24 de octubre de 2017
24.10.2017

Elecciones

24.10.2017 | 04:15
Elecciones

La peor de las posiciones de los últimos días es la de aquéllos que se quejan de un 155 demasiado duro. Eso es como pretender aplicar el 155 sin aplicarlo, o declarar la independencia sin declararla. No sólo no sabíamos lo que encierra ese artículo; es que en las situaciones excepcionales siempre domina una dinámica incontrolable que hace inexorable avanzar hacia posiciones extremas. Quien no entienda esto por anticipado no debería llamarse político. Por eso, esas personas bienintencionadas del PSC que ahora se echan las manos a la cabeza descubren con horror lo que tendrían que haber imaginado antes. Medidas semejantes a la aplicación del 155 despliegan la ansiedad de la compacidad, propia de poderes simplificados. Algo que una imaginación bien ordenada por la realidad debía de prever.

Al arrastrar al PSOE a esta situación, Rajoy ha contribuido una vez más a debilitar la democracia española. Ha logrado implicar a Sánchez en una posición en la que éste asume todas las consecuencias sin tener margen de acción. Una especie de gobierno de concentración sin concentración, una niebla más en todo este marasmo. En este contexto, Rajoy pone las crudas realidades y Sánchez las vagas promesas. Ignoramos lo que valen unas y otras, pero no servirán para lo que constituye el sueño del PP desde hace tiempo: que todo vuelva a ser como antes. De ese sueño no parece despertar. Por supuesto nunca se dice con claridad a qué antes se refiere el sueño. Su aspiración es sencillamente que no exista la historia, que nada cambie, que la vida política no moleste. Así su incapacidad no será descubierta.

Cuando vimos salir a Aznar para dictar sus oráculos en Valencia, comprendimos que ya se ha elevado a símbolo de cartón piedra de ese sueño. Con el rictus de una solemnidad momificada, volvió a levantar ese dedo amenazante que inspiró el lenguaje gestual del discurso de Felipe VI. Ese dedo, índice de una estulta soberbia irreconciliable con el tiempo, rueda fatídico por la historia hispana. En realidad hemos llegado aquí por esos gestos, por la imposibilidad de comprender que las cosas cambian, que los pueblos evolucionan, y que lo único que permite regular esos cambios en paz son los acuerdos. Ese dedo es índice de un déficit de sentido democrático. Como dijo hace mucho Kelsen, la democracia implica un cosmos mental y epistemológico concreto, anti-dogmático, relativista, dispuesto al compromiso y la flexibilidad. Eso no existe en buena parte de nuestras elites centrales. Todo el aparato legal y jurídico del Estado se convierte en una cáscara vacía si falta ese espíritu.

Así que lo único sensato aquí era oponerse incondicionalmente al artículo 155. Sobre todo con un argumento: sería la certificación de la falta de espíritu democrático, la proyección de los hábitos mentales arcaicos sobre una maquinaria legal esquemática, la pervivencia de un espíritu hostil a una constitución democrática. Eso permite hablar de continuidades no formales, cierto, pero sí subjetivas y existenciales con el pasado. Carece de sentido hablar de franquismo en la Constitución del 78, pero no es insensato hablar de reflejos tardo-franquistas en su manejo. Por eso no requiere un esfuerzo especial resistir las voces que nos hablan de que hay que estar ahora con el Gobierno. Con independencia de las consecuencias que se sigan de esta situación, y que todavía están lejos de ser claras, es preciso asentar un principio. Estamos aquí porque el Gobierno y el partido del Sr. Rajoy no tienen una mentalidad democrática profunda, capaz de resolver los problemas sustanciales de España en orden a la paz, la estabilidad y el progreso de la sociedad.

