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Maite Fernández

Mirando, para no preguntar

Maite Fernández

Falsos autónomos, trabajo falso

Un chaval de 22 años muere arrollado por un camión de la limpieza. Sus compañeros se manifiestan. Trabajaba como rider, un repartidor de Glovo. Bueno, la empresa dice que empleaba la cuenta de otra persona. Un emigrante nepalí sin papeles que utilizaba por horas la cuenta de otro repartidor. Esto si que es rizar el rizo. Hacer más precario un trabajo precario. Subarrendar la precariedad. Es el nuevo escenario en el que nos movemos.

Un nuevo escenario en el que surgen los «nuevos trabajos» (con terminología inglesa para disfrazar una realidad preocupante). Cuando los especialistas hablan de gig economy se refieren a trabajos puntuales, que se pagan con calderilla, sin seguridad. El término ‘gig’ proviene de la jerga musical y se refiere a las actuaciones cortas que realizan los grupos musicales. Dicho de otra manera, los «bolos». Aplicado al mundo laboral, este nuevo concepto, que nace con la crisis económica, se refiere a los trabajos esporádicos que tienen una duración corta y en los que el contratado se encarga de una labor específica dentro de un proyecto. Vamos lo que antes podían hacer los estudiantes para sacarse unas perrillas para cervezas. Ahora da de comer a familias.

Te llaman para realizar un servicio, pones tu conocimiento, tu mano de obra y los medios precisos, cobras, das un porcentaje a la empresa mediadora y te vas a esperar el siguiente «bolo». Hostelería, músicos, repartidores, conductores, artistas, periodistas… Un nuevo modelo económico que permite que trabajemos cuando queramos, que permite que seamos nosotros quienes marquemos los ritmos -dicen quienes la impulsan- pero que desata muchas preguntas acerca de la protección laboral de quien hace el trabajo: quienes trabajan asumen los gastos, tienen que pagar una comisión por la «intermediación» y eso les obliga a trabajar más para que salga rentable. Es cierto que hay gente que gana dinero, pero son muy pocos. Lo normal es que quienes ganan en este modelo son los mediadores.

Seguro que recordáis el corto ¡Hola, buenas noches!, rodado en València, escrito y dirigido por Pau Rodilla en el que el actor Carlos Vera en su papel de rider argumentaba con razón «Vendemos nuestro tiempo a cambio de dinero, dinero con el que pagamos a otros para que hagan las cosas que no nos apetece hacer porque estamos trabajando, tratando de ganar más dinero». Humor ácido para una descarnada realidad.

Pues ahora uno de esos riders ha puesto en marcha una aseguradora que ofrece pólizas por minutos. «Pólizas por minutos para asegurar la ‘gig economy’», acertado titular que leí en un artículo en Innovadores. Si el problema es que los repartidores no consiguen que ninguna aseguradora cubra sus pólizas, se busca una alternativa: pagar sólo por las horas (o minutos) que se trabaja y que se pueden certificar gracias al uso de aplicaciones que registran los pedidos. El rider se convierte en empresario de otros riders. Como ocurría en el corto valenciano en el que Carlos Vera, al llegar a casa, recogía el pedido que le traía a casa otro repartidor.

Hemos vivido la ficción de estar embarcados en el trasatlántico del primer mundo y ahora nos damos cuenta de que hemos aceptado que ha surgido un nuevo statu quo con el que no podemos combatir. La generación del baby boom, que un día pensó que podía transformar la sociedad, que confiaba en que cada individuo podía aportar mucho al mercado, ha terminado desarmada incapaz de trasmitir esperanza de desarrollo personal y laboral. No es derrotismo, es darnos de bruces con una realidad que hemos construido entre todos.

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