Amores quiméricos

La dibujante italiana Zuzu huye de la coralidad para centrarse en la intimidad de la vida amorosa de la hermosa protagonista 

Potada

Potada / Levante-EMV

Álvaro Pons

Nos hemos habituado tanto a pensar que el amor es una quimera que la opción elegida por la dibujante italiana Zuzu para dar vida a la protagonista de su nueva obra, Los días felices (Barbara Fiore, traducción de Inés Sánchez Mesonero), se nos antoja casi como una representación naturalista de esa entelequia. Porque Claudia es una hermosa joven, pero que cuando la pasión o desesperación afloran en su vida deja ver su verdadera imagen quimérica, una figura que nos recuerda a las mantícoras o la esfinge, con cuerpo de león y alas que se despliegan a la vez que se desata su lado oscuro, salvaje e imprevisible.

Al igual que en su anterior obra, la interesantísima Cheese, la autora huye de la coralidad para centrarse en la intimidad de un relato que, a lo largo de casi 500 páginas nos llevará por la vida amorosa de la joven.

Conoceremos primero a su actual amor, Piero, para después entrar en flashbacks que recordarán una relación con un hombre mucho mayor que ella, Giulio, con el que vuelve a encontrarse. Se inicia así un largo imaginario de dicotomías vitales: entre la juventud y la madurez, entre la pasión y la reflexión, entre la fragilidad de una joven que se deja llevar por sus sentimientos y la brutalidad del animal en que se convierte cuando le son arrebatados, entre la sumisión aceptada y el abuso no consentido, entre el amor entregado de Piero y la visión deformada y aprovechada de Giulio, entre un pasado que nos persigue y un presente del que huimos, entre la ficción y la realidad. Y Claudia, en el centro, como un caleidoscopio que nos deja ver a través de su dualidad todas las facetas de un amor que construye personalidades, pero que también puede destruirlas sin piedad.

Zuzu aprovecha con perfección su estilo casi naif, de lápices de colores tan brillantes como orgánicos que hacen las imágenes próximas, gracias a una lectura fluida donde los silencios son hábilmente manejados por la autora como puntos de inflexión de la narración.

Poco a poco, lo cotidiano se impregna de una fantasía que solo puede ver el lector, convirtiéndolo automáticamente en cómplice de una protagonista a la que necesita acompañar, a la que solo nosotros vemos en su esplendor, en su alegría y en su dolor, en esa recreación quimérica de garras que dejan profundas heridas y alas que llevan a escapar volando sin rumbo. Esa figura que pierde los colores para crear un espacio en blanco donde solo el rojo arrebatado de la sangre encuentra lugar. Con un inesperado giro dramático, Zuzu da un golpe de timón que permitirá encontrar el verdadero sentimiento del amor, hermanándose con el texto de Beckett que la protagonista recita como prueba para entrar en una compañía teatral y que da nombre a la obra, Los días felices.

Una obra extraordinaria, dotada de una sutil musicalidad a la que el cantautor Giorgio Poi dio forma con la canción Giorni felici, que recomiendo oigan mientras leen la obra, dejándose llevar por la historia de Claudia, Piero y Giorgio, por los trazos viscerales de lápices de colores, por unos diálogos escritos desde el corazón, por esas páginas donde un beso se detiene en el tiempo mientras desborda sensaciones, con esa extraordinaria puesta en escena y ritmos que la autora maneja con pulso firme, llevándonos de la mano como los cómplices que ya sabemos que somos, conscientes de ser afortunados desde la portada del libro, cuando la figura quimérica de Claudia nos mira, sabiendo que nos mira a nosotros, los lectores que hemos visto su verdadero rostro.

No se lo pierdan.