Por supuesto que tampoco encuentro la forma de mantener la simpatía cívica y política por las fuerzas independentistas. Tras sus actuaciones, resulta claro que el principio que está regulando todos sus pasos es ajeno al espíritu europeo. Durante un tiempo, sus exigencias parecían sostenidas por esta comprensión concreta: ante un Estado español incapaz de evolucionar y entregado a intereses oligárquicos irreconciliables con los populares, el Estado catalán implicaría una forma virtuosa de relacionar el poder público con las poblaciones. Parecía legítimo aspirar a convencer a una gran mayoría de la población catalana para que avanzara por ese camino. Si llegaban a disponer de mayorías amplias, podrían exigir un acuerdo democrático con España. Eso generaba simpatías. Sin embargo, impulsados por una agenda precipitada que no parece justificada sino desde oscuros designios, su comportamiento ha manifestado dos actitudes inhabilitantes de cualquier elite política responsable: la primera, una flexibilidad ilimitada en el uso del poder, con el desprecio de toda forma jurídica; y la segunda, estar dispuestos a asumir una base comunitaria sustancial y minoritaria como base suficiente para su proyecto. Las dos cosas juntas quedan muy lejanas de la promesa originaria: ir más allá de la dudosa modernidad del Estado español. En realidad, la reproducen.

Por eso un observador imparcial diría que también los independentistas carecen de espíritu europeo. Los dos partidos que se enfrentan en la piel de toro se muestran así lastrados por una comprensión inmadura y bárbara de los procesos políticos modernos, fruto de una historia de la que no saben librarse por falta de distanciamiento moral y mental. Es fácil que los poderes europeos los miren con cierta condescendencia y algo de desprecio. Sin duda, esa puede ser la respuesta probable ante el desplante de Rajoy de no querer hablar de Cataluña ante Merkel. Pero si tuviera que emitir un juicio, creo que un gobernante responsable todavía despreciará algo más que la negativa impotente a una conversación civilizada: la fanática actitud, ridícula y sacrificial, no menos impostada de una solemnidad pueblerina, propia de una elite inclinada a atizar el fuego del conflicto con la finalidad del mantener abierto el contencioso con España por los siglos de los siglos para así no desaparecer. Un conflicto que incluye el objetivo de una consciente desestabilización de Europa tras el que comienza a asomar un resentimiento ancestral.
En tiempos de Machado una de las dos Españas helaba el corazón. Hoy las dos congelan el ánimo. Y lo más triste del caso es que aquella ingente otra España que en el 15 de mayo nació para iluminar un camino moderno y democrático, ahora se vea dispersa, desorientada y quizá decepcionada. El actual equipo dirigente de Podemos no ha logrado estabilizar un proyecto común para Cataluña y España y sus veleidades con Roures y Benet, los hombres que mueven el dinero de Qatar, los amigos de Florentino Pérez, los que controlan la mafia mundial del futbol, no parecen caminar en ese sentido. Gritar «golpe de Estado», cuando aquí a nadie le importa ya el Estado, es poco constructivo. Lo que malogra la democracia española es una irresponsable clase política, a la que el grupo dirigente actual de Podemos ya no puede mirar desde fuera, y con la cual ni la más perfecta de las constituciones, en el curso de una generación, sería otra cosa que una maquinaria degradada.

No conmigo. Eso es lo único que puede decir un ciudadano singular ante una clase política que hace mucho que ha previsto el conflicto como el contexto en el que alcanzar poderes ilimitados. A uno y otro lado de esta trinchera de impúdica y cínica incompetencia y de mentalidad primitiva, sólo puedo reclamar un poco de dignidad política democrática y de respeto a la ciudadanía. Nadie aquí ha querido el acuerdo. Nadie está en posiciones legítimas. Nadie ofrece futuro a sus pueblos. Sólo nos dan legalismo frente a sectarismo y fanatismo, y comulgar con palabras altisonantes que encubren ruedas de molino. Por eso soy partidario de dos cosas: elecciones generales y catalanas y, con los nuevos actores electos, una conferencia europea. Con esta gente dominada por la mala fe, con esta caricatura de políticos miopes sin decencia ni flexibilidad, ya no podemos sino violentarnos.

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