01 de agosto de 2020
01.08.2020
Levante-emv

Socialdemocracia a la valenciana

01.08.2020 | 18:34
Socialdemocracia a la valenciana

A veces piensa uno si el Botánic –la parte socialista del Botànic, mejor– no se habrá equivocado de década, o de siglo tal vez, puesto que en ocasiones se diría que no vive en los tiempos que habita. El desconcierto viene inducido cuando intentamos establecer una analogía básica entre el socialismo valenciano en el poder y los avatares de los tres grandes gobiernos socialdemócratas del último tercio del siglo XX y de algún albor del XXI: los de Mitterrand (1981), González (1982) y Blair (1997). Vamos a dejar a Schroeder en paz, que los alemanes son muy suyos, y a olvidar a los escandinavos, de cielos y almas muy congelados/as. De aquella triada prodigiosa, que releyó Europa y ancló los Estados protectores en vigas más elásticas, solo Mitterrand nacionalizó bancos y empresas –ganó en coalición con los comunistas– como si su esfinge quisiera superar en sombras y grandezas a la del general De Gaulle de la postguerra. Las estatalizaciones francesas duraron un año y medio. Mitterrand entonó el mea culpa y a continuación lo privatizó todo, lo nacionalizado y lo no nacionalizado. Felipe y Blair se dejaron seducir por la liberalización de la economía, que posee su propio erotismo, y Lerma mantuvo en esta periferia voluptuosa los renglones del mismo guión, que uno recuerde. No hay que confundir la liberalización de la economía –esa armonía entre la esfera pública y la privada– con el economicismo pornográfico y matón o nos armaremos un lío.

Llegados a este punto, admitamos que el Consell mantiene el pulso en el trámite diario de la gestión, pero invoquemos una extensa duda general sobre cuál es el modelo socialdemócrata en el que cabalgamos los valencianos. Si no se me toma al pie de la letra y mucho menos se entiende como una falta de respeto, uno diría que la socialdemocracia valenciana se ha subido por error en la máquina del tiempo de H. G. Wells y ha aterrizado en una granja del comunismo primitivo de Owen o en un falansterio en el que discuten Fourier y Proudhon sobre nuevas fórmulas sociales igualitarias. La duda proviene, queda dicho, de los deseos entusiastas de estatalización –¿no deberíamos llamarlo autonomización?– de algunos sectores en un extraño homenaje a las calendas de la burocratización, de cuyas desventuras no hará falta hablar aquí. La literatura realista está colmada de esas angustias kafkianas en claro reflejo del discurrir ciudadano. Quizás exista –y digo quizás porque este Consell es muy líquido, de movilidades vigorosas– una ruptura del discurso clásico que enlaza la vida y la obra, porque con la mano de la vida se opta por los principios de la economía mixta y con la mano de la obra se autonomizan hospitales, ITV, resonancias y hasta si me apuran los balones que usa el Valencia CF, ya veremos. ¿Estamos domiciliados en una socialdemocracia clásica? ¿Nos conduce hacia el destino final una de rasgos social-liberales? ¿Acaso se ha descolgado algún pedazo de la III Internacional y ha sobrevivido hibernado hasta aquí? ¿Es una socialdemocracia atravesada por la bakunización exquisita? ¿O es una socialdemocracia zig-zag, animada por la naturaleza del pensat i fet, laudatoria de las eternas caracteriologías valencianas? Ya sé que los tiempos son difíciles, pero los personajes en busca de autor de Pirandello pretendían que cada espectador elaborara su lectura a fuerza de adivinar lo que sucedía en el escenario. No pretenderá el Consell imitar al arte y que cada ciudadano interprete libremente qué identidad posee esta socialdemocracia que nos gobierna por aquí.

? Falso y ruin. Vivimos unos tiempos raros. Cotiza más la mentira que la verdad. Sobre la mentira se alzan enormes procesos judiciales, que después se quedan en humo; proyectos políticos inmaduros y perjudiciales para el ciudadano; gigantescas campañas de opinión falsarias, apropiándose de banderas extemporáneas. En fin, lo de siempre. Uno de los filósofos más venerados del XIX ya lo advirtió: la verdad ya no iba a depender del análisis lógico o científico, sino de esa masa que se estaba formando en la calle y que era la opinión pública. Esa masa iba a decidir qué era verdad o mentira. El monstruo, gracias a las últimas tecnologías, se ha hecho descomunal y condiciona a los políticos, los jueces, los periodistas, los sociólogos, los economistas y a los señores del bar y de la limpieza. De ahí que quien se aparte de su verdad, que suele identificarse con la corrección política –el nuevo fascismo–, sea apaleado en la plaza pública.

Si le preguntas a un exaltado que levanta una de las múltiples banderas que flamean en la actualidad por la naturaleza de la causa que apoya, seguramente se armará un lío. Los que corrían detrás de Forrest Gump no sabían por qué lo hacían. Las mentiras y manipulaciones se han extendido y multiplicado, y cualquiera despliega una pancarta que atenta contra la modernidad, la ciencia, la creación de riqueza, el empleo o el bienestar. Y contra la lógica, el tiempo y la razón. Algunos políticos siguen esas pancartas, en lugar de desaprobarlas. Hay mucha más culpa en ellos que en la masa que corretea las falsedades.

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