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Por no escuchar a Alejandro Magno

Ya lo advirtió en su día nada menos que Alejandro Magno: «Que Dios os mantenga lejos del veneno de la cobra, la dentadura del tigre y la venganza de los afganos». Pero ni los británicos en el siglo XIX, ni la Unión Soviética en la segunda mitad del pasado siglo, ni los estadounidenses en los veinte últimos años, hicieron caso de las palabras del héroe macedonio y salieron de ese país escaldados.

«America is back» (América ha vuelto), proclamó el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, al comenzar su mandato. Y efectivamente ‘ha vuelto’, pero para fracasar de modo estrepitoso como le ocurrió ya a su país en la guerra de Vietnam. Las escenas de caos y pánico en el aeropuerto de Kabul, con centenares de afganos tratando de agarrarse desesperadamente al fuselaje los aviones que despegaban con militares y civiles norteamericanos evacuados recordaron a muchos la caída de Saigón en abril de 1975.

«America first», había proclamado a su vez su predecesor republicano Donald Trump, el hombre que decidió que EE UU no debería malgastar más ni hombres ni dinero en ‘salvar’ a un país desagradecido e indómito, y ha sido efectivamente ‘América, la primera’ en poner pies en polvorosa. Seguida de los aliados de la OTAN a los que Washington, en un deseo de vengarse del país que había dado cobijo al fundador de Al Qaeda y responsable de la destrucción de las Torres Gemelas, de Nueva York, arrastró a una aventura que de ninguna manera iba a poder salir bien.

En octubre de 2001, cuando EE UU invadió Afganistán, la Unión Soviética había dejado de existir y el pensador estadounidense Francis Fukuyama había escrito su tan famoso como totalmente equivocado libro ‘El fin de la historia’, donde predecía que muy pronto todos los países se convertirían a la democracia y, por supuesto, lo que más interesa a EE UU, a la economía de mercado. Afganistán se había resistido y se había convertido, según Estados Unidos, en asilo de terroristas amén de productor de opio, por lo que había que darle una lección que nunca olvidase. Y en efecto, el régimen talibán pareció disolverse de pronto como un terrón de azúcar en un vaso de agua.

Pero ni EE UU, ni el Reino Unido, ni Alemania, ni el resto de los países que acompañaron a la superpotencia en una aventura bautizada Enduring Freedom (Libertad duradera) entendieron la extrema complejidad sociológica y cultural de un país de etnias enfrentadas entre sí y en el que los distintos señores de la guerra querían ahora su parte del pastel que les ofrecía Occidente. Se formó finalmente un Gobierno central del que se excluyó, sin embargo, a los talibanes, a los que se consideraba cómplices del terrorismo de Al Qaeda, y que aupó a la presidencia a alguien como Hamid Karzai, quien, a diferencia de los señores de la guerra, no disponía de ejército propio.

Al final, todo se compraba allí con dinero, aumentó en todas partes la corrupción, crecieron las rivalidades entre las distintas etnias y el poder central, recluido en Kabul, perdió cada vez más el contacto con el resto de un país cuya población es mayoritariamente rural. Reaparecieron con fuerza los talibanes, que fueron conquistando cada vez más terreno, aprovechándose del enojo de la gente tanto con las matanzas por error de civiles por los drones de la superpotencia como por la corrupción que veían a su alrededor, y, como en un castillo de naipes, fueron cayendo una tras otras las ciudades.

El presidente Biden no quiso ocultar el otro día su irritación con la cobardía de unos líderes políticos en los que Estados Unidos había puesto todas sus esperanzas, pero que, como el propio Ashraf Ghani, presidente desde 2014, fueron los primeros en abandonar un barco que zozobraba. Pero Washington no puede en ningún caso rehuir su propia responsabilidad en el desastre al haber apoyado al que hoy muchos en aquel país consideran un gobierno de cleptócratas y abandonado luego a su suerte al pueblo al que se había comprometido a ayudar.

El prestigio de EE UU está otra vez por los suelos. ¿Qué país del mundo en desarrollo va a fiarse en el futuro de la palabra de Washington? Y como ocurrió con la invasión de Irak, de la que Irán fue sin duda el mayor beneficiario, o con la guerra de Siria, que permitió mover ficha a Rusia, podría ser esta vez China, el país vecino de Afganistán que disputa la hegemonía económica a EE UU, quien saque el mayor provecho de la tragedia afgana.

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