Opinión | reflexiones

José Miguel Martínez Castelló

La revolución de la Navidad

El mundo cultural, editorial e intelectual francés se ha visto sacudido por la publicación de un libro que dos ingenieros, Michelle-Yves Bolloré y Oliver Bonnassies han escrito: Dios. La ciencia, las pruebas, cuyo subtítulo resulta más que atrayente e inquietante, El albor de una revolución. La tesis principal es que los últimos descubrimientos de la física y la cosmología del siglo XX se acercan a la hipótesis de un universo creado de la nada y, por tanto, la posibilidad racional de que todo es producto de un comienzo creado por una inteligencia posibilitadora del espacio y el tiempo. Una parte de la modernidad nos ha enseñado que ciencia y teología, razón y fe, se contraponen, pero decenas de científicos a través de sus ecuaciones muestran que estos campos del saber se tocan, convergen. La primera mitad del libro es una clarificación de que las teorías físicas apuntan a la irracionalidad de un universo creado por el azar y que sea meramente material. Son sorprendentes las revelaciones que se van descubriendo en el libro cuando se establece que las ideas originarias del pueblo judío y cristiano vienen a coincidir con los descubrimientos de la física del siglo XX. Nunca judíos y cristianos consideraron el sol o la luna realidades divinas o que el universo tuvo un principio absoluto creado a partir de la nada por un Dios exterior al Universo que contradecía todas las visiones del mundo de sumerios, acadios, babilonios, egipcios, persas, griegos y romanos que la ciencia ha demostrado falsas, ya que solo a finales del siglo XX, la física y la cosmología confirmaron que el tiempo no es circular, como asumían las diferentes culturas que acabamos de citar, sino que más bien se dirige irremisiblemente hacia un final. Dicho en otras palabras: el judaísmo y el cristianismo llevaron a cabo una desmitificación de todos los procesos naturales considerando las realidades del Universo como simples fenómenos. Y eso hoy, gracias a la ciencia, lo asumimos como una verdad casi inmutable.

Sin embargo, el libro adquiere un cariz y una orientación distinta cuando pasa a la figura de Jesús una vez analizada los descubrimientos que se derivan de la ciencia y de la física. Es un viraje sorprendente, una auténtica revolución que entra de lleno en el significado último de la Navidad: «8000 millones de hombres, es decir, la totalidad del planeta, utilizan su año de nacimiento en el calendario, aun cuando no hayan oído hablar de él. Todos los contratos, actos jurídicos y publicaciones del mundo se refieren a su nacimiento… Los judíos, los musulmanes y los chinos tienen, es cierto, sus propios calendarios, pero su utilización se limita a su propia esfera. La fecha de nacimiento de Jesús es un meridiano absoluto y universal”. Asumiendo la libertad de conciencia de cada persona como valor ineludible y universal, creyentes o no, la Navidad implica una revolución en las relaciones humanas en la historia. Ésta se ha movido desde el odio y los intereses de los poderosos. En cambio, el relato de la Navidad conlleva otra posibilidad: el poder de Dios, creador de todo lo que conocemos, no se hace a partir de la imposición, sino a través del cuidado, la fragilidad y la pobreza. Un Rey que nace en un establo, no en un palacio, que es visitado por la gente del pueblo, trabajadora, que tiene que ganarse día a día el pan que se lleva a la boca.

Representa la luz en medio de las tinieblas de la guerra, de las bombas, de los muros, de las fronteras, porque, como diría Benedicto XVI, “donde hay amor, surge una luz en el mundo; donde hay odio, el mundo queda en la oscuridad”. De la luz de Belén ha brotado la inspiración y el ímpetu hacia la caridad, la bondad, la atención a los débiles y a los desamparados del mundo. Jesús se convierte en nuestro regalo porque se ha dado hasta dar la vida por ti, ya que asume tu tiempo, en las penurias y en las alegrías. Esa es su revolución. Sólo falta un sí claro y firme que brota de la más honda expresión de la libertad humana. FELIZ NAVIDAD.