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Reclutados para atender a los mayores

Reclutados para atender a los mayores

Reclutados para atender a los mayores

Carmen Pradells es una maestra de escuela, de lengua española, que durante toda su vida trabajó en un colegio público de València. Nadie como ella para encargarse de que los alumnos, todos adolescentes, sobresalieran en su propio idioma. Hoy, con 73 años y jubilada desde 2007 --cinco años antes de cumplir la edad obligatoria-, sus únicos pupilos son su familia, formada por su marido, sus cuatro hijos y sus siete nietos. Justo después de convertirse en pensionista sí dio clases a colectivos desfavorecidos, a través de organizaciones no gubernamentales. Pero ahora está cansada y, además, aislada del exterior. La pandemia del coronavirus le ha confinado en casa.

«Toda mi vida fui muy activa, pero últimamente ya no me apetecía hacer nada, antes incluso del virus», explica Pradells a EMV con voz queda y ojos que hablan. Hablan de tristeza por la distancia social, de miedo ante un posible contagio -suyo y de los que más quiere- y de desasosiego ante el día de mañana. También de emoción. No hay más que verla, una mañana de finales de abril cuando recibe a EMV en el quicio de la puerta de su casa, situada en el octavo piso de un edificio esquinero situado a las afueras de València. «Tener visitas siempre es una alegría», cuenta la maestra que, debido al confinamiento decretado para combatir el coronavirus, esta en su vivienda sola con su marido, separada de sus demás allegados y sin acceso al espacio exterior. «No he salido a la calle desde el pasado 14 de marzo. Estamos pasando unos días horribles», lamenta.

Hasta hace poco su hija venía a verla, una vez por semana, siempre en sábado, y traía la cesta de la compra. Sin pasar del rellano, sin atravesar las fronteras espaciales y sin lugar para los besos. También sucede así con los periodistas de EMV que se acercan a su casa para entrevistarla y fotografiarla. El temor al contagio y el cansancio de una hija que teletrabaja con tres vástagos muy pequeños a su cargo interrumpen las visitas a casa de Pradells. Una conocida le cuenta entonces que su banco, Bankia, ha puesto en marcha un servicio de atención al pensionista, que permite encargar la compra en el supermercado, con reparto a domicilio incluido, contratar servicios de telefarmacia y solicitar asesoramiento psicológico. «Me decidí a hacerlo pensando en mi hija. Ya que no puedo ayudarla con los niños, al menos no la molesto», cuenta la maestra, que vive con una pensión media de funcionaria.

La llamada telefónica de Pradells es atendida por uno de los 3.000 profesionales que Bankia ha movilizado para prestar este servicio de atención a los pensionistas. Son empleados del grupo Alares que ahora trabajan a demanda del banco presidido por José Ignacio Goirigolzarri. Muchos de ellos carecen de ocupación ahora por el impacto del confinamiento y por la crisis derivada de la respuesta a la pandemia, que ha dejado sin liquidez a legiones de trabajadores, pymes y autónomos.

Ramón Hernández es uno de los profesionales de Alares reclutados por Bankia y él es el elegido para acudir al domicilio de Pradells. EMV le acompaña antes, durante y después del servicio de atención a la maestra jubilada. Él nació hace 63 años en Barcelona, pero es valenciano de adopción por el servicio militar y por un matrimonio fallido que le dejó lo mejor de su vida: dos hijos, dos nietos y unas raíces que ya tienen tierra del río Turia. Tras vivir en sesión continua de empleos precarios y temporales, entró en Alares para prestar servicios de reparación y mantenimiento de hogares. «Trabajo con ellos como manitas. Pero tal como están las cosas, nadie nos llama. La gente no quiere que entres en su casa, ni aunque tenga que reparar un grifo», relata Hernández.

Alares recibió el encargo de Bankia y le ofreció la posibilidad de dedicarse a la atención de pensionistas. «Empezamos el 9 de abril y desde entonces estoy haciendo cuatro o cinco servicios al día de compra a domicilio o telefarmacia. Los primeros me ocupan un máximo de dos horas cada uno y los segundos, una hora por visita», afirma Hernández, que cobra por horas y que llega al domicilio de la profesora a recoger la lista de la compra. En papel y dentro de un sobre en el que también está el dinero, 100 euros, para el supermercado que elige la cliente, Mercadona en este caso, el más cercano a la casa de la profesora de lengua.

La lista, apuntada en una hoja cuadriculada arrancada de una libreta tamaño A-4, está escrita con buena letra, con caligrafía de maestra. El detalle es máximo para que Hernández no se equivoque y encuentre fácil lo que necesita. Desde «bolsas de basura de cubo alto (azules)» a una caja de leche semidesnatada, «una bolsa de carlotas», un paquete de servilletas «blancas, sencillas» o «tres botes de tomate de 1 kilo». La última palabra reconforta: «¡Gracias!»

El manitas reconvertido en profesional de atención a los pensionistas se mueve en el supermercado como si fuera su propia casa. Llena el carro mientras conversa con EMV. «Esta es una compra sencillita. Anteayer me tocó subir a un quinto sin ascensor, cargado de agua y de leche, con un peso de 30 kilos. Poco a poco, pero se lo entregué a su destinatario y la satisfacción fue mutua» recuerda. Hernández asegura que todos los clientes de Bankia con los que ha trabado son «gente muy maja y muy agradecida. De hecho, varios han repetido conmigo. Pero noto que están muy asustados. Muchos de ellos tiene más de 90 años. Intuyes su preocupación y guardan mucho las distancias».

Pradells está de acuerdo, a pesar de que recibe las bolsas de la compra de manos de Hernández con una sonrisa kilométrica. «Lo que más me agobia es la perspectiva que tienen los niños y nosotros los mayores. Yo estaría en casa el tiempo que hiciera falta, con mi marido. Pero, ¿qué va a venir después? Eso me inquieta muchísimo. ¿Con qué realidad nos vamos a encontrar y cómo va a ser la vida que les quede a mis nietos? Cuando llegue el día, puede que no sepa ni salir de casa», asegura la maestra jubilada, también angustiada por sus amigas viudas, que viven solas. «Es muy triste. Al menos podemos hablar por teléfono».

La profesora forma parte del millón de clientes pensionistas de Bankia. Ellos han recurrido a este servicio gratuito (pueden dos veces al mes como máximo), bautizado como Estamos a tu lado. El banco y los 3.000 profesionales de Alares han realizado más de 10.000 actuaciones entre compra a domicilio, telefarmacia y asesoramiento médico y psicológico. El servicio estará en vigor hasta mediados de junio, salvo que la pandemia se agrave y provoque que el banco acuerde su prórroga. Si no lo hace será una buena señal, coinciden tanto Pradells como Hernández, que puede que jamás se hubieran conocido si no fuera por el coronavirus.

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