Suscríbete

Levante-EMV

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

¿Reina por un día?

Las siestas de fin de semana son culpables de muchas cosas. Por ejemplo, de que bajemos la guardia y veamos ciertos programas de televisión que, en circunstancias normales, no veríamos nunca; programas de sabor inocuo y efecto abrasivo. Ahora uno de ellos, que gira en torno a la búsqueda y hallazgo del perfecto traje de novia, nos llega en versión española presentado por Boris Izaguirre. Escribo antes de que se emita la primera entrega y sólo puedo opinar como espectadora del original, pero ardo en deseos de cotejar planteamiento y resultados. Y eso que no soy muy dada al tema. Creo que se debe a que de niña, crédula y respetuosa con los mayores, acepté a pie juntillas que el día más feliz de mi vida sería el de mi primera comunión; después, claro, ya no hubo lugar para más felicidades asociadas con vestidos blancos. A estas alturas de las relaciones humanas, la pujanza de la industria nupcial me desconcierta, pero parece que la ilusión del tul, el anhelo de ser reina por un día, lejos de decaer aún anima a la mujer del siglo XXI.

«Un ejemplo para los jóvenes de su generación»; «como una mujer del Renacimiento»; «la reina de su género»; «lo mejor que se ha visto, una cosa fuera de lo normal»; «la revelación mundial»... Estos ditirambos, y muchos más, se han dedicado en las últimas semanas a una chica de veinticinco años que arrasa en el panorama musical español. Crítica y público admiran sus aptitudes artísticas, pero además cautiva el que Rosalía cante flamenco siendo catalana. A mí me sorprende tal sorpresa. ¿O acaso alguien se extraña de que todo el jovenerío hispano cante con los trémolos del pop anglosajón? Rosalía acierta al combinar la raíz flamenca con otros mimbres, pero no ha abierto camino. Hace cuarenta años alguien dijo: «Nuestros padres no oyeron a Janis Joplin ni a Jimi Hendrix, tampoco escucharon la música de los Beatles. Nuestro cambio está, sobre todo, en el ritmo. Hemos renovado nuestra propia música, hemos intentado descubrirnos a nosotros mismos». Era el gitano Manuel Molina, y hablaba en plural porque a su lado estaba Lole Montoya. El nuevo flamenco, adorado y denostado, nació en 1975 y después ha tomado muchas formas, porque el sentimiento, si es de verdad, no tiene un solo color. Oigo a Rosalía y sus viejas metáforas de la mirada clavada y los celos del aire y de la luna, y viendo a Rosalía veo a Lole, la bailaora de veintiún años, y oigo a Lole cantar Todo es de color, y reconozco el deslumbramiento que nace de las dos, tan poderosas y tan frágiles. Con una gran diferencia: Lole era autenticidad directa, su voz y una guitarra; Rosalía es brillo, coreografía, mood y look: un producto muy elaborado. Son otros tiempos.

Se cumplió un siglo del armisticio. Los dirigentes mundiales posaron serios y compungidos durante unos minutos. «¿Cómo no lo vieron venir, cómo no lo evitaron?», decimos de quienes vivieron la Gran Guerra. «¿Cómo no lo vemos venir, cómo no lo evitamos?», podríamos preguntarles a esos líderes hoy mismo.

Compartir el artículo

stats