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Ay, Paul

Dios, o el caos laico que opera sobre el tiempo meteorológico, suele estar del lado de la monarquía, de tal manera que la Semana de los Premios es tradicionalmente un veroñín de cinco días, con entretiempo de chaquetina y una luz broncínea que sitúa todas las fotos del evento en una esplendorosa edad dorada.

Pero la mañana del lunes, arranque de los primeros premios con la "Princesa de Asturias", amaneció encapotada, como de mal humor republicano; acaso fuera un eco nuboso de la tormenta judicial, con epicentro en el Tribunal Supremo, Madrid, que estaba previsto que cayera sobre los sediciosos independentistas de Cataluña en forma de sentencia judicial. De tal manera que justo en el momento en que Siri Husdtvet entraba en el Reconquista, minutos arriba minutos abajo, diez de la mañana, le caía más de una década de prisión a los promotores del procés.

Y así, mientras a los indepes eran agraciados con el premio gordo del Estado de Derecho, los ovetenses se adentraban en otra semana de tortura acústica, la de los gaiteros que anualmente contrata del Fundación para recibir a los premiados y pasacallear los Premios. De repente, sonaron los gaiteros a las puertas del Reconquista y eso quería indicar que se acercaba un galardonado. Ahí suena primero el trueno del roncón y luego llega el fulgurante rayo del premiado. En la naturaleza, ustedes ya lo saben, la cosa va al revés.

Así que apareció un Audi de los que se fabrican con molde de campo de fútbol y de él emergió Siri Husdtvet, que es tan larga que no terminaba de salir. Salió del carruaje risueña y desmadejada por el lado más cercano a la puerta y, del otro, se dejó deslizar un señor de pelo cano, chaqueta de cuero con el cuello subido, maletín con manuscritos y perfil más encorvado de lo que cuentan de él las solapas de sus libros. Era Paul Auster, el apuesto, y regó de suspiros toda la entrada del Reconquista: "Oh, es Paul Auster". Oh, es él.

Era Paul Auster con sus ojos de quiromante y su mano escritora que, hilando el azar, te hipnotiza. Era el mismísimo Paul Auster, pero se esforzaba por mantenerse en segundo plano mientras su señora, que era la verdadera premiada, seguía saludando, tan alta, tan alta. Era el discretísimo Paul Auster, a cuya sombra acudió por un instante Siri para acariciarle la cara un segundo antes de desaparecer los dos en el hotel. Ay, Paul, qué sitio este.

Sonaban los gaiteros, sonaban los gaiteros.

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