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Carlos Buesa: "España debería fabricar fármacos que ahora se desarrollan fuera”

Es consejero delegado de la ‘Biotech’ Oryzon Genomics, cuyas soluciones combaten el cáncer

Carlos Buesa en las instalaciones de la firma en Cornellà de Llobregat

Carlos Buesa en las instalaciones de la firma en Cornellà de Llobregat Sergi Conesa

Carlos Buesa (Zaragoza, 1961) es un pionero. En 2000 fundó junto con su pareja, Tamara Maes, Oryzon Genomics, hoy una de las compañías líderes en epigenética (estudio de modificaciones en la expresión de genes que no obedecen a una alteración de la secuencia del ADN y que son heredables) con fármacos contra el cáncer y enfermedades del sistema nervioso en fase II. Es una biotecnológica que, según dice, ha nacido dos veces. Una como ‘spin-off’ universitario, y a partir de 2009 como compañía que, desde 2017 cotiza en el mercado continuo y tiene la mirada puesta ya en el Nasdaq de Nueva York.

Explique a los profanos cómo puede mantenerse una empresa que, mirando sus cuentas, carece de beneficios desde el primer día.

La Oryzon inicial no es la actual. Hasta 2008 o 2009 era una empresa de plataforma tecnológica que hacía genómica, daba servicios a las empresas farmacéuticas… Tuvimos ingresos, algunos años hicimos ‘break-even’… Entonces hicimos una reflexión estratégica. Tras valorar los riesgos, las opciones, nos pareció más atractivo hacer una especie de transmutación, un segundo nacimiento, que es donde empieza la Oryzon de hoy. Nos transformamos de una compañía que solo tenía biólogos a otra que tenía biólogos, químicos y farmacólogos para desarrollar fármacos.

Pero en esa segunda etapa, tampoco tienen beneficios

No son 21 años pero la cuestión sería igual: lleváis 10 años y no tenéis beneficios… Pero también es verdad que hemos tenido ingresos potentes con algún acuerdo de licencia. Es un modelo de negocio que hay que entenderlo, con ingresos no recurrentes pero que pueden ser importantes. En cualquier caso la creación de valor no viene por más facturación anual o de EBITDA sino por unos intangibles, que son esos fármacos sustentados por unas patentes y ensayos clínicos que hacen que un día llegue una pandemia y Pfizer cierre un acuerdo con BioNtech o que Moderna pase de valer 500 millones cuando salió a bolsa hace cuatro años a 50.000 millones.

Gracias a la epigenética han entrado también en las enfermedades psiquiátricas…

Una parte de estas enfermedades corresponde a mutaciones genéticas, es decir, a un fallo genético y empezamos a ver que, en algunos casos, podemos dar con la tecla molecular para resolverlo. Y esto es lo que hemos hecho con un acuerdo con la Universidad de Columbia. Empezamos a estudiar una parte muy pequeña de los pacientes que sufren esquizofrenia en la comunidad ‘amish’, que tiene mayor endogamia, en el condado de Lancaster, Pensilvania, para ver qué diferencia hay entre los hermanos que tienen esta mutación y los que no. Con lo aprendido lanzaremos por primera vez un estudio clínico con nuestro fármaco para ver si pasa como con ratones, que en este caso, cura.

De cuando optó por la biotecnología hace 21 años a hoy las cosas habrán cambiado, supongo…

Hay dos maneras de responder a la pregunta. Una es la optimista, que consiste en decir que la situación hoy está incomparablemente mejor. Tenemos iniciativas realmente muy prometedoras, varios fondos de capital especializados, se han realizado varias rondas de financiación de serie A, de inicio, que empiezan a tener la envergadura necesaria. Y se ha formado un ‘pool’ de talento humano directivo, porque científico siempre lo ha habido, que entiende los entresijos financieros e industriales de este modelo de negocio.

¿Y la menos optimista?

Pues que en estos 20 años los países a los que nos queríamos aproximar han avanzado mucho más que nosotros. Y en esto han tenido una parte importante que ver las políticas públicas… Estamos en un país en el que durante los últimos 12 años se ha producido un parón que acaba teniendo un impacto que se nota. Cuando ves el apoyo público a las empresas en Massachusetts (EEUU) o Alemania y lo comparas con lo que tenemos aquí es realmente calamitoso. Las políticas de apoyo a las empresas se han limitado a préstamos con unos criterios para los avales que impone el CDTI que son absolutamente castrantes y por tanto, a día de hoy, ejercicio tras ejercicio, el presupuesto no se ejecuta. Esto ha llevado a que hoy el ‘gap’ que teníamos con países con los que deberíamos poder converger como Bélgica, Francia, Holanda o Dinamarca, que sería un objetivo legítimo y realista, se ha ensanchado.

¿Y la pandemia no va a servir para nada?

