Opinión | TRIBUNA

Felicidad

El 20 de marzo desde hace 10 años las Naciones Unidas celebraron por primera vez el Día Internacional de la Felicidad.

¿Pero qué se entiende por felicidad?,¿es algo que se consigue y ya se mantiene?, ¿es algo a buscar permanentemente? ¿es algo común o diferente para cada persona? ¿comulgamos todos con Aristóteles que puede considerarse como el fin último para el ser humano? ...y así podríamos seguirnos preguntando largo tiempo… Con la felicidad el problema surge pues al inicio del debate, es decir por su definición. Cada uno puede tener un significado en su cabeza, que condiciona sin duda su sentirse feliz o no. Y por otra parte está su medición. ¿Cómo sabemos que una persona es más feliz que otra?

Vamos a partir de entenderla como un sentimiento de satisfacción con la vida que nos impulsa nuestra convicción de que «merece la pena» vivir. Es interesante la expresión “merece la pena”, pues ya nos señala que no todas son flores en la vida, sino que hay penas, pero que estas se compensan sobradamente con las satisfacciones que vamos teniendo.

Sí es cierto que el punto de partida es diferente en cada uno. Y no me refiero solo al hecho de la situación económica-social, sino a los genes que cada uno porta, la educación recibida y el entorno en el que cada uno fue desarrollándose.

Epicuro, ya hace más de 2300 años atrás, propugnaba el colocarnos expectativas no muy elevadas que podamos conseguir y así sentirnos bien. Tolerancia, moderación, serenidad y…amigos. Lo demás sobra.

Es significativo que investigaciones actuales vuelvan a destacar la importancia de las relaciones, incluso haciendo hincapié en la importancia de poder mantener conversaciones (si pueden ser cotidianas, mejor) con amigos.

Seguramente no se trata de buscar la felicidad desesperadamente, ya que en ese caso lo que suele ocurrir es que, ante la sensación en un momento determinado de haberla conseguido, parece que se nos escurre entre los dedos ¡Qué poco tiempo permanece con nosotros! Y eso ocurre cuando identificamos esa felicidad con la consecución de un objetivo concreto. «Cuando tenga novia ya seré feliz», «cuando termine la carrera eso me hará feliz», «cuando sea padre eso será mi felicidad completa». Sin duda te sientes muy bien en esos momentos, pero casi nunca se convierten en estados permanentes plenos de felicidad.

Sabemos que más bien es el camino y no la meta de lo que podemos sacar mejor partido. Y en ese camino, el protagonista, cada uno de nosotros, tendría que cuestionarse si está a gusto con esa senda que ha tomado y con él mismo como identidad que se va conformando. Pero, previamente, es importante la decisión que cada uno tome respecto a «ir siendo feliz» en ese camino.

Pero ¿es posible sentirse feliz uno sin tener en cuenta al otro, a los otros, al global de la Humanidad que nos circunda y a la cual pertenecemos?

Adversidades sin cuento, problemas económicos, tensiones de todo tipo, enfermedades, pandemias, guerras, desigualdades sociales, destrucción del planeta…

¿Y todavía pensamos que podemos hablar de felicidad y lo más difícil, ser felices? Sí, si nos involucramos trabajando por mejorar la realidad de otros, como se empeña en hacer Fundación por la Justicia desde hace 28 años.

Pero, entonces, en el ser humano ¿puede darse la felicidad sabiendo que como animal social su felicidad también estará relacionada con la de otros congéneres?

Me parece que Charles Darwin ofrece una buena pista para resolver la incógnita cuando en su ‘Autobiografía’ (1876) señala: «Si los miembros de cualquier especie sufriesen habitualmente no se ocuparían de propagarse. Esta consideración me hace creer que todos los seres vivientes estamos programados para disfrutar de la felicidad».

Creemos que una de las claves en la que se fundamenta ese «ir siendo feliz» puede ser el concepto que cada uno tenga de la vida. La vida como algo bello, finito y misterioso o la vida como algo a superar, sufriendo y esperando que cada día pase pronto.

En el primer caso, sin perder el impulso o más bien la pulsión que nos permite seguir asombrándonos, volando, soñando…aunque los sueños, sueños sean. ¡Qué bonito es vivir e ir siendo feliz! Aunque esa vida como camino, a veces, aparezca con curvas peligrosas, baches y trampas de todo tipo. Pero sabiendo que ese camino está lleno de luz en algunos parajes, aquéllos en los que brille el amor.