la Barceloneta, el barrio marítimo de la Capital Condal, y encontrarte inmerso en la calle Vinaròs. En Gavà, dentro del área metropolitana, se disfruta cada abril de una especie de bonus track fallero, con monumento y desfile de moros i cristians incluidos. La colonia valenciana en Cataluña, aunque no tiene la conciencia ni el conocimiento general de otras como la andaluza o la gallega, puede presumir de ser posiblemente la más antigua y, en algunos momentos de la historia, la más numerosa. Un auténtico aluvión. Un dato ilustra la magnitud del fenómeno, por lo general inadvertido al sur del Sénia: en 1930, casi uno de cada diez habitantes de Barcelona había nacido en territorio valenciano.

Ha tenido que ser un emigrante, valenciano obviamente, quien ha consagrado su tiempo a profundizar y divulgar este fenómeno que apenas ha ocupado unas líneas de investigación si se compara con otras procedencias. Kenneth Pitarch Calero (València, 1985), licenciado en Historia por la Universitat de València y doctor en Demografía por la Autònoma de Barcelona, es autor de la tesis Análisis sociodemográfico de la migración valenciana en Catalunya y otros destinos, en la que trata de aproximarse a las diferentes oleadas de valencianos hacia el norte y su desempeño en su nueva vida. «Lo que pretendíamos era contribuir al estudio y discusión sobre la migración valenciana en Cataluña y su movilidad social. Se ha escrito mucho sobre la inmigración gallega, andaluza, sobre el conjunto pero sin desagregar según el origen. ¿Por qué no sobre la migración valenciana, si es de las más antiguas y se produjo en masa?», explica el autor.

Y es que mucho antes de la avalancha de profesores y personal sanitario vivida desde los años 90 del siglo XX, ya había valencianos en la comunidad vecina. Llegaron a ser casi una provincia catalana. La primera oleada se remonta al tercio final del siglo XIX. Barcelona ya era una capital pujante y en el territorio valenciano no faltaban factores de expulsión: enfermedades, crisis agrarias e industriales, sequías, riadas, heladas? A cada golpe de mortandad, a cada hambruna le seguía un éxodo en dirección a una ciudad que crecía, que demandaba mano de obra para la construcción y para obras públicas de alcance como el metro; con reclamos como la Exposición Universal de 1888 o la Internacional de 1929. En 1885, La Vanguardia informaba de que la epidemia de cólera en València (acabó matando a 33.000 personas en todo el territorio) empujó a familias que se aglomeraban como podían durmiendo en habitaciones hasta diez personas. Era el pan de cada día.

Aquellas oleadas tuvieron continuidad en el siglo XX, durante la década de los años 40, los 50, los 60... Primero, éxodos rurales guiados por el hambre; luego, familias y ciudadanos en busca de mejores oportunidades para sus hijos. Los datos hablan por sí solos: en 1930, 126.165 valencianos estaban asentados en Cataluña. El 70% se concentraba en Barcelona, con 88.298 personas. Eran el principal grupo migratorio, el 8,7% de la población. La colonia se mantuvo estable durante décadas. En1970 ascendía a 109.636 habitantes. Fue cayendo hasta los actuales 61.866, según el padrón de 2019, diez veces menos que la colonia andaluza.

Pitarch, que reside en Barcelona desde 2010, ha dedicado su investigación a conocer a sus predecesores, y su conclusión es que la migración valenciana es una historia de éxito. Frente a otras comunidades, los valencianos ofrecen unos mayores índices de ascenso en la escala social, evolucionando respecto al sector profesional al que pertenecían y con una mayor movilidad entre categorías. La gran fuente de información utilizada por el autor es la Encuesta Sociodemográfica de 1991 del INE, un esfuerzo estadístico excepcional (y no repetido desde entonces) que ha dado a los investigadores herramientas para explorar en el trayecto vital de los grupos humanos, así como de sus antepasados y descendientes. Los datos de los valencianos del siglo XX denotan indicios de cierto éxito social en la movilidad intrageneracional, al ser el colectivo que más cambia su perfil comparado con el conjunto después de migrar; y también por estar sobrerrepresentados en los sectores económicos o en las situaciones profesionales de más prestigio, pasando al sector terciario o convirtiéndose en empresarios.

