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Javier Cuervo

Vino, oro y fantasía

Hay fantasías ricas muy pobres; caras, pero pobres para fantasía, algo estúpido porque en el cielo de la imaginación el presupuesto es ilimitado. Cuando te acercas a la riqueza aumenta el dorado. El oro permanece estable en el planeta y cuando sale a superficie tiende a guardarse en sótanos, a perderse en el fondo del mar y a concentrarse en el Oriente. Algo de oro habrá salido de la Tierra en componentes de naves o satélites, pero trabajando como metal, más que como precioso. La fantasía es pobre cuando da en oro. Hay vinos espumosos con partículas de oro de 24 kilates que permanecen en suspensión en botella más de 8 minutos y de forma indefinida en copa. Ese oro lo ves, pero no sabe a nada, lo que en el áureo lenguaje del vino se expresa como que «no se aprecia en boca». No sabe a oro ni a nada, pero ves chispitas como en un anuncio de Navidad o en un sueño de las 1.001 noches, valga la contradicción, ya que las 1.001 se pasaron en vela. Es vino con fantasía, como si la fermentación de la uva fuera poco fantástica. En el vino con oro acaba lo regateado a los trabajadores en los contratos y a los proveedores en la compra, lo especulado con la vivienda en la ciudad, lo explotado con drogas y prostitución y otras acciones que en la copa se vuelven admiración y risas. Hay vino con oro de imitación, barato, para las celebraciones de los que se perjudican votando populismo. En el vino caro el oro es de oro, y en el barato, del que defeca el magrebí. La cosa es que el vino con oro, en ojo, da notas doradas sobre amarillo pajizo: en nariz, aroma de frutas blancas y ahí se detiene la descripción. Pero el oro sigue. ¿Da oro en orina? ¿Mejor mear sobre cedazo? Ya digerido, ¿aparece oro en orificio, en ese que se blanquean los ricos que lo blanquean todo? ¿Hay oro en orto en Argentina?

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