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Mujeres con ciática

En Twitter ha debutado hace unos días una cuenta que recoge imágenes de maniquíes de carne y hueso posando ante la cámara en posturas imposibles de imitar sin que se esfume la sonrisa. El perfil se llama «Modelos con ciática» y ha causado euforia; es una parodia de la nueva tendencia en fotografía publicitaria que circula por internet. Las fotos son reales, es decir que se trata de reproducciones de catálogos online elaborados por grandes marcas. Las chicas que aparecen son perfectamente bellas, altas y esbeltas, como sigue exigiendo gran parte del sector de la moda, pero se las somete a una tortura china tal que más que vendernos ropa parece que sufren un ataque de lumbalgia. ¿Se imaginan a Andrés Velencoso haciendo la garza sobre un sofá de cuero para exhibir una camisa? ¿O a Jon Kortajarena encajado pecho abajo sobre una piedra, en la postura de la cigarra y con la nariz sorbiendo arena para vendernos un pantalón?

Algunos sugieren que las empresas textiles -las mismas de las que se dice que reclutan a niñas para sus talleres en países del Tercer Mundo- quieren lanzar un mensaje crítico (críptico, más bien) contra la hipersexualización de la figura de la mujer en nuestra sociedad -la misma que han contribuido a difundir-. Otras personas pensamos que es pura mercadotecnia, una estrategia para llamar la atención, captar clientela y aumentar las ventas de un producto cuyas características apenas se aprecian con tanto retorcimiento de extremidades. La contorsión absurda de los cuerpos sin defecto, aquellos que se alquilan para convencernos de que nuestra vida no vale nada sin esa camiseta de diez euros, bien podría disuadirnos de seguir financiando dividendos a los Inditex de este mundo, después de que el estado de alarma nos hizo mejores. Pero me temo que no caerá esa breva. Tan seguros están ellos, que incluso se atreven a ridiculizarnos.

Entre la dictadura de la belleza y la de la precariedad, las mujeres estamos hasta el moño del confinamiento pretérito y los que queden por venir. Según un informe de la ONU, durante la pandemia el empleo no remunerado ha aumentado «de forma exponencial» entre la población femenina. Muchísimas se han quedado en el paro o a expensas de un ERTE pero siguen cuidando a niños, ancianos y dependientes igual o más que antes sin cobrar un euro. Otras muchas -demasiadas, todavía-, maltratadas por sus parejas, salen del encierro de los últimos meses con moratones en la piel y un costurón tremendo en el alma (si ya es difícil convivir las 24 horas con alguien, imagínense que encima han de cargar con un verdugo sentimental). La vieja normalidad es terca y cuando no te descarta para un salario porque las de tu género son el plan B, te retuerce y contorsiona para convencerte de que lo mejor que sabes hacer es ocuparte de los demás; aquí no han cambiado las reglas en la era de la Covid-19. Otro estudio, del Instituto de la Mujer, señala un hecho profundamente contradictorio; a pesar de su presencia mayoritaria en sectores esenciales durante la emergencia sanitaria, en hospitales, comercios o servicios sociales, la pobreza es fundamentalmente femenina, lo que nos deja menos preparadas, más frágiles, para afrontar otra recesión.

Y sin embargo, hasta la fecha, las medidas de reactivación, los apósitos para recuperarnos de este inmenso parón, no tienen género preferente y prioritario, no se ocupan específicamente de un colectivo variado que no tiene por dónde empezar a reconstruir los daños. Cajeras de supermercado, auxiliares en residencias de mayores, enfermeras interinas, médicas en período de prueba han compaginado sus responsabilidades familiares con el deber humanitario de sostener lo poco del sistema que quedó en pie; ¿cómo se lo compensarán? Asistentas de hogar, kellys, gobernantas de hotel, e incluso muchas teletrabajadoras se han resignado, algunas en soledad, a ver cómo su modo de supervivencia se disolvía como el azúcar. A ellas esta crisis las ha dislocado, estrujado, contorsionado y noqueado y ahora las devuelve al ruedo de la vida sin capote y contracturadas. No esperemos que encima miren a cámara y sonrían.

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