«No sabemos exactamente por qué», reconoce Pitarch, que sí ofrece ciertas pistas muy relevantes. La más evidente es la lengua compartida. Lo fue hace un siglo pero hoy sigue siendo un factor de rápida integración y proyección social. Por ejemplo, en puestos ligados al sector público, como la enseñanza. Los miles de profesores emigrados en los últimos 20 años han revolucionado el perfil de la colonia valenciana en Cataluña, pasando de un colectivo envejecido (57 años de media en1991, la más alta de todas, frente a los 33 años de la media de los catalanes) a una foto actual en la que ha aumentado un 70% la población en la horquilla entre 18 y 35 años gracias al aluvión de profesores, personal sanitario y otras profesiones relacionadas con el sector público.

Matrimonio con nativos como vía de integración

Otro facilitador de progreso frente a otras comunidades puede ser el número de matrimonios con nativos que se produjo en el siglo XX. «Casarte con alguien de la tierra donde vas es una estrategia social», explica el demógrafo en relación al acceso a las redes sociales que ofrece una integración de ese calado. En este sentido, los valencianos de la segunda mitad del siglo XX fueron los que en mayor porcentaje emparentaron con un catalán o catalana, el 44%, según los datos de la Encuesta de 1991. Además, fueron los menos 'endogámicos', con solo un 27% de matrimonios entre valencianos, apunta la tesis de Pitarch.

Los diferentes picos de migración han ido configurando tres grandes núcleos de concentración de la población valenciana residente en Cataluña. De nuevo, los motivos económicos explican el resultado demográfico. El foco de asentamiento más evidente es Barcelona y su entorno, con algunos casos significativos, como el aterrizaje en la Barceloneta de pescadores procedentes del norte de Castelló o de la Marina. De ahí la toponimia característica de alguna de sus calles, con nombres como carrer Vinaròs o carrer Vila Joiosa. Hilari Salvadó, alcalde de la ciudad durante la Guerra Civil, era hijo de una humilde familia de pescadores originaria de Peñíscola, por ejemplo.

El siglo XXI de los profesores: una colonia rejuvenecida y con mayor formación

El delta del Ebre con su cultivo del arroz configura otro espacio aglutinador de valencianos, desde muy antiguo. El Sénia, un pequeño río que hace de límite natural entre Castelló y Tarragona, ha sido más una vía de contacto que una frontera, explica Pitarch. La última oleada migratoria, de nuevo por motivos laborales, ha creado un nuevo asentamiento valenciano en el eje Reus-Tarragona, protagonizada por el personal educativo y sanitario llegado en los últimos años, mucho más joven y con un perfil más elevado en cuanto a instrucción educativa. Es quizá el aspecto más característico de la migración moderna, al margen de su juventud. El 65% de los nacidos entre 1976 y 1986 tiene estudios superiores; el 30% del total de hoy son técnicos y profesionales científicos e intelectuales.

La política educativa de inmersión lingüística es básica para entender este cambio, en el que el conocimiento del valenciano ha dado una ventaja competitiva frente a otras procedencias. Aunque la bolsa de profesores funciona mejor en València en estos momentos, durante dos décadas Cataluña ha sido una vía de escape. Primero, por la gran cantidad de educadores requerida; segundo, porque no era necesario pasar un examen para entrar.

Llegados a este punto, ¿qué huella ha quedado de este siglo y medio de migraciones? ¿Existe una conciencia de colonia valenciana allí, como la que comparten inmigrantes andaluces? Pitarch, cuyo trabajo es precisamente un canto a la memoria, habla en su tesis de «invisibilidad»y «olvido». Quizá por una rápida integración, gracias entre otras cosas a la lengua compartida; o quizá por el tiempo pasado desde las primeras migraciones valencianas, que hace que los ancestros valencianos de catalanes actuales queden muy lejanos ya.

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