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Vicente

¿Toleramos al intolerante?

Como ciudadana y como periodista confieso que es una pregunta que me hago con frecuencia: ¿el derecho a la libertad de expresión lo ampara todo?

Reconozco que el otro día me reí un rato viendo un documental sobre los terraplanistas en el que solo les faltó argumentar que, si la Tierra fuera redonda, estaríamos boca abajo la mitad del tiempo. La sarta de bobadas que se pueden encontrar por ahí, sobre todo en las redes sociales, no deja de ser un entretenimiento inocente salvo cuando se convierte en peligroso. Lo de los antivacunas que se niegan a ponerle al niño la triple vírica o los negacionistas de la covid que van por ahí sin mascarilla, tiene menos gracia. Sin embargo, dejamos a famosos decir lo que les viene en gana en programas de máxima audiencia sin saber más de la pandemia que yo de física cuántica. Y es que esto de la libertad de expresión es peliagudo.

Hay una frase repetida en política para alabar la bondades de la democracia que habrán oído mil veces pero que me van a permitir recordar: «Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo». La frase, de Evelyn Beatrice Hall, la biógrafa británica de Voltaire, es inapelable. ¿O no?

No es fácil decidir qué hacer con los intolerantes, racistas y homófobos. Hay quien alerta del peligro de legitimar a partidos con tintes fascistas compartiendo con ellos mesa y mantel. Otros defienden su derecho a decir lo que les rote y combatirlos con el diálogo. Como ciudadana y como periodista confieso que es una pregunta que me hago con frecuencia: ¿el derecho a la libertad de expresión lo ampara todo? Y no, no hablo de hacer apología del terrorismo o de incitar a matar al vecino, que ahí es obvio, sino de esa demonización al de enfrente, ese populismo barato contra el diferente que tan fácilmente arraiga en muchos sectores y que se está mostrando en toda su bajeza en la campaña electoral de Madrid. ¿Hay que permitir la llamada a las barricadas en nombre de la tolerancia? No sé, la verdad.

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