15 de julio de 2019
15.07.2019
De paso

Crónica de un desastre anunciado

15.07.2019 | 20:15
Crónica de un desastre anunciado

Cuando publiqué mi crónica de la política de Podemos la titulé «El lento aprendizaje de Podemos». Obedecía al pesimismo de la inteligencia y al optimismo de la voluntad, aquella consigna de Gramsci, el hombre que no podía prescindir de la paciencia. En aquella situación, la parte pesimista de la inteligencia la ponía la alusión a la lentitud. El optimismo de la voluntad calificaba el proceso de aprendizaje. Hoy aquel proceso político está concluido. Solo falta la formalidad de que IU y UP se integren en una única organización. El aprendizaje se hace imposible en estas circunstancias y se impone la pulsión de repetición, la inclinación más elemental de los seres humanos, la que depende de la inercia, la cualidad básica de la materia. Ese no-aprendizaje se ha visto en la fallida negociación entre UP y el PSOE.

Lo más específico de esta tradición de IU, de la que procede Iglesias, consiste en dos elementos: primero, acumular todo el capital político de la formación en su líder, concentrar toda su visibilidad en él, reducir el protagonismo político a su figura; segundo, conceder el mayor valor al control del aparato. Ambas cosas están relacionadas. Porque el valor supremo es la organización, el líder tiene que tener todo el poder en sus manos. Por supuesto, esta posición hace imposible el aprendizaje, que siempre es algo colectivo. Ante todo, esta forma de trabajo político impide una correcta comunicación con la ciudadanía y obliga al líder a una super-exposición que hace inevitable cometer errores.
Si no tienes posibilidad alguna de elegir tu visibilidad, si tienes que elegir entre exponerte en exceso o desaparecer, entonces estás preso entre dos malas opciones. Al protagonizar el proceso político como un asunto personal, resulta inevitable acumular las heridas afectivas, las intensidades psíquicas reactivas, los efectos inmediatos de respuesta, los regates cortos, todo eso que impide la objetividad. Entonces se selecciona siempre el peor de los adjetivos, y ese exceso expresivo de personalización desengancha a la gente e impide una profunda representación política. Expone lo idiosincrático del líder, y lo aleja de la generalidad de ciudadanos. Cuando enfrente tienes un partido político de verdad, no puedes ganar si has planteado así la batalla.

Resulta obvio que nadie puede salir indemne en este proceso cuando una formación se ha reducido a una persona. El PSOE siempre puede presentar media docena de personas que acumulan capital político. Pueden hablar, matizar, equivocarse, provocar, lanzar globos sondas, desmentir, pero sobre todo protegen la visibilidad del líder, que puede salir al espacio público cuando la situación ha cristalizado. Iglesias no. Tiene que salir personalmente a cualquier detalle, oferta, regate o propuesta. Y cuando la situación ha llegado al callejón sin salida, sólo le queda una opción, la misma, un referéndum, cuya única finalidad es mantener unidos a los seguidores. Pues la redacción de las preguntas que se ha hecho obligará a una respuesta favorable masiva a favor de la opción del líder.

En efecto, la dos opciones en el fondo se reducen a esto: o votas a favor de lo que dice Iglesias, o votas a favor de lo que dice el PSOE. Pero, ¡¿cómo un militante de UP va a votar la opción de la otra organización?! La pregunta real hubiera sido esta: «¿Condiciona usted el pacto de investidura a que esté Iglesias en el Consejo de Ministros?». El «sí» o el «no» aquí sería claro y afectaría a lo que en el fondo se está debatiendo. Lo demás es irrelevante. Al preguntar de la manera en que lo ha hecho, Iglesias esconde el problema bajo ese ambiguo «sin vetos» que incluye en la primera pregunta. ¿Vetos? ¿A quién se está vetando, o se prevé que se vete, en la negociación?

