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Alfons Garcia

a vuelapluma

Alfons Garcia

La madurez y el progreso

Hay palabras de uso diario y digestión fácil que cuesta saber realmente qué significan. Yo no sé qué significa madurez. Dice Ian Gibson que tiene la sensación de que nunca ha alcanzado la madurez. Para eso habría que saber qué es. ¿Llegar a esa edad en que haces las cosas que la sociedad espera que hagas? ¿Asumir la muerte como algo no difuso, sino real y cercano? ¿Dejar de soñar? Manifiesto mi incompetencia para exponer una tesis. Otra. Progreso. Dice Ana Iris Simón que daría su estantería de Ikea y su móvil por una definición concreta y realista. ¿Tener la hipoteca de un adosado, un trabajo indefinido y dos hijos a los treinta? ¿Poder haber recorrido medio mundo a los treinta gracias a los vuelos baratos? En el terreno personal, progreso es casi siempre lo que no se tiene. Si miramos algo más lejos de nuestro salón, reducir los niveles de pobreza en el planeta o mejorar la calidad del aire parecen dos objetivos asumibles por una amplia mayoría dentro de la categoría de progreso. Para algunos conseguir esas metas hoy pasa por decrecer. ¿Es progreso vivir peor? Lo definitorio de este tiempo es que hemos llegado a un punto en que no podemos responder taxativamente que no, algo que en el pasado hubiera sido impensable. Así que uno, que se ha definido durante décadas como progresista, va a ser que ahora lo que propone incluyéndose en ese grupo puede ser ir hacia atrás en desarrollo tecnológico y calidad de vida. ¿Puede ser progresista proponer el fin de la democratización del turismo y que la gente corriente viaje menos en avión, tenga menos electrodomésticos y no encuentre comida preparada en el supermercado? Hay preguntas a las que cuesta responder y palabras que se gastan sin saber la confusión que contienen dentro. Hay tanto que está delante de nuestros ojos y no vemos. Como el espacio que hay debajo de una silla. ¿Alguien se ha parado alguna vez a pensar en él? Es un lugar real pero muerto. Ni lo había pensado hasta ver este verano en una exposición una obra (de la británica Rachel Whiteread) que da forma a ese hueco pobre como una manera de reconocer lo que existe pero no se ve. Que es la mayoría. Y lo más digno casi siempre. ¿Qué sesión del Congreso de los Diputados recordamos de esta semana? Creo que la mayoría diríamos que la que expulsan a uno de Vox por insultar a una oradora. ¿Y qué comparecencia de prensa? Esa en la que un dirigente ultra se encara airado con una periodista que le cuestiona que vincule inmigración y delincuencia. Algunos intentan que la política sea una versión nueva de la televisión basura, porque saben que el morbo del enfrentamiento y la pelea atrae tanto como el descubrimiento de lo secreto. La izquierda no está exenta de estas pulsiones, porque la refriega pública garantiza visibilidad siempre. En ello está el Consell del Botànic estos días. En ocasiones, la disputa diáfana puede ser más rentable que el diálogo sin retransmisión. Lo segundo puede favorecer la estabilidad y las constantes vitales de un gobierno, pero los partidos no solo han de gobernar y gestionar la cosa pública, sino que han de procurar unos buenos resultados en las próximas elecciones. Para así gobernar, sí. Y mejorar vidas, vale. Y tener poder, también. Es el orden del día y no encuentro en el escaparate internacional uno mejor que comprar. La política en las democracias liberales es un mercado de futuros: se actúa pensando en lo que vendrá en forma de elecciones. La política es una tribu de estrategas, pero un día llega el de arriba y tira a la cuneta al estratega mayor sin más explicaciones. También en eso hay una estrategia, seguro. No soy quién para aconsejar, pero después de más de medio siglo de experiencia inmadura me pregunto cómo sería el mundo si la gente actuara como si fuera su último día, como si la próxima decisión fuera la última. En definitiva, no es tan raro. Un día te devora la lava de un volcán o te arrolla un virus. Actuamos como seres eternos, pero millones de personas no saben que este va a ser su último día, y lo será. ¿Por qué no aplicarlo en política? Ahorraría tanta estrategia guerrera a todos aquellos que piensan que en la guerra hay arte. En la guerra hay sangre. Quizá la madurez y el progreso empiecen así.

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