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Lucía Etxebarria

LIBERTAD CONDICIONAL

Lucía Etxebarria

La dieta del chiringuito

Hagan la prueba en una pausa publicitaria de un programa de máxima audiencia. En menos de ocho minutos, podrán contar cuatro anuncios de productos destinados a los problemas digestivos. Una abuela que no puede cuidar de su nieto porque el ardor de estómago la deja doblada. Un señor que no se atreve a ir a las cenas de amigos debido a su meteorismo (en cristiano, tirarse pedos). Una chica que padece distención abdominal (en cristiano, tripa hinchada tras comer) y a la que avergüenza desabrocharse el pantalón en público. Una señora que mira el paisaje con expresión de éxtasis chamánico porque una infusión ha hecho desaparecer por arte de magia sus gases…

Les presto mucha atención porque yo he regresado de vacaciones con los mismos síntomas. Estreñimiento, migrañas, gases, vómitos, náuseas, ardor constante, y la tripa como si estuviera embarazada.

¿Recuerdan ustedes un documental que se llamaba ‘Super Size Me’? Durante un mes, el director Morgan Spurlock hizo sus tres comidas diarias en un restaurante McDonald’s. Engordó 11 kilos, sufrió dolores de cabeza, fatiga, mareos, gases, dolores abdominales, vómitos. Pues yo acababa de protagonizar mi propio experimento. Doce días a tres comidas diarias en bares de la costa. Croquetas, espetos, tostadas con aceite, tortilla de patatas, ensaladilla rusa, paella valenciana, patatas bravas, pimientos de Padrón... al ritmo de ‘Todo de ti’, del tintineo de los vasos de caña entrechocados y del jaleo al camarero: «¡Nos trae otra ronda de cañas!».

Me sentí tan mal como Spurlock, y engordé cuatro kilos en doce días. Sí, repito: cuatro kilos en doce días. ¿No decían que la dieta mediterránea era súper sana? Sí, pero la dieta mediterránea no es precisamente la dieta de chiringuito o de bar, regada con un aceite de freidora reutilizado más veces que una bolsa de tela.

Lo más esquizofrénico del tema es que antes de esas vacaciones había estado quince días a dieta para poder lucir bikini y ahora me tocará estar a dieta un mes. Esta vez para recuperar, en lo posible, mi salud digestiva.

¿Cuántas personas se van a identificar con lo que cuento? ¿Cuántos sufrimos de hambre emocional, de esa conducta desadaptativa, en la que la comida deja de ser alimento y pasa a ser un refuerzo a corto plazo? Porque asociamos la comida y el alcohol con el alivio del estrés, la ansiedad, el aburrimiento.

Y es que no hay más que poner la televisión para ver multitud de anuncios de productos de alimentación en los que nos dan motivos para comer que nada tienen que ver con la nutrición. Comer para divertirse, para unirse al grupo, para expresar amor, para molar más.

Comemos, engordamos y, cuando nos miramos al espejo, nos secuestran sensaciones negativas (culpa, malestar, sentirse feo, gordo), de forma que volvemos a recurrir a la comida para sentirnos mejor. Porque los estímulos discriminativos (las señales que nos indican que tenemos que comer) nada tienen que ver con las señales fisiológicas de hambre o apetito, sino más bien con las expectativas sociales y con las emociones que experimentamos (estoy aburrida, nerviosa, sola, me merezco un premio). En fin. La pescadilla (rebozada) que se muerde la cola.

¿Usted se identifica con lo que cuento? Recuerde: mal de muchos, consuelo de tontos.

Y pandemia.

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