Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

¡Ay, utopía!

Acabo de ojear el boletín mensual número 32 de Cortés de Pallás, un trabajo de su infatigable cronista oficial, mi amigo Miguel Aparici, otrora compañero de la Asociación de Periodistas y Escritores de Turismo. Como siempre, esta revista digital ha hecho que me interese por las cosas de uno de los rincones más olvidados de la geografía valenciana, pese a contar con muchos atractivos: su paisaje singular, su historia de zona fronteriza, su gastronomía. El lugar embelesó a Miguel quien ya ha cumplido veinte años como su historiador e investigador. Y ahí sigue, indagando en el ayer y observando en el hoy contra la autoridad incompetente.

En mi visita de la pasada primavera, conocí a sus agradables gentes. En la aldea del Oro, un colmenero „perdón por no recordar su nombre„ me obsequió con un bastidor de colmena henchido de cera y miel, a uno y otro lado de la tela alambre. Todavía disfruto del magnifico obsequio. Aquello fue motivo para hablar de las propiedades de la jalea real y del propóleo, que tanto beneficio suelen brindar a los que no respiramos bien.

Busco el aire en la ventana, pero sólo inoculo el dióxido de carbono con el que me acaba de agasajar un Audi de motor diesel. Ya no tengo el árbol, un buen vecino que me acariciaba con su mirada desde la acera de enfrente. Sus raíces habían hecho mella en la conducción de agua y la sierra mecánica no le ha personado la intromisión. A cinco metros, también cayó otro árbol sin estar haciendo daño alguno y sin que nadie pudiera afirmar que lo llevaría a cabo en un futuro, pues pertenecía a una especie de raigambre controlada. El Requiem mozartiano por los árboles derribados se escucha constantemente porque la tala continúa sin que nadie se atreva a interrumpirla.

Toda una metáfora, la del árbol caído. El ser humano progresa en su destrucción: las zonas verdes van reduciendo su espacio, mientras avanza el territorio dominado por el asfalto y el cemento. A veces uno piensa que tienen suerte, mucha suerte, los pueblos olvidados. Ahí está el reto, el reto al que somos incapaces de enfrentarnos: respetar lo bueno que tenemos y desarrollarnos sin necesidad de hacer estragos. ¿Que se trata de un desafío utópico?

¡Joan Manuel, échame una mano para terminar este artículo!

«¡Ay! Utopía, incorregible

que no tiene bastante con lo posible. ¡Ay! ¡Ay, Utopía que levanta huracanes de rebeldía! Quieren ponerle cadenas. Pero, ¿quién es quien le pone puertas al monte? No pases pena, que antes que lleguen los perros, será un buen hombre el que la encuentre y la cuide hasta que lleguen mejores días. Sin utopía la vida sería un ensayo para la muerte.

¡Ay! Utopía, cómo te quiero porque les alborotas el gallinero. ¡Ay! ¡Ay, Utopía, que alumbras los candiles del nuevo día!»

¡Qué mejor cierre para este texto! Gracias, Serrat.

Compartir el artículo

stats