Opinión | Ágora

Llanto y sueño de Argentina

Archivo - El candidato presidencial argentina por La Libertad Avanza, Javier Milei

Archivo - El candidato presidencial argentina por La Libertad Avanza, Javier Milei / Europa Press/Contacto/Manuel Cortina - Archivo

Un hombre, un español, vestido con camisa azul mahón, como la que antes, durante y después de la guerra civil española se asomó gallarda a la vida nacional siguiendo los dictados de José Antonio Primo de Rivera y de Franco, acaba de posar junto a un argentino pintoresco que aspira a ser presidente de su país. Ese que lo arropa con la sonrisa que guarda para sus amigos es Santiago Abascal, presidente de Vox, el partido que aspira a gobernar España y que de este país ama su bandera, pero, por ejemplo, no soporta ni el Estado de las autonomías. Con ese bagaje, y ese contento, apareció junto a Milei antes de que éste afrontara el riesgo de perder.

Esa reunión Milei-Abascal viene de lejos, porque el aspirante al cetro político argentino, ya fue recibido aquí con todo tipo de parabienes, a los que él respondió con los mismos denuestos (a la democracia, al bien común, al espíritu democrático) con el que lleva haciendo su campaña de machote. En España hizo que el público de Vox, que es como su público argentino, siguiera los mismos eslóganes a los que ha acostumbrado a sus compatriotas fieles, antes de que hiciera notorio su último hallazgo hiperdemocrático: la motosierra. Ese artículo de ferretería da escalofrío, pero esa burla es una metáfora mayor, oscura, de una especie nueva de fascismo: el irrespeto ultra. Ya vendrá, ya estará entre nosotros, ya hundirá su simbolismo de broma en zonas más oscuras del futuro. Porque una ocurrencia es una ocurrencia es una ocurrencia, y no extrañará que este mundo de imitaciones lo adopte para que se ría la gente en las fiebres callejeras, hasta que un día, como dicen las madres, tengamos un disgusto.

En España hemos tenido este sobresalto de vez en cuando. Poco después de que Argentina estrenara la horrible experiencia de la dictadura militar, este país, España, se despojó de los vestigios del franquismo, y cuando todo parecía encarrilado, el 23 de febrero de 1981, unos pintorescos guardias civiles, tocados con tricornios cuyo diseño hizo reír a Europa y al mundo, estuvieron a punto de hacer de España otra dictadura, por lo menos. Ahora quienes no vivieron aquella tragedia, ni parecen haberla escuchado en clase o leído en los libros, han echado en falta que, en la contienda electoral argentina, vaya perdiendo, de momento, el tal Milei. Dicho en las tertulias de señores (y de señoras) de club, eso no importaría demasiado. Pero que ese deseo haya sido expresado por alguien que ostenta el prestigio popular de presidir una comunidad autónoma como la de Madrid, revienta los oídos y pone en alerta la ingenuidad con la que afrontamos muchas veces el futuro diciendo: eso aquí no va a pasar.

Y puede pasar, igual que pasa en la Argentina de llanto y sueño que tanto queremos, y que respetamos tanto, esa motosierra que revienta en el hígado de la historia reciente de ese país que es tan nuestro. Respetar a Argentina, llorar por ella, son maneras de ahogar penas nuestras, pero desearle una u otra victoria, como a voleo, es una manera de irrespetar, de afilar los dientes para celebrar victorias, o añorarlas, como si nosotros, desde acá, sepamos qué medicamento le viene bien al enfermo, aunque ese sea un enfermo imaginario.

Uno de los grandes escritores argentinos, acaso la pluma más afilada de las que ponen en orden el verbo que reinventó Borges, Jorge Fernández Díaz (el autor de Mamá, acuérdense de esa maravilla), escribía ayer mismo en La Nación de Buenos Aires: «Nuestro país […] se ha convertido últimamente en un gran lago de cisnes negros: la sociedad pintó de violeta el mapa y sesenta días más tarde lo tiñó de celeste. Así como Milei trabajó en las postrimerías de agosto la falsa idea de que había triunfado y la historia estaba sellada, hoy Massa ya es considerado el presidente electo. Tiendo a creer, por las características de su triunfo, que el brillante ministro de Economía está en lo cierto, pero darle ganado el ballotage, con este pueblo en fase maniaco-depresiva, no sería prudente».

Fernández Díaz, poeta del presente, alertado contra las manías de creer que el futuro ya está escrito (ya sabe Milei que no lo está) avisa a sus lectores, y eso nos viene bien también a nosotros. Después de aconsejar que se lea Fouché, de Stefan Zweig, y Conducción política, de Juan Domingo Perón, para ir entendiendo este quilombo, dice el autor de Mamá: «Esperaremos un mes más para ver qué ala de la biblioteca nos convoca, porque todo está abierto en Argentina. Y porque aquí la sociedad continúa siendo insondable».