Opinión | Una vita da mediano

Trenes a ninguna parte

En mitad del tráfico terrible de Roma, con las sirenas de las ambulancias bloqueadas en el caos, Paolo Sorrentino eleva al máximo el volumen de la radio de su coche dejándose guiar por el algoritmo de Spotify para dar inicio, así, a su proceso creativo. Así se concentra y llegan las ideas de esas escenas de canguros en los jardines vaticanos. Así nacen las imágenes de la decadencia de las fiestas en terrazas con trenecitos de conga que no van a ninguna parte. El cineasta napolitano lo contó, medio en broma, en su masterclass en la Mostra. Pero la imagen me sirve para este Valencia. De algún modo imagino a Rubén Baraja y Javi Guerra aumentando a toda pastilla el volumen de sus auriculares para aislarse del monumental ruido que envuelve al club y a la melancolía de su baile a ninguna parte en la que todavía caben cachitos de añoranza del doblete de 2004. Aislado por el Pipo, su joven Valencia puede pensar, avanzar, sumar 19 puntos en 14 partidos. Es un milagro. El diagnóstico es obvio, pero ya lo avanzó Rodrigo nada más marcar en Ámsterdam el gol que daba el pase a octavos de la Champions. En ese momento de euforia, el delantero brasileño ya detectaba a que la conga del campeón de Copa le esperaba la gran caída.

La estridencia en torno al equipo amaga con ser más ensordecedora ya que Layhoon Chan ha vuelto de Singapur con el mandato de que el grifo seguirá cerrado para el mercado de invierno, la estación más devastadora cada año en Meriton. Espera el sábado el colíder Girona. El partido encierra una reflexión incómoda. El consenso generalizado de que todo inversor externo es perjudicial para el porvenir del club choca, en apariencia, con la felicidad de Montilivi. Una prosperidad levantada sin fichajes de talonario y desde la última fórmula en la que querría ver instalado a mi equipo, orbitando como un satélite junto a otra decena de clubes dependientes de una nave nodriza superior, el Manchester City. Y, sin embargo, el Girona va como un tiro, ha anidado un proyecto sobre un territorio en el que la onda expansiva de la religiosidad del Barça arrasa con todo. Hay una prioridad deportiva, el efecto estabilizador de una estructura con voz y voto sin depender de la caprichosa dirección, tarde y mal, del pulgar de su máximo accionista. Hay un plan paciente y trabajado en torno a su entrenador Míchel, integrado en una masa social y en una ciudad que se sienten respetadas. Hay, en el encaje líquido del fútbol moderno, un club.

Deseo que iniciativas románticas como la impulsada por Martín Queralt en su último gran servicio al club prosperen y que el Valencia, un club también engrandecido por vascos, argentinos, entrenadores madrileños y laterales toscanos con más apego que mediocentros de La Torre, vuelva a ser de los valencianos. Pero con independencia del reparto y el origen accionarial, la clave de todo estará en el modelo de gestión, en la obsesión deportiva, en el proyecto. En el respeto a una cultura de club que cualquier futuro holding o máximo accionista sabrá que ha renacido y curtido en los años resistencia a Meriton. La alfombra roja de 2014 es hoy un tapiz amarillo en el minuto 19. Es la única dirección posible para retomar la pausa en el proceso creativo, el rumbo del tren y dejar de vivir colgados de un milagro.