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alberto soldado

Va de bo

Alberto Soldado

Romper el silencio

Ni sabemos ni nos importa ya el número de leyes educativas que llevamos en España desde la lejana del ministro Moyano a mediados del XIX. Ninguna de ellas ha atajado de lleno cuestión tan fundamental como educar en el contexto de los los sentimientos del niño o del joven. Las leyes han llenado las mochilas de pesados libros cargados de páginas inútiles, de ejercicios repetitivos, de fichas de colores...pero las leyes no contemplan que cada vez hay más mochilas y más pesadas: aquellas que soportan los niños con el alma herida, que llegan a la escuela tras vivir un infierno en casa, con familias desestructuradas y dispuestos a aguantar jornadas en las que muchos profesores funcionarios se limitan a cumplir con el expediente, incluso a humillar a los que más sufren porque no siguen el ritmo de las operaciones matemáticas o se ven negros con el inglés. Recuerdo con cierta amargura a un profesor: «Usted sacará muchos sobresalientes en física pero en matemáticas vendrá a examinarse cuando sea abuelo…», le espetó a un alumno con el alma triste y al que las funciones, derivadas y límites le parecían signos chinos. Quiso el destino que aquel verano encontrase a un profesor de matemáticas que en un mes le descubrió la sencillez de todo aquello. Cuando regresó en septiembre y completó un examen perfecto, aquel amargado profesor, de un colegio privado, sorprendido, le preguntó si había estudiado mucho. La respuesta fue vengadora: «más bien he tenido este verano a un gran profesor…»

Oigo el testimonio de un ex jugador profesional de basket que sufrió acoso escolar, hasta humillaciones que le llevaron a plantearse seriamente el suicidio. Es el día a día de nuestros colegios e institutos. Y sobre ese acoso reina la ley del silencio. Los chulos o chulas, que en esto hay igualdad de género, campan a sus anchas ante el silencio miedoso de compañeros que no quieren líos y de profesores que , en muchísimos casos, no alcanzan a valorar la gravedad de ese sufrimiento y de ese acoso en medio de la «omertá».

Ninguna ley ha cuestionado la formación del profesorado, que además de preparación cultural y pedagógica requiere de lo más importante y decisivo: querer su profesión. Un maestro o maestra sin vocación contamina el ambiente del aula. Pero como lo de la vocación no se detecta en unas oposiciones sólo queda el remedio de actuar a sabiendas de su forma de trabajar, de su forma de tratar a sus alumnos, de comprobar si aplica la pedagogía de la entrega amorosa a su sagrada misión o es un «trabajador de la enseñanza» que a la mínima pide bajas laborales y cumple su horario a regañadientes por un sueldo para comer. Ninguna ley, y si la hay, nadie pone en cuestión la expulsión inmediata del cuerpo de aquellos que acuden a las aulas desganados y no digamos de aquellos que conscientes del acoso escolar prefieren mirar para otro lado. Que los hay. Más de los debidos. De la misma manera que se evalúa al alumnado debe evaluarse la tarea del profesorado. El Estado no puede ser el refugio de incompetentes.

Muchas leyes, infinitas reglamentaciones, indisimulables intereses ideológicos y olvido de algo crucial: educar al hombre, entender la individualidad de cada niño. Horas y horas de charlas, de paseos, de consejos, de manos a los hombros, de ganarse la admiración y el respeto del alumno, que sentirá el calor y la cercanía de un verdadero maestro, aunque ese día no supere la clasificación de las gimnospermas y angiospermas. Con maestros así seguro que empezará a romperse el silencio de los acosos. Cuando el alumno o alumna acosados tenga un maestro al que confesar. Cuando ese maestro que lo es, prefiera el compromiso con su deber formativo al cómodo silencio de la nómina segura.

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