Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Jaime Roch

No hay poetas para Urdiales

Su madurez culminante impregna de una hermosura inédita cada muletazo, cada natural, cada verónica

Diego Urdiales tras su triunfo en la Maestranza de Sevilla EFE

Describir el toreo de Diego Urdiales no es fácil. Ponerle palabras a su sentimiento es casi un asalto a la esencia de su tauromaquia. Porque Diego engendra ilusiones por las cosas sencillas, que, en realidad, son las ilusiones más difíciles de poner en práctica. Contarlas, a pesar de la convicción y el entusiasmo que producen, es como si se hicieran pequeñas. Es como detallar el cante de Camarón, el de El Torta o la Novena sinfonía de Beethoven. Utilizar el lenguaje para diseccionarlos es distanciarse emocionalmente porque nunca se llega con las letras a la intensidad que emiten.

El maestro riojano posee la portentosa belleza del toreo. Que no es otra que la plenitud, el poder, la majestad y la gloria de este mundo luminoso y su historia milenaria.

Su madurez culminante impregna de una hermosura inédita cada muletazo, cada natural, cada verónica. La hondura trabajada por su inspiración hace que las emociones que proyecta sean más virginales, más vivas, más auténticas. A mayor profundidad, mayor sabor. Su toreo nace enigmáticamente de su alma, se anuncia serio y riguroso gracias a sus muñecas y se funde con el toro gracias a su cintura hasta desaparecer sin gravedad y ya no hay nada que ver sino recordar e intentar contarlo.

Porque su tauromaquia parece gestarse antigua, de la que está macerada en la barrica de añadas, allí en las bodegas de la Rioja baja, y es tan auténtica que tiene un ritmo respiratorio único. El perfume de su torería, cultivado en una zona de mayor influencia mediterránea que atlántica como Arnedo, tiene el aroma del sur, ese síndrome de la sevillanía tan pura, faraónica, camera.

Ya el maestro Curro Romero aseguró en una entrevista con Levante-EMV que «Urdiales ha nacido con esa sensibilidad que aporta la pureza y la naturalidad. Diego torea con la cintura, con el pecho y, además, lo hace despacio». El muletazo de Diego es como un espejo convexo que remite a la naturalidad de Curro. Ya lo cantaba Camarón en sus bulerías: «De los buenos manantiales, se forman los buenos ríos».

Su rotunda actuación en Sevilla fue una respuesta a la antología de Morante de la Puebla, como si se tratara de un desafío entre dos artistas extraordinarios tan diferentes, pero con la premisa más fundamental del toreo: la difícil facilidad de reducir al mínimo la velocidad de los toros para torear despacio. Urdiales es un artista con un delicadísimo sentir: la pureza. Y lo ha demostrado desde su tarde en Vistalegre, pasando por Burgos, Colmenar Viejo o Logroño y hasta la Maestranza. Palabras mayores.

Y aquí en València ya llevamos dos años sin poder verlo porque no hay toros y la plaza ha dejado de coleccionar emociones producidas por la bravura para adoptar la vitola de teatro cómico a través de los mítines políticos. Qué triste. Para nuestra sociedad, tan posmoderna y tan cada vez poshumana, es un privilegio sentir el toreo de Diego Urdiales. Menos mal. 

Compartir el artículo

stats