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REFLEXIONES

Gemma Altell

Adicción a los juegos como síntoma

Recientemente se ha vuelto a abrir el debate sobre la adicción a los videojuegos en la etapa adolescente y joven, a raíz del caso de un adolescente castellonense ingresado en un hospital por adicción al ‘Fortnite’. La noticia genera alarma –lógicamente–, sobre todo entre madres y padres que ven diariamente como sus hijos juegan y no tienen recetas concretas sobre cuándo deben empezar a preocuparse. Los juegos pueden crear adicción, cierto. Seguramente están diseñados para ello, igual que muchas de las redes sociales que utiliza la juventud, pero también utilizamos las personas adultas. El universo de las pantallas en toda su extensión genera aún desconcierto e introduce nuevos elementos de análisis (no solo de preocupación) en la vida y la salud mental de la juventud. Sin embargo, creo que es importante poner el foco en que, detrás de una llamada adicción (quiero decir aquellas situaciones que reúnen los criterios diagnósticos descritos en los manuales psiquiátricos para llamarlo así), suele haber malestares más profundos. En el caso del adolescente de Castelló se había producido recientemente la muerte de un familiar muy próximo. La adicción suele ser el síntoma que nos habla de las dificultades para abordar uno o varios dolores profundos que puede sufrir la persona. Es cierto que la adicción en sí misma genera nuevos problemas que se añaden a los ya existentes y que son a menudo más visibles, pero centrar el debate en lo pernicioso de los juegos añade, por un lado, alarmismo pero, por el otro, simplifica la cuestión.

Como en el caso de las drogas –¿recordáis hace años cuando hablábamos de la guerra contra las drogas?– se planteaba la cuestión como si las sustancias, en sí mismas, tomaran las vidas de las personas, como si fuera una epidemia que nada tenía que ver con las circunstancias de cada uno o cada una. Hoy sabemos que el problema es la relación de las personas con las sustancias, no las sustancias en sí mismas. Los juegos no son ni buenos ni malos; depende del uso que se haga de ellos y de cómo esté la salud mental y el contexto vital de la persona que juega. Muchos jóvenes declaran incluso haber hecho aprendizajes significativos a través de los juegos. Para las generaciones adultas –y aun en el caso de ser expertos/as en la materia– el nivel de naturalización de los entornos digitales nunca es el mismo que para aquellas personas más jóvenes que ya son nativos digitales. Por consiguiente, la preocupación a menudo se sitúa mucho antes de llegar a la adicción. Sencillamente, porque es una actividad que no forma parte de las vidas de muchos adultos.

Pero, tal como apuntaba al inicio del artículo, sería interesante poner en la misma reflexión cuáles son nuestros hábitos de uso del teléfono móvil; seguramente ello ayudaría a construir criterios conjuntos con los adolescentes que tenemos cerca. Afortunadamente, el porcentaje de jóvenes que presenta problemas de adicción a los juegos respecto al total de la juventud que usa los juegos es muy bajo. Si queremos estar atentos a los posibles riesgos o comportamientos abusivos con los juegos en la adolescencia y juventud deberíamos –familias y personas educadoras– estar atentos y atentas a su bienestar emocional global, a la capacidad de comunicación del dolor ante cambios vitales entre otros y también entender que, antes de llegar a la hospitalización, el juego puede estar actuando como un refugio para no sentir. Aquí radica la cuestión; por otra parte, igual que lo podrían ser –y lo son, en muchos casos– los psicofármacos en personas adultas y, sin embargo, no solemos hablar de ellos en los mismos términos.

La salud mental de los jóvenes es un tema preocupante en toda su extensión. Deberíamos debatir como sociedad sobre qué herramientas educativas y psicoemocionales adquiere nuestra juventud actualmente, de qué mecanismos les dotamos que les permitan ir integrando los avatares de la vida de una forma conectada, cómo adquieren autonomía, cómo aprenden a tolerar la frustración, cómo integran los límites, los derechos y también las responsabilidades, etcétera. Todo ello no evitará necesariamente una adicción, pero ayudará a tomar conciencia del porqué entramos en determinadas espirales. 

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