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El dedo en el Eclesiastés

La gente común quiere aprender algo en los libros. Por eso unos creen que leyendo pueden adquirir más conocimientos y otros imaginan que nada en el mundo podría ayudarles a ampliar su mente. Ambos están equivocados. Nada se aprende. En los escritos hallamos fijado lo que se encontraba confuso en nosotros mismos. El libro no hace otra cosa que confirmarlo y decir, con forma definitiva, lo que intuíamos de manera imprecisa, lo que notábamos sin sabérnoslo explicar. Los libros sabios, así como la poesía y la música, están todos escritos en un lenguaje cifrado. Mete el dedo al azar en el Eclesiastés, en la Imitación de Tomás Haemerken, en las cartas filosóficas de Voltaire o en la poesía de la Szymborska. Si sabes leer, si estás maduro para entender, encontrarás la frase, tu frase, que pasará desapercibida ante los ojos de los demás. Lo realmente importante no es lo que aprendas, sino en el orden en que lo aprendas.

A los escritores les ocurre en cierta manera el efecto contrario: de hechos confusos de la realidad, cuanto más aleatorios e inopinados mejor, extraen las certezas de la existencia presente. Pero un escritor, aún sólo de artículos de opinión, casi nunca dirá la verdad, por mucho que usted se la pida, de una manera cristalina: la dirá de una manera que usted podrá entenderla únicamente si se encuentra preparado para ello. Acuérdense de lo que le pasó al historiador Calístrenes, que perdió las orejas, la nariz y los pies por no practicar la proskynesis ante Alejandro Magno. Y no era algo sexual, sólo una reverencia, aunque representaba mucho más: la aceptación en Grecia de los ritos de oriente: inclinarse y callar.

El Palau de la Música es quizá uno de los lugares en València donde más se pueda aprender con ayuda del silencio. Del silencio propio, se entiende, que es una de las olvidadas artes de la inteligencia. La necesidad de rellenar huecos donde no se dice nada en los espacios radio-televisivos ha convencido a muchos de que decir cualquier cosa es mejor que estar callado. Error monumental. Por ejemplo, se sigue considerando muchas cosas como de pésima educación musical, como la de aplaudir entre los movimientos, y muchos melómanos afean con un severo chistido reprobatorio en el momento en que algún inocente recién llegado rompe la norma. Pero también la frescura de la gente se pierde con la estricta observancia de las reglas no escritas. Impide que ese aplauso «fuera de lugar» informe a los músicos, mientras tocan, de que alguien externo de círculo musical se ha atrevido a traspasar los severos umbrales del Palacio y se ha conmovido.

La semana pasada en la sala Rodrigo, mientras tocaba el Heritage Ensemble una pieza de Brahms, ocurrió un hecho metafórico de la sociedad hiper-normalizada en que vivimos: Sonó durante el concierto el timbre de un teléfono móvil, y cuando íbamos a calcinar con la mirada al infractor vemos que. lejos de apagar el terminal a toda velocidad, se puso a hablar en voz bastante alta en su asiento y en un tono iracundo. Ver que alguien hace algo que perjudica a la mayoría y no nos implicarnos, consigue crear una vida irreal donde la medidas lógicas no corresponden con la realidad. Cada cuál tiene como meta la satisfacción inmediata de sus deseos personales sin importar las necesidades de otros. Y lo que es peor: intervenir en una situación así puede agrandar la rotura del silencio, como cuando se apuesta el doble para ganar una primera apuesta perdida porque, como decía la cantante Liliana Felipe, somos víctimas del pecado neoliberal.

Tras unos segundos de estupor general, salió tranquilamente el individuo del teléfono sin cortar su conversación, dejándonos a los presentes con unas breves e intensas ganas de estrangularle. Pero la justicia, además, ya no consiste en una venganza cruel y de baja prudencia, una bestialidad tan grande que da un mínimo consuelo. La justicia consiste ahora en que el agraviado se aguanta ante la posibilidad de no obtener ninguna reparación sino una revancha, y de admirar al hombre que hace lo que le viene en gana en el momento que le apetece, saltándose, para satisfacción de su ego, todas las normas que establecen que entre las personas tendamos más a cuidar por el bienestar de los demás que el de uno mismo. Ese señor del teléfono es el animal social moderno que nos está acercando, poco a poco, al abismo. Mientras, los más sociables, acojonados por la amargura de la verdad, haremos como Ventura de la Vega, que se esperó hasta estar en el trace de la muerte para decir: «Nunca me ha gustado Dante».

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