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Vicente

Amor con caducidad

La de tonterías que hacemos cuando estamos enamorados daría para llenar la wikipedia. Y lo peor es que no aprendemos. Ahí está Melanie Griffith borrándose a toda pastilla el tatuaje aquel de «Antonio» de su brazo como en su momento le ocurrió a Johnny Deep con su «Winona forever». Pero, ¿a quién se le ocurre tatuarse el nombre de su amor? Supongo que cuando se ponen en manos del tatuador henchidos de pasión, están convencidos de que la cosa es para siempre, algo que entendería viniendo de un adolescente primerizo en estas lides, pero no de gente ya curtidita que sabe que hay una gran verdad en esa afirmación de psicólogos, sexólogos y expertos varios de que el enamoramiento babosete tiene la fecha de caducidad más corta que la del arroz con leche. Porque, a ver, ¿qué trastorno mental sufrió Melanie para tatuarse el nombre de Antonio Banderas viniendo como venía ella de tres divorcios? ¿Es que no escarmentamos?

Todos, cuando nos enamoramos, estamos convencidos de que esta vez va en serio. Yo, que en estas cosas siempre he sido muy pasional, le presentaba a mi madre cada primavera a un novio nuevo asegurándole que ese iba a ser el padre de mis hijos, y lo peor es que me lo creía. Menos mal que nunca me dio por los tatuajes, porque, si no, a estas alturas andaría con el cuerpo lleno de cicatrices. Pero, vamos, no es lo mismo a los diecisiete años que a los cuarenta. ¿O sí? ¿Nos enamoramos con la misma ceguera en la juventud que en la madurez? Cuando me acuerdo de Tom Cruise creo que sí. Ahí lo vimos todos, ya peinando canas, saltando sobre los sillones en un programa de televisión para gritar a los cuatro vientos su amor por Katie Holmes, que, por cierto, acabó también como el rosario de la aurora aunque no tengo constancia de que nadie se haya tenido que quitar un tatuaje tras el divorcio. También creo que el amor maduro puede ser tan fuerte como el adolescente cuando veo a una de mis amigas que parece una cría con los ojos lanzando chispitas cada vez que mira al novio que se ha echado después de su divorcio. Cruise no sé, pero, pese a esa nube por la que atraviesa, mi amiga tiene muy claro que, casarse puede, que para eso existe el divorcio, pero ¿un tatuaje exaltando su amor toda la vida? Para nada. Estará traspuesta, pero aún le queda una neurona activa. Así se evitará el papelón de tener que ir con el rabo entre las piernas a que le quiten el «Antonio» de la piel. Puestos a tatuarte un nombre, mejor el de tu madre, que se pondrá bien contenta, o el de tu hijo, al que podrás llevar toda la vida en el brazo aunque empiece a tontear con Sharon Stone.

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