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La raíz de la prostitución

Un negocio criminal

En todos estos años hemos aprendido cuestiones importantes. Por ejemplo, con la guerra de Ucrania, sabemos lo importante que es cerrar las vías de ingreso de Rusia para que no se pueda financiar. También sabemos que la violencia de género no se termina dando solo ayudas a las víctimas sino con medidas contra el agresor y sin que este tenga contacto con la víctima. En uno u otro caso hemos aprendido que hay que ir a la raíz del problema para evitar que prosiga.

Siempre que escribo de algo, pienso en quienes lo padecen. Y cuando lo hago de las mujeres explotadas sexualmente pienso las atrocidades que debieron vivir ayer mismo: sentir la orden de sus proxenetas que las drogan, amenazan o golpean, y la soledad frente al putero que le obliga a hacer lo que él quiera. Incluso no saben si al día siguiente podrían estar muertas.

Supongo que estas mujeres dirán que para qué sirve un feminismo que no piensa en ellas con urgencia. Y tendrán razón. A ellas no les salva el discurso de “mujeres libres” y “empoderadas” porque no es su realidad. Tampoco la hipocresía de un sector que echa culpas a un “feminismo blanco” para desviar la falta de responsabilidad, desinformar sobre el abolicionismo y que no focaliza el problema en quienes lo sostienen.

¿Quiénes? La prostitución existe porque en sus raíces están la criminalidad, los proxenetas y los puteros. Y sin ellos, no existiría ni demanda ni el lucro ajeno. Siempre queda la sensación de que las mujeres prostituidas no es que sean las últimas, sino que son, siempre, las olvidadas. En sus cuestiones, siempre se cede, nada es urgente, y se apela a un eterno debate que deja asuntos pendientes en punto muerto. Mujeres de primera y de segunda. Aún más cuando muchas son emigrantes o pobres.

No se puede pedir igualdad en una sociedad que permita la mayor de las desigualdades a día de hoy. No habrá libertad sexual hasta que no se ataque de raíz la violencia sexual ejecutada por proxenetas y puteros. Su negocio criminal continúa. Y estos, por ahora, siguen aplaudiendo. Porque parecen intocables.

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