Opinión | REFLEXIONES

Los tiempos cambian

No debieron ser fáciles para nuestros padres aquellos cambios. Su juventud estuvo marcada por ecos de posguerra y el intento de construir una familia en condiciones difíciles, a veces teniendo que recurrir a varios trabajos a la vez. Los más afortunados pudieron cursar estudios en ambientes universitarios aún alejados de los nuevos tiempos que se vivían en Europa. La llegada de la minifalda, de biquinis, modas importadas... y los movimientos que llegaban desde el exterior de una juventud que se alzaba en protestas... seguro que fue un impacto. A todo ello hay que añadir la irrupción de las drogas, que hizo pagar un durísimo peaje a miles de adolescentes y a sus familias.

El relevo generacional fue dado, con nosotros ya de protagonistas. Asistimos a noches mágicas de bandas tocando ante muñecas hinchables, puestas en escena de personajes que hoy las plataformas de defensa de colectivos hubieran puesto el grito en el cielo por satirizar la igualdad y la inclusión, fuimos testigos de músicas que portaban letras escandalosas, impensables ahora al ir contracorriente de las nuevas reglas... Éramos una generación preparada para asumir cambios.

Como no podía ser de otra forma, este devenir llevó aparejado cambios en las políticas hacia la juventud: leyes en educación, juventud, empleo, sanidad y en protección jurídica de menores y adolescentes. Y se hizo con el obligado debate de las corrientes políticas, pero sin exacerbación y, sobre todo, respetando el papel de los padres como máximos responsables del desarrollo de los hijos. La sociedad no podía ejercer el rol de los progenitores.

Hoy, la pirotecnia y el espectáculo de nuevas corrientes políticas que se vanaglorian de abanderar discursos progresistas nos ha conducido a la contradicción de que la responsabilidad de los padres sea imprescindible para algunos asuntos e irrelevante para otros, entregando a los propios menores el poder de decisión en los difíciles periodos de pubertad. Adolescentes que no pueden conducir un coche, ni sacar una cajetilla de tabaco de la máquina, ni comprar una cerveza, ni votar, pero sí pueden optar a una decisión clave para recibir un tratamiento de transformación de género o de interrupción de embarazo.

Pese los esfuerzos de algunos y algunas líderes y lideresas políticas, la familia será al final la que afrontará las consecuencias de políticas precipitadas. Serán los padres y madres quienes estarán al lado de ese hijo o esa hija que decide, y no será el político de turno el que asuma el día después lo irreversible. Para eso, seguirá vigente el concepto de familia. Nuestros mayores contemplaron cambios inauditos, nosotros también.