Opinión | Ágora

La libertad democrática

La pandemia que trajo la Covid-19 nos evidenció algo que desde hacía tiempo estaba en el aire, pero que no queríamos ver: se avecinaban cambios en el paradigma social, legal y de valores. Este virus nos enseñó que para disfrutar de nuestra libertad individual (deambulatoria) hemos de garantizar los derechos de las todas las personas (salud), como si de un todo se tratara, como si ya nada fuera solo mío o solo tuyo, porque mi salud es tu salud y la mía es la tuya. Igualmente nos mostró ese sistema de equilibrios entre la vida de las personas y la naturaleza, una clara interdependencia y ecodependencia, es decir, las personas necesitábamos a las personas para sobrevivir y el planeta respiró cuando paramos (las personas) en nuestro loco quehacer diario. En aquel periodo, a la ciudadanía, se nos pidió autocontención, confianza en las instituciones públicas y solidaridad.

Cuando se afirma que lo personal es político se hace mención a estos tres pilares necesarios para mantener la paz social. Esto ya no va simplemente de ser de izquierdas o de derechas, esto va de la diferente concepción que tengamos las personas sobre las ideas de libertad y justicia ante situaciones de necesidades locales y globales al mismo tiempo. Es mucho más profundo el cambio. Recordemos que la Covid-19 nos dijo «o todos o ninguno». Y esta advertencia representa un reto para la ciudadanía dirigido a aceptar ciertas limitaciones razonables de nuestra libertad, con el fin de respetar a partir de ahora el valor supremo de la igualdad de todas las personas y del propio planeta, porque el aviso ejemplar ha sido que mi salud pasa por tu salud y mi libertad deambulatoria depende de la salud de los otros…. Aquí reside la idea de solidaridad, íntimamente entrelazada entre la libertad y la justicia, de modo que, ser solidarios nos exige autocontención o autolimitación en nuestra forma de consumo, por ejemplo, dado que en este mundo global el sistema de producción tiene sexo, género, raza, clase social, nacionalidad y, por tanto, nuestro consumo es una opción política queramos o no verlo así. No se trata de una cuestión ideológica, sino de tener un comportamiento ético y responsable o inmoral e irresponsable: con futuro o sin futuro, cortoplacista o que mire por los derechos de las próximas generaciones, que visualice o no a las personas y seres explotados en el origen de la producción, y que sea consciente del volumen de residuos que acaban en África o en nuestro Mediterráneo.

Si reconocemos que somos interdependientes y ecodependientes, hemos necesariamente de tomar conciencia de nuestra forma de vida, de lo que existe detrás un acto de consumo o de diversión, lo que aporta y lo que es superfluo, lo que necesitamos para ser felices o lo que nos sobra. La idea que albergamos de vana o vacua felicidad tiene mucho que ver con la resistencia a colaborar y aceptar ciertas limitaciones del Estado a la libertad del mercado, dado que nuestro modelo de producción se sostiene gracias al uso de bienes que son escasos y que pertenecen a todas las personas (el aire, el agua, ecosistemas, animales…). Entramos en una era, por tanto, en la que probablemente deberemos de reequilibrar la balanza en favor de la vida en este planeta. (que, por cierto, éste siempre existirá, somos los seres humanos quienes estamos de paso).

Se trata de ser consciente de que mi salud y la de mis hijas depende de mi voluntad y de las decisiones que pueda tomar el Estado y sus instituciones para promover la paz social y la libertad en condiciones de justicia y seguridad. Una solución no funciona sin la otra. En esto consiste el nuevo paradigma, en meter los derechos de solidaridad en esta transición que hay desde la modernidad y la sociedad del conocimiento hacia la sociedad del desconocimiento. Ganaremos en profundidad si logramos hacerlo bien y debemos cambiar el rumbo de este barco activamente porque, junto a las evidencias de cambio climático, la inteligencia artificial ya cose nuestras entretelas y es un factor exponencial inimaginable de riesgos, peligros y conflictos (también de oportunidades), que va a cambiarlo casi todo, incluso la estructura base de la democracia.

Necesitamos -como ciudadanía- tomar consciencia y aceptar este nuevo paradigma y colaborar activamente en dicha transformación, desde posicionamientos personales y políticos, a través de nuestros votos, nuestro consumo responsable, exigiendo también la responsabilidad al Estado si no realiza los cambios sistémicos o estructurales necesarios para hacer realidad los derechos humanos y el respeto de la igualdad de oportunidades de las personas en un planeta limitado, en esa ecodependencia que nos une. La libertad tiene límites para ser, tomando las palabras prestadas del profesor Innerarity, una Libertad Democrática (Galaxia Gutenberg 2023). Nos adentramos, en mi opinión, en la era de los derechos humanos como límites innegociables en la configuración de las reglas de juego de la política y del mercado, porque la prosperidad económica nos devuelve la idea de solidaridad, libertad y justicia con la que empezaba estas líneas. Y en este nuevo sistema de equilibrios tú y yo contamos mucho. ¿Te sumas al cambio?