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Mercè Marrero

La paja en el ojo ajeno

La paja en el ojo ajeno

   Hay un condicional que me gusta y otro que no. El primero hace soñar: si fuera millonaria, más sosegada, guapa, menos neurótica o delgada me comería el mundo así o asá. El segundo es más restrictivo: si yo fuera tú, haría, diría, no permitiría, pensaría o sería de tal o cual manera. La vida está llena de contrastes. Las personas que usan esa segunda modalidad del condicional, suelen ser, también, las de «pero» fácil. Son las que dicen que les gusta el vestido que llevas, «pero» que te queda un poco estrecho de cintura o que la paella te ha quedado muy bien, «pero» que con un poco de sal habría sido más sabrosa. Son como una piedra en el zapato. Puedes caminar, «pero» de aquella manera.

Ahora abundan los sabelotodo que, «si fueran» el presidente del país, la presidenta de la comunidad, el alcalde o el ministro tendrían claro lo que hay que hacer, pero no hacen lo que está dentro de su ámbito de posibilidades. En el supermercado, una mujer despotrica porque cree que Pedro Sánchez debería mostrar su mano dura. Al tiempo que considera que los presidentes y presidentas autonómicos no deberían hacer y deshacer a su antojo, se toca la nariz que le sobresale por encima de la mascarilla. Un cliente opina que lo del máximo de seis personas es una chorrada y da pistas, entre patatas y cebollas, de lo que plantea hacer estas Navidades para saltarse la norma. Mientras, yo pienso en la poca gracia que me hacen quienes se saltan la norma y que estamos así, precisamente, por ellos.

En el trabajo, quien más quien menos conoce a alguien que pontifica que su superior es un inepto y que «si estuviera en su piel» tomaría decisiones radicalmente diferentes. Los que piensan así suelen juntarse para tomar café. En el ámbito de lo privado, todos tenemos a un listo listísimo a nuestro alrededor que tiene claro que hace mucho que deberíamos haber dejado a nuestra pareja o haber cambiado de trabajo. Son los que sueltan un “te lo dije” a la mínima de cambio. La mayoría de los políticos a quienes escucho, independientemente de su ideología, están siempre juzgando a quienes están en el otro bando. «Si fuera» usted dimitiría, sentiría vergüenza, destituiría a su mano derecha, dejaría de convivir con su marido misógino o dejaría de beber gin-tonics de madrugada (esto último, para ser honesta, yo también dejaría de hacerlo en público durante un tiempo). La realidad es que nos hemos acostumbrado a que se construyan identidades a costa de machacar a los demás. La fortaleza de unos depende de la destrucción de los otros.

Mientras, a algunos nos basta y sobra estar en nuestra propia piel y no tenemos muchas ganas de dar lecciones o de juzgar a nadie. Tratamos de sobrevivir y de superar ese estado de cansancio, preocupación e inquietud arrimando el hombro. Deseamos ver algo de luz al final del túnel, disfrutar de un mínimo de estabilidad, confiar en un futuro para nuestros hijos, pintarnos los labios de rojo, salir a cenar y besarnos con quien nos apetezca. Sonará naif, y puede que lo sea, pero para superar esto solo se me ocurre que empujemos desde lo que podemos aportar y no desde lo que queremos destruir. 

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