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Juan Lagardera

NO HAGAN OLAS

Juan Lagardera

Un millón de árboles

Un millón de árboles es lo que prometió plantar en el viejo cauce del río el arquitecto catalán Ricardo Bofill. Está bien recordarlo ahora, cuando el calendario oficial proclama los 35 años del ajardinamiento del Turia, aunque el ayuntamiento valentino haya sido incapaz a lo largo de ese extenso periodo de concluir el proyecto urbanístico del mismo, con sus vacíos en los tramos centrales, la polvorienta feria bajo la Alameda o la conexión con el mar todavía por definir. Obviamente no se plantaron un millón de árboles, pero la frase queda para la historia como uno de los mejores claim del marketing político moderno.

Que en València, no obstante, faltan árboles es una evidencia por más que el Jardín del Turia sea un maravilloso encuentro entre la naturaleza y sus habitantes, probablemente el mayor logro de la ciudad en el último medio siglo, un serpenteante parque urbano del que podemos sentirnos orgullosos y mostrar a Europa sacando pecho tras una movilización ciudadana de amplio espectro ideológico. El cauce verde, sin embargo, no basta para paliar la enorme exposición solar a la que se ve sometida València, acrecentada, según certifican termómetros y climatólogos, por el aumento de las temperaturas que se vienen registrando últimamente. Los expertos recomiendan entre 10 y 15 metros cuadrados de espacios verdes por habitante, en València no llegamos a 6. Si no se contabilizara el Turia, la media descendería dramáticamente.

Por más que se incrementen los programas verdes o se limite la presencia del automóvil, València ha vivido de espaldas al arbolado desde prácticamente los años 60, cuando la propia municipalidad y la opinión pública de entonces saludaban como un acto de fe en el progreso la masiva tala de árboles en las grandes arterias de la ciudad y su transformación en vías rápidas para el tráfico, plasmadas en aquellas postales de época con los haces de luz de los vehículos en circulación como símbolo del desarrollo. Arboledas históricas como las que existían en la avenida del Puerto, la del Cid o Gaspar Aguilar fueron taladas sin misericordia, mientras los viejos caminos hacia las pedanías y poblaciones cercanas eran sustituidos por rotondas peladas.

De un tiempo a esta parte, el Ayuntamiento promueve la renaturalización de las avenidas. Bien está. Pero sigue siendo insuficiente. Como lo son los árboles en maceteros o el jardincillo con humidificadores y las palmeras decorativas que se han plantado en la nueva plaza de la Reina, cuyo sistema de sombreado a base de pilotes cromados y toldos náuticos no solo es estéticamente cuestionable sino funcionalmente poco eficiente. Siguen faltando árboles y se echa en falta un estudio más avanzado sobre suelos permeables para convertir las nuevas plazas y enclaves peatonales en respiraderos drenantes y acumuladores de humedad.

Las llamadas plazas duras peatonales se promovieron durante los años de terror de la Revolución francesa. Como relata el pensador Richard Sennett en Carne y piedra, había que congregar a la población en torno a los cadalsos armados con guillotinas para escenificar la nueva justicia revolucionaria, además de organizar desfiles y carnavales festivos, dando pie a nuevos, grandes y despejados itinerarios urbanos. Esa misma Francia laica que empedró las plazas públicas, supo mantener al mismo tiempo los grandes bosques y las carreteras arboladas a pesar de que uno de sus grandes escritores, Albert Camus, nobel de literatura, premonitorio autor de La peste, moriría junto al editor Gallimard al estrellarse su coche contra un árbol.

Nos gusten o no las llamadas plazas duras –las hay magníficas desde el punto de vista urbanístico, muchas de ellas con poderosos valores emblemáticos–, lo cierto es que las ciudades contemporáneas se enfrentan a una emergencia energética de primer orden, y el caso de Valencia es particularmente preocupante por el diseño viario que ha heredado a lo largo del último siglo y la falta de conocimientos por parte de sus dirigentes. A pesar de la buena voluntad política no se eligen los pavimentos más adecuados ni las especies arbóreas de mayor sombra. El uso y abuso del ciprés o de la palmera ornamental dan cuenta de los errores que se siguen cometiendo a pesar del aumento de la insolación en sus calles.

En estas mismas páginas se quejaba de todo ello hace escasos días el histórico dirigente ecologista David Hammerstein, cuyo colega de tendencia verde y progresista, Giuseppe Grezzi, no parece avanzar más allá de lugares comunes como el uso de la bicicleta y la peatonalización indiscriminada, mientras Sandra Gómez emula los errores de la Barcelona de Ada Colau creando islas urbanas pavimentadas al tiempo que se defiende la huerta. Todo un tópico del ideario reciente que olvida el carácter altamente productivo –y, por ende, con empleo de componentes tóxicos– de las explotaciones agrarias que circundan Valencia.

La arquitectura de vanguardia, en cambio, avanza hacia otros derroteros como el uso de materiales alternativos, incluyendo la recuperación de la madera en la construcción como preconiza Vicente Guallart, uso de la madera, también del yeso y la cal antisolariega por parte de Carlos Salazar, o las propuestas en geopolímeros sustitutivos del cemento de los arquitectos españoles del MIT, Antón García-Abril y Débora Mesa, para remodelar el Parlamento Europeo. El mismo que ha auspiciado el proyecto de la Nueva Bauhaus Europea que pretende impulsar modos constructivos más sostenibles y bajo criterios de excelencia. De eso todavía no se habla en València, donde se acaba de dedicar una estatua a Rafael Guastavino, quien habría sufrido un sofoco considerable de haber podido contemplar semejante pieza de antigüedad decimonónica.

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