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Amparo Zacarés

TRIBUNA

Amparo Zacarés

Confidencias

Desde luego no será la primera vez ni tampoco la última que una profesora reciba alguna confidencia de sus alumnas para decirle que lo que acaba de contar en clase, es lo mismo que le ocurre a una de sus amigas. Es entonces, en la distancia corta, cuando le expone que su amiga, una joven adolescente de su misma edad, sale con un chico que le controla el móvil, le impide ver a sus amistades, le insulta y le fuerza a mantener relaciones no deseadas. Esta escena, en la que la alumna confidente es capaz de hacer un paralelismo entre lo que le ocurre a su amiga y aquello de lo que la profesora les prevenía, es un empezar a ver. Sin duda es un buen comienzo porque indica la capacidad para detectar esa violencia específica, de base cultural y estructural, que reciben las jóvenes por el mero hecho de contar con un cuerpo con atributos femeninos. Me refiero a ese tipo de violencia que jurídicamente presenta la LO 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Y es, desde este marco legal de referencia, desde el que hay que seguir denunciando y desvelando la misoginia que está en el seno de la cultura patriarcal.

En ese contexto, los últimos datos del Barómetro de Juventud y Género del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de la FAD arrojan unos porcentajes muy preocupantes. Las estadísticas dejan un escenario en el que resulta crucial aprender a distinguir pronto los indicadores de la violencia de género para no llegar a situaciones irreversibles. En este sentido, en un primer momento, la tarea educativa debe enfocarse en visibilizar la violencia de género porque, como dice el lema de esta campaña recién lanzada en redes, «si ves menos, el problema es más». Preocupa, sobre todo, que cada vez sea mayor el porcentaje de chicos jóvenes que niegan la violencia machista y de chicas jóvenes que la sufren. Los resultados señalan que uno de cada cinco adolescentes y jóvenes varones, de entre 15 y 29 años, creen que la violencia de género es una invención ideológica que no se cumple en la realidad. Pero no es así y el 21,8 % de las chicas de esa misma franja de edad ha padecido que se le revise el móvil; el 20,5 % ha tenido relaciones no deseadas; el 18,2 % ha sufrido alguna táctica de control; y el 16,7 % se ha visto insultada y humillada.

Una noticia reciente ha venido a corroborar estos resultados extraídos entre la población juvenil. El miércoles 21 de septiembre, a la vez que se estrenaba esta campaña, podía leerse en este mismo periódico que un joven de 24 años, en Tavernes de la Valldigna, había tomado la escopeta de su padre para presuntamente acabar con la vida de su ex pareja y de la hija de ambos. Se conoce que el joven contaba con una orden de alejamiento y que llevaba una pulsera de control y, aún así, abordó a la joven cuando iba a dejar a la niña en la guardería. Fue entonces cuando amenazó con matarla si no volvía con él. Esta vez la tragedia pudo evitarse gracias a la actuación rápida de la Guardia Civil. Ahora bien, junto a estos datos que refiere la prensa, quiero dirigir la atención hacia la edad del maltratador, del que puede decirse que tan solo unos pocos años atrás se sentaba en las aulas del instituto. Si he querido recalcarlo es porque en la práctica educativa ha de haber un lugar destacado para sensibilizar y formar en el rechazo de los estereotipos y comportamientos sexistas que desembocan en los malos tratos y en la normalización de la violencia machista, tal como lo contempla la LO 3/2007 para la Igualdad Efectiva de Mujeres y de Hombres en los artículos 23, 24 y 25.

Es cierto que, tanto niños como niñas, pueden sufrir agresiones en el centro educativo y también lo es que todo tipo de violencia mina la convivencia escolar y debe ser condenada y combatida. Pero algo tan obvio no tendría que provocar desacuerdos ni dejar fuera de foco ese tipo de violencia específica y sistémica que es la violencia machista. Como se sabe, la igualdad es aún más formal que real. Estando así las cosas, hay que tener muy presente que la desigualdad con la que históricamente se han construido las relaciones entre los sexos, es la causante de la violencia de género. Es más, a mayor desigualdad, mayor violencia. Por eso mismo, educar «en» y «para» la igualdad contribuye a eliminar la violencia contra las mujeres. No por casualidad, los logros de la ley de Igualdad se revisan en conjunto con los de la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. A fin de cuentas, educar para vivir la diferencia sexual con tranquilidad y poder socializarse con visibilidad, no tendría que entrar en contradicción con la igualdad de derechos, de oportunidades y de trato que el feminismo desde sus orígenes viene demandando para las mujeres. En otras palabras, hay que remarcar y articular la igualdad en el ámbito educativo desde estas dos leyes orgánicas para que las confidencias del principio obtengan respuestas y no caigan en saco roto.

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