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Esperando a Godot

En el debate sobre el estado de la nación, Rajoy se reivindicó a sí mismo dando de este modo inicio al curso electoral del 2015. Su discurso se construyó con un gran arco que enlaza dos precipicios: el del pasado y el del futuro. El primero responde al cráter que dejó Zapatero: un país roto en sus finanzas y prácticamente abocado a un rescate humillante; un nuevo 1898 para una sociedad que creía dominar la escena mediterránea y ejercer de mediadora entre las civilizaciones. El segundo precipicio tendría que ver con una incógnita que se apellida Podemos y cuyo prólogo ateniense apenas le ha durado un round a Bruselas. En palabras de Schäuble, «con su dinero hagan lo que quieran; pero con el mío, no». La traducción al esperanto comunitario no destaca por su calidad literaria, aunque sí por su rigurosa precisión. Los acreedores „léase Alemania y los países del norte„ descartan los experimentos en la zona euro, por lo que abismo y salida serán sinónimos. Y fuera, en la intemperie, hace frío, mucho frío. Syriza ya ha capitulado.

Rajoy llegó al Parlamento como un alumno aplicado y correoso, aunque poco brillante. En los últimos meses la prensa alemana ha encarecido reiteradamente los esfuerzos españoles, lo cual nos convierte a sus ojos en un deudor especial, alguien en quien se puede confiar y que anhela ser, de nuevo, el socio responsable del sur. Los relatos se tejen y se destejen según los intereses concretos de unos y de otros. Ante la marejada del cambio, Rajoy y Merkel han optado por mimarse mutuamente, con el viento a favor del crecimiento económico y el renovado interés internacional por los activos españoles, ya sean inmobiliarios, turísticos, industriales o agrícolas... Rajoy desgranó el martes sus propuestas como el hombre gris que rehúye las grandes ideas antes de abrir la billetera del gasto electoral y prometer que lo mejor está por venir: un nuevo círculo virtuoso frente a los círculos disolventes de Podemos.

Rajoy se reivindicó en formato macroeconómico, mientras que Pedro Sánchez disparaba con las balas de la micro. Pensábamos que, al haberse circuncidado las vocales, el líder socialista sería un candidato de escasa talla; pero no, se trata de un hombre valiente que ha sabido fajarse en el cuerpo a cuerpo hasta tensar al flemático presidente del Gobierno. Su apuesta en Madrid por un catedrático de Metafísica „que fue además notable ministro de Educación„ le enlaza con la mejor tradición socialista de nuestro país, ilustrada y liberal, culta y pactista. No es poco, desde luego, en un ambiente tan bronco como el actual.

Los problemas de Sánchez son la falta de tiempo, los enemigos internos y un discurso que no engancha. Una debacle en las autonómicas „unida a la pujanza andaluza de Susana Díaz„ podría terminar con sus aspiraciones. Por su parte, el problema de Rajoy es que la táctica del Rey Sol „«después de mí, el diluvio»„ no enardece los ánimos de aquellos ciudadanos que han visto mermada su calidad de vida bajo los cañonazos de la austeridad, la subida de impuestos, el paro masivo y los salarios recortados. O sea, muchos, por no decir una mayoría. La macroeconomía también necesita tiempo para traducirse en dinero contante y sonante: el de nuestras cuentas corrientes. En primer plano, la atmósfera tóxica de la corrupción „PP, PSOE, CiU„ prosigue sin cesar su labor de cronista del descrédito. Demasiados relatos superpuestos para una sociedad que, por primera vez en mucho tiempo, puede empezar a mirar su futuro con un relativo optimismo.

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