No creo en el fatalismo histórico. Hemos visto algunos países darse la vuelta como un calcetín, como Corea de Sur. La oportunidad histórica que brindan los fondos ‘Next Generation EU’ es un momento de reflexión colectiva interesante. Por un lado creo que hay que entender al Gobierno y apoyarle porque una parte importante tienen que ir a sectores que crean mucho empleo, se han visto muy dañados por esta pandemia y necesitamos que se vuelvan a poner en marcha. Pero, cuando empezamos a discutir lo que tiene que ser la economía sostenible corremos el riesgo de volver a caer en los slogans y visiones un poco reduccionistas.

¿Cuáles?

Es evidente que la economía tiene que tener un punto de sostenibilidad mayor, pero sería un error estratégico tremendo que cuando hay que hacer una reflexión industrial y sobre la cadena de valor y qué parte del trabajo de alto valor añadido podemos hacer, se supeditara a criterios estrictamente energéticos de sostenibilidad, de digitalización, que, siendo necesarios, si son los únicos o prioritarios volveremos a perder una oportunidad histórica.

¿En qué sentido?

No conozco otros sectores, pero en el biofarmacéutico, si se mira la cadena de valor, tenemos una capacidad instalada de fabricación de alto nivel. Rovi o Reig Jofré han conseguido contratos importantes para ser fabricantes de las vacunas que tanta falta hacen. Por otro lado tenemos un nivel universitario y hospitalario muy bueno. Pero luego hay toda la parte de la captura de una parte importantísima de la creación de valor de un fármaco, que es su desarrollo, donde ha habido un desistimiento colectivo en España. Ahora, tras crearse en estos 20 años nuevas biofarmacéuticas, como Oryzon y otras, sería hora de hacer una reflexión para ver qué hay que hacer colectivamente para que esos fármacos que hoy se desarrollan en Boston o en Basilea, en Dinamarca, Gante o Ámsterdam se hagan aquí.

¿Está satisfecho tras cinco años en bolsa?

Han sido muy positivos. Además de un ejercicio extraordinario de transparencia y ‘compliance’, nos ha permitido financiarnos en mercados internacionales con inversores foráneos. Somos en la actualidad una de las compañías más líquidas de Europa en el sector biofarmacéutico por nuestro tamaño. El año pasado cambiaron de manos más de 90 millones de acciones y este año solo en enero ya llevamos 15 millones. Este nivel de liquidez da mucha confianza al inversor. La evolución el año pasado fue muy buena con un alza del 25% de valor en un año muy complicado para la economía.

Entonces, ¿están ya listos para el Nasdaq de Nueva York?

Nos estamos acercando al punto en el que la factibilidad empieza a ser muy real. Podríamos entrar mañana pero no creo que esto aportara mucho valor a los accionistas porque no le daría a la compañía la musculatura para ese salto cualitativo que aspira a dar. Hoy tenemos una capitalización de unos 200 millones y se puede empezar a plantear una salida al Nasdaq en términos razonables. Con la madurez de los ensayos clínicos, con una fase IIb que estamos empezando ahora en trastorno límite de la personalidad, con unos ensayos de cáncer sobre los que daremos noticias a lo largo del verano… creo que tenemos el cóctel necesario para estar en esta situación.

¿Qué le parece la gestión de la pandemia?

La gestión que la UE está haciendo de las vacunas está siendo ejemplar. En marzo del año pasado, en los peores días de la pandemia, vimos que los holandeses no les daban a los franceses respiradores, los italianos decían que nadie les ayudaba, etc. De esa situación a la actual ha pasado un mundo. Si a nivel español tuviéramos que luchar por tener vacunas la situación sería abismalmente diferente. Se ha demostrado que hay que plantearse tener siempre unas mínimas capacidades estratégicas a costa incluso de pagar un sobreprecio. Lo que la pandemia revela es que cuando un bien deviene escaso a nivel mundial no importa cuánto estés dispuesto a pagar porque siempre hay alguien dispuesto a pagar más que tú.

Dicen que se ha dado demasiado poder a las farmacéuticas.

Es una pena que esta discusión emborrone el aspecto principal: el enorme milagro científico y tecnológico que la industria farmacéutica con el apoyo de los gobiernos ha logrado. En diciembre del 2019, China publicó la secuencia de este virus; en marzo se convirtió en pandemia mundial; en el verano la OMS cruzaba los dedos por tener alguna vacuna y en noviembre y diciembre no tenemos una sino cuatro y llegaremos a siete vacunas en tiempo récord y a la vez se ha montado una infraestructura para fabricarlas.

Fueron de los primeros en cambiar de sede social por el ‘procés’, ¿prevén regresar?

Los motivos se explicaron en su día: un entorno de seguridad jurídica, que entonces, en Catalunya estaba completamente en entredicho. De momento no nos planteamos un cambio. Si en el futuro varía de manera que la empresa sienta un confort institucional diferente lo pensaríamos, pero de momento no hay nada encima de la mesa.

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