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Manuel Alcaraz

La plaza y el palacio

Manuel Alcaraz

¡El español está en peligro!

Es relativamente improbable que la presidenta Ayuso haya leído a Ramón Menéndez Pidal, presidente de la Real Academia varias décadas, que amaba tanto al castellano que su viaje de bodas consistió en recorrer en burro -con su esposa- la ruta del Cid, solazándose en la búsqueda de variantes lexicográficas y cosas así. Quizá Cantó, que tiene más andanzas, le recuerde por haber asesorado al admirado Charlton Heston en su papel de El Cid. Al fin y al cabo, Cantó es como Heston en carpetovetónico, con menos arte, lo que debe darle lo mismo, y sin fusiles, lo que debe lamentar cada día que ve a la patria en peligro. Menéndez Pidal dictó en Burgos, con motivo del Milenario de Castilla, en 1943, una conferencia en la que afirmó: “La Castilla primitiva en su lenguaje, lo mismo en la política que en la guerra, lo mismo que en el derecho, se adelanta a cumplir una evolución que estaba destinada a triunfar. Iba guiada por un fino sentido selectivo…” y detalla una larga lista de sucesos casi providenciales que llevan al castellano a una supremacía desde que sólo fuera “murmurada por los cortesanos de León”. De Madrid no habla. Pero no cabe duda que si Madrid es España y cierra España, la lengua es su alma, corazón y vida.

Sólo así se explica el desparpajo lingüístico-burocrático que lleva a crear un organismo en defensa del español. Puestos a cogerse el derecho administrativo con papel constitucional más les hubiera valido llamarle “castellano” que es la denominación que usa la Carta Magna, no aprobado sin debates. Es calificada como “lengua española”, si bien el mismo artículo habla de “las otras lenguas españolas”. O sea, que tan español es el castellano como, por ejemplo, el vasco, Dios me perdone. No haré sangre con esto, que los filólogos vienen años diciendo que la sinonimia entre castellano y español está arraigada; igual, digo yo, que todos sabemos que valenciano y catalán vienen a significar la misma lengua. Pero apurando el asunto, y según y como acabe regulándose las funciones de la cosa a la que no llamaré chiringuito, puede rozar la inconstitucionalidad.

Porque al ser el castellano lengua oficial “del Estado”, el título competencial para su desarrollo, interpretación, etcétera debería corresponder exclusivamente a la Administración central, aunque, como es sabido, los comunistas que ahora pueblan el Gobierno son traidores dispuestos a hablar mal a posta para ir contra la patria. Se da la circunstancia de que el Estatuto de Autonomía de Madrid no alude a esta cuestión. Sí lo hacen otros estatutos de comunidades castellanoparlantes. Así, por ejemplo, el de Castilla-León, que dedica dos artículos al asunto, afirmando que la “lengua castellana” es esencia de su identidad, su acervo más valioso y compromete a las instituciones a su buen uso y defensa -también reconoce protección al leonés y gallego hablado en algunas zonas-; el estatuto andaluz, por su parte, asume la defensa de las modalidades lingüísticas del castellano de Andalucía…

La cosa tiene especial gracia teniendo en cuenta que Madrid es la sede de la Real Academia de la Lengua, del Instituto Cervantes y de un amplio número de universidades y editoriales que irradian a toda España y América Latina. Personalmente me gustaría que se quedaran con este conventículo cantonal y la RAE o el Instituto Cervantes se situaran en otros lugares de España, como signo eficiente de descentralización. Porque esa es otra: ¿qué sucede si otras comunidades deciden ahora, con el mismo derecho y variable presupuesto, crear oficinas de defensa del castellano que adoptaran medidas contradictorias? No sería cosa tan rara que proliferaran, según el sacrosanto principio del agravio comparativo, en Valladolid, Salamanca, León, San Millán de la Cogolla/Berceo, Guadalupe, Toledo, Barataria o De Cuyo Nombre No Quiero Acordarme… Por no pensar que el muy honorable Joaquín Puig no se quede sin promesa que llevarse a los labios y en una cabalgada en pos de coser el sur, anunciara un centro similar en Torrevieja.

Diríase que todo esto es broma. Una muestra más de la capacidad de alguno para resistir la vergüenza, para poder vivir sin ella y por encima de ella. Pero Ayuso aclara algún extremo que muestra la deriva terrible de esto, el empeño del PP por acercarnos al conflicto usando de materiales que pueden ser compartidos -yo no tengo nada contra el castellano, es mi lengua, aunque haya tenido que escuchar a diputados del PP y de Ciudadanos llamarme amigo de terroristas por defender el valenciano, que también es mi lengua-. El primer anuncio se refirió sólo a extraer utilidad económica del español, lo que causa sonrojo, y no porque sea falso, sino porque es insultante para nuestra historia y cultura; es como si se dijera que mejor vender El Prado si da más dinero que las entradas. De nuevo esta trivialidad es más peligrosa de lo que parece, porque ¿cuál es el precio de una lengua?, ¿cómo se valora?, ¿cuáles son las fronteras lícitas en su monetarización?, ¿o no hay fronteras? Insisto: las funciones razonables sobre el castellano ya las cumplen instituciones de prestigio. Pero se ve que Ayuso pensó que mejor elevar el tono, así que, como de pasada, le atribuyó otra misión: defender el castellano si está en peligro por ataques del vasco o el catalán. No sé cómo una lengua ataca a otra de manera que deba ser defendida con cosa a las que no llamaremos chiringuito. No sé cómo este no-chiringuito podría intervenir. Salvo que Cantó, o Cantuvo, organice una tropilla de burros acostumbrados a seguir la senda del Mío Cid y ataque a golpe de hierros a los enemigos. Pero la síntesis queda hecha: este es el nacionalismo neoliberal en estado puro: los objetivos son ganar pasta, aunque sea esquilmando a las comunidades vecinas y disponer de un enemigo, un no-español que nos quiere robar lo que murmuraban los cortesanos de León y hasta al burro del jefe del chiringuito.

Por eso, mire usted, entre las características de nuestro liberalismo cívico debe estar defender nuestra lengua, nuestras lenguas. Hoy el castellano, el español, está más en peligro que anteayer: se le ha degradado a cara bazofia para alimentar como se merece a quien ha ido destruyendo las tierras por las que pisó. A ver lo que dura. Pero no le menospreciemos: como el Cid, su especialidad es ganar batallas después de muerto. Así que no nos extrañaría verlo pasarse, a trote de asno, a las tropas almorávides. Todo depende de a cuánto se cobre la libra de patria ese mes.

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