En suma, el PSOE ha llevado a Iglesias adonde quería, a un escenario lo más cercano posible a lo que pasó en enero de 2016, con Iglesias reclamando una Vicepresidencia para él. Y como era previsible, ante este nuevo error, Sánchez se ha apresurado a hablar en la SER para colocar a Iglesias en el escalón más bajo. Lo ha hecho cuando podía acusar a Iglesias de dos cosas: primero, de falta de fiabilidad; segundo, de rechazar la última propuesta, si es que se produjo: sentar en la mesa del Consejo de Ministros a personas de Unidas Podemos diferentes de Iglesias. De este modo, ultima el proyecto de desprestigio de la dirección de Iglesias, que por su parte se muestra de nuevo incapaz de diseñar una estrategia a largo plazo, sin duda por la reducción a mínimos de su dirección. Para el PSOE, promover la impresión de que UP se reduce a Iglesias es decisivo, pues así puede contraponerse como una máquina política eficaz, objetiva, fiable, compleja y reflexiva.

Así se ha presentado Sánchez en la SER. Ha recordado que ha hecho cinco ofertas, ha aludido a la selección de adjetivos de Iglesias (de «una idiotez», habría calificado la última de ellas), ha sugerido que toda la cuestión depende del nombre de Iglesias, aunque confiesa que no se habló de eso, y finalmente, para apoyar sus argumentos, refiere lo que está pasando en La Rioja, que con un solo diputado (de los 31) UP pide tres consejerías. Y en efecto, esto parece un exceso, pero no es comparable con lo que sucede en la negociación del Gobierno central. En todo caso, lo decisivo es que esa convocatoria del referéndum ha roto las negociaciones. En efecto, al convocar a su gente, Iglesias no podrá moverse de lo que decidan las bases. Con ello anclará en una posición inmutable que ya no podrá someterse a negociación.

Sin embargo, esto no es lo que más refuerza la posición de Sánchez. Lo más importante es que deja a todo el que escuche su entrevista con esta pregunta, que el Presidente en funciones no se ha hecho, pero que ha tenido en la punta de la lengua en todo momento, dejando que se la hagan los propios ciudadanos: «Y cuando Iglesias estuviera sentado en el Consejo de Ministros y surgiera una diferencia de posiciones entre el Presidente y él (como podría suceder, por ejemplo, cuando el problema catalán recupere la actualidad), ¿qué haría Pablo entonces?, ¿convocaría un referéndum para definir su posición?, ¿o detendría el proceso gubernativo para mantener unida a su gente?; ¿sería más importante su autoridad interna sobre la militancia que servir al bien general?»

Desde estas páginas, tras las pasadas Elecciones, anuncié que ahora Iglesias se enteraría de lo que es hacer política sin piedad. Basta escrutar a fondo la mirada de Ábalos para saber lo que esto puede llegar a significar. Lo más sorprendente de todo es que Iglesias no haya interiorizado un formulario de lo que debe llevar en las venas cualquiera que aspire a mantener un proceso de negociación con el PSOE. La primera regla de ese formulario debería expresar: «ten paciencia infinita». La segunda, sería evitar cualquier escena que pudiera recordar la rueda de prensa del 22 de enero de 2016. Todas las ofertas del PSOE tenían como objetivo que el «no» de Iglesias implicase que lo que está en juego es su propio nombre. A Sánchez le basta con llevarlo ahí. El ciudadano sacará sus conclusiones. Lo más probable es que no cese de hacerse preguntas. ¿Tan difícil resultaba acordar un programa? ¿Y cómo garantizaría mejor Iglesias el cumplimiento de ese programa, desde dentro o desde fuera del Gobierno, con o sin personas de UP en él? Esta pregunta tiene una respuesta: eso iría contra una cultura que reduce el capital político del partido al de su líder, porque solo eso garantiza el control interno de la organización. Esta respuesta abre la cuestión central: una fuerza con esta cultura política, ¿está madura para cooperar en el Gobierno del país?

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