Tribuna

No desaprovechemos esta crisis

Enrique Cabrera Rochera

Enrique Cabrera Rochera

La actual época de sequía, que ha desembocado en la adopción de medidas de emergencia en Cataluña, a las que podían seguir las de otras regiones, ha puesto en el punto de mira la gestión del agua en nuestro país. Es importante aprovechar el foco que los medios y la sociedad han puesto en el problema para reflexionar acerca de dicha gestión y cómo hacerla más sostenible.

Las previsiones de los modelos de cambio climático apuntan a que la disponibilidad de recursos hídricos en España menguará en las próximas décadas. Nuestro país, ya de por sí expuesto al clima mediterráneo y una escasez estructural de agua, debe una vez más reinventarse y buscar la manera de asegurar el suministro de agua a la población, a nuestra industria y servicios y a la agricultura.

El debate del agua en España ha estado tradicionalmente orientado a proporcionar soluciones desde el lado de la oferta. Ya fueran embalses, trasvases o plantas desaladoras, las soluciones puestas encima de la mesa siempre han intentado aumentar la disponibilidad de recursos y pocas veces se ha incidido con la misma intensidad en modular la demanda.

Sin embargo, lo cierto es que no necesitamos tanta agua como consumimos. Las estimaciones de más de 1000 hm3/año en pérdidas en abastecimientos urbanos parecen, como mínimo, muy conservadoras. Personalmente estoy convencido que la cifra es muy superior. Y si las pérdidas declaradas en redes urbanas se estiman en un 15% (insisto, muy cuestionable) es más que probable que el porcentaje sea muy superior en el riego, que es responsable de un 70% del consumo total de agua en nuestro país.

Tenemos por tanto la capacidad de reducir el consumo del agua simplemente renovando tuberías y canales. Ello nos permitiría reducir nuestra dependencia de los recursos, mejorar el estado de nuestros ríos y acuíferos y afrontar las sequías con mayor probabilidad de éxito.

Sin embargo, las tarifas del agua en España no proporcionan suficientes ingresos para acometer las políticas de renovación y mantenimiento necesarias para lograr esas eficiencias. El sector del agua tiene claras carencias de financiación y, en muchas ocasiones, cuando la administración inyecta dinero en el mismo, el esfuerzo de las cuentas públicas con el agua va dirigido a subsidiar precios y financiar nuevas instalaciones (acciones que, en lugar de promover un uso racional y eficiente, consiguen el efecto contrario).

Por ello, gran parte de la solución al problema radica en una mejor gobernanza del agua. Comenzando por sensibilizar y educar a la ciudadanía acerca del problema y su mejor solución. Estableciendo criterios claros para la valoración de los activos y los costes reales del suministro de agua para poder diseñar tarifas acordes. Y contando con mecanismos de regulación claros, estandarizados y que eliminen las desigualdades que las actuales competencias municipales dibujan.

En ese camino a recorrer, las aportaciones de los técnicos resultan fundamentales y deben ser la base para un debate político y social. La gestión eficiente del agua debe sustentarse en datos y hechos, y el catálogo de soluciones debe estar basado en las aportaciones tecnológicas y metodológicas desarrolladas por los investigadores.

Pero los ingenieros también debemos ser conscientes que las soluciones en el agua pasan por conciliar lo posible técnicamente con los condicionantes económicos, ambientales y sociales, y debemos ser capaces de contribuir a un debate mucho más orgánico que el que habitualmente deriva del uso de modelos y ecuaciones.

En cualquier caso, como siempre sucede con cualquier crisis, ahora es el momento en el que la necesidad es más evidente y la atención de la sociedad está puesta sobre nosotros. No desaprovechemos pues esta oportunidad para encaminarnos a una gestión mucho más sostenible del agua.