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Amparo Zacarés

No es para tanto

Cuando se resta importancia a los insultos machistas se abre la veda a otras agresiones sexistas que progresivamente pueden incluso llegar al feminicidio. De hecho, en la base de la pirámide de la violencia de género están siempre las expresiones y amenazas machistas que individúan a las mujeres como objetos cosificados y subordinados al poder masculino. Digo esto a colación de la masculinidad tóxica y performativa que han exhibido recientemente los jóvenes universitarios que se alojan en el Colegio Mayor Elías Ahúja de Madrid. Parece ser que, en el contexto de las novatadas de inicio de curso, tienen por costumbre emitir una arenga misógina y dirigirla a las residentes del Colegio Mayor Santa Mónica que está situado enfrente. Se sabía que esta práctica que se conoce como ‘La granja’, por añadir sonidos animales a los improperios sexistas, venía ocurriendo de tiempo atrás. Sin embargo ha sido este año cuando ha llegado a la opinión pública después de hacerse viral un video en redes. En él se puede ver cómo al grito de «Mónicas putas, salid de vuestras madrigueras como conejas, sois unas putas ninfómanas, os prometo que vais a follar todas en la capea! y !Vamos Ahúja!», comienzan a subirse las persianas de las ventanas de la fachada del edificio y aparecen perfilados en la oscuridad de las habitaciones casi un centenar de estudiantes que corean, vociferando y dando golpes, esas frases humillantes.

Una escena vergonzosa, propia de la estética hooligan en la que dos equipos, en este caso los ‘ahújos’ y las ‘mónicas’, reproducen los estereotipos de género que los enfrentan en un combate desigual y asimétrico. Por ello, en todo este desagradable asunto, ha llamado la atención que ellas no se den por aludidas ni se sientan vejadas. Una prueba más de cómo la socialización de género alcanza también a las mujeres que interiorizan, disculpan y naturalizan la violencia simbólica que estos mensajes trasmiten. Al fin y al cabo, también ellas han nacido en una cultura machista y ya se sabe que, en palabras de Simone de Beauvoir, «el opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los oprimidos». Además, se suele pensar erróneamente que el machismo solo se vincula a las agresiones físicas y que ciertas formas de hablar misóginas son bromas sin trascendencia. En esta ocasión no puede pasarse por alto que estas actitudes coordinadas a modo de manadas, en las que se alude a la caza o la guerra al hablar de la relación entre los sexos, son las que normalizan la llamada rape culture o cultura de la violación. Son estas conductas, típicas de la masculinidad performativa que vincula la virilidad al dominio y sometimiento de las mujeres, las que están en la base de otras formas de violencia género aún más lesivas. Y en esa dinámica de sutiles y explícitas vejaciones sobre ellas, cuando las amenazas sexistas dejan de ser metafóricas y pasan a mayores, no resulta extraño que se les considere culpable de las agresiones sexuales que sufren y se de mayor credibilidad al testimonio de los varones.

La casualidad ha querido que esta acción machista organizada se haya conocido la misma semana en la que ha sido noticia la encuesta que la empresa Sigma ha realizado a 1.500 jóvenes españolas, de entre 18 y 25 años, para el Instituto de las Mujeres. El estudio arroja algunos porcentajes preocupantes como que un 57,7% de las jóvenes hayan mantenido alguna vez relaciones no deseadas solo por complacer el deseo del otro o que un 68% haya recibido comentarios sexistas en el espacio público. Este informe refleja lo mucho que aún queda para corregir la cultura del abuso y romper la cadena de la violencia sexual que se ejerce cotidianamente sobre las mujeres. A tal efecto, cabe recordar que el viernes pasado entró en vigor la Ley Orgánica Integral de la Libertad Sexual, que se conoce como la ley del solo sí es sí o del consentimiento.

Sin embargo las leyes por sí mismas, siendo importantes, consiguen poco si no se acompañan de campañas de sensibilización y formación. En esa línea, la artista visual Yolanda Dominguez realizó en 2018, para la Dirección General de Igualdad y Mujer del gobierno de Cantabria, la campaña del 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia de Género. En ella, un hombre se presentaba a otros hombres saludándoles y diciéndoles «hola, tú ya me conoces: soy tu machismo». Parodiaba de este modo el anuncio de una famosa marca de compresas en el que una mujer vestida de rojo se presentaba a otras diciendo «hola, tú no me conoces: soy tu menstruación». La misma artista expresaba que el objetivo de la campaña residía en reconocer el machismo para combatirlo. En efecto, nadie corrige un hábito machista sino no es consciente de hacerlo. Pero no es fácil cambiar una cultura patriarcal tan arraigada durante siglos cuando Tik Tokers e influencers misóginos continúan colonizando la mente de los jóvenes. Y, por mismo, son esenciales la coeducación, la prevención y un nuevo lenguaje que no refuerce los estereotipos y que elimine el romanticismo de la narración de la violencia de género. 

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