La secuencia es conocida. El fuego destruye la vegetación que con sus raíces aguanta el suelo. Se agrava la erosión. La lluvia (y más si es torrencial) arrastra la tierra y abre cárcavas. Lo siguiente es avanzar hacia la temida desertificación. En las montañas arrasadas por el incendio del pasado mes de agosto ocurre este proceso. Se mitiga en las laderas donde hay muros de «pedra seca», que son un aliado para frenar la erosión. El efecto de los arrastres se ve perfectamente en una valla que un propietario ha colocado en su terreno de l’Atzúbia, en el inicio del Camí de l’Almiserà (el vial sube en zigzag por una ladera de fuerte pendiente). Alllí se han acumulado dos palmos de cenizas y tierra. Todo ese material edáfico, esencial para la regeneración de las montañas, ha resbalado montaña abajo.

Ladera descarnada en la que se ve el efecto de la erosión y la dificultad de la regeneración a. p. f.

Los suelos de lapiaz abundan en las montañas arrasadas A. P. F.