Cuatro años. Casi 50 meses. Doscientas semanas. 1.460 días. Ese es el tiempo que Soraya Taibi lleva sin abrazar a su hija Wafaa Sebbah, salvajemente torturada y asesinada, presuntamente por un delincuente de Carcaixent, David S. O., El Tuvi, quien tiene en su haber estar imputado en otro asesinato de una mujer, el de Isabell Elena Raducanu, cometido cinco meses antes, en junio de 2019, en Xàtiva. En ambos casos, porque, dice, le llevaron la contraria.

El pasado viernes, 17 de noviembre, se cumplieron esos cuatro años. Y aún no ha habido juicio; ni lo habrá en muchos meses. Por tanto, tampoco sentencia. Soraya hace mucho que espera. Demasiado. También sus otros dos hijos, los hermanos pequeños de Wafaa.

«La casa, sin ella, se ha venido abajo», confiesa una madre destrozada porque «me han robado a mi hija, le han robado la vida». El duelo está estancado. Su sombra crece tan lento como la causa judicial. Ya lo ha dicho antes, pero lo vuelve a repetir: «No me quiero comparar, pero otros casos parecidos, como el de Marta Calvo, por ejemplo, ya han sido juzgados y hay hasta dos sentencias. ¿Es que se han olvidado de mi hija? ¿No tiene derecho a Justicia ella? Somos pobres y somos extranjeros. ¿Es por eso?». 

Es la desesperación la que habla por su boca. Hace poco volvió a ver al juez, que siempre la ha recibido y ha tenido palabras de aliento para ella. «Me ha dicho que queda poco», confirma. Ese juicio y la esperada condena llevarán algo de paz al hogar de los Sebbah-Taibi, pero por delante hay un larguísimo camino para reconstruirse.

«Veo a mi hija en todas partes»

El hermano pequeño de Wafaa no lo reconoce, pero la rabia y la impotencia han anidado en él y su madre teme cada vez más «perderlo». La idea la vuelve loca. El chico ha dejado los estudios y vaga entre el encierro en su habitación y el gimnasio de kickboxing. En el mejor de los casos, queda con amigos. Pero no habla de la ausencia. No quiere. Cuando se le pregunta, se encoge de hombros y suelta un lacónico: «Es lo que hay».

El mayor ha encontrado refugio entre el trabajo y los amigos, pero tampoco habla de su hermana, ni de lo que le pasó, ni de cómo afrontar ese futuro sin Wafaa.

Y mientras, la casa cae sobre Soraya. Sola entre las cuatro paredes, pobladas de fantasmas. Ya no hay guisos, ni banquetes, ni risas. Casi ni ramadán. La vida mejor que buscaron dejando atrás su Argelia natal se les ha filtrado por las grietas de una realidad negra e inesperada.

«Cuando voy a verla, me acuesto a su lado, en la tumba y hablo con ella. Y le pido que me perdone». No puede evitar el llanto

Soraya se debate entre los recuerdos «de mi niña» y la necesidad de respirar: «Quiero irme de aquí. Cambiar de casa. De pueblo. Solo puedo decir buenas palabras de las personas de la Pobla. Me han apoyado siempre, cuando Wafaa estuvo desaparecida y después. Siempre han estado ahí. Pero ya no soporto que me miren pensando en que soy la madre de la chica a la que mataron...».

"Necesito un trabajo de ocho horas"

Su refugio es el trabajo, pero solo son tres horas al día. «Voy feliz al cole todos los días», dice Soraya, y se le ilumina el rostro. Atiende a los más pequeños durante el comedor y la siesta. «Veo a Wafaa en ellos. Hay una nena que se toca las orejitas para dormir. ¡Cómo ella!». Las chispas asoman a sus pupilas. «Y otro que duerme con los ojos a medio cerrar. ¡Exactamente igual que ella!».

Dura poco. Las sombras regresan a sus ojos. «Cuando voy hacia allí y cuando vuelvo, o cuando salgo a comprar, que son los únicos momentos que piso la calle, me quedo mirando a las chicas de su edad. Las miro tan fijamente, que se me quedan mirando ellas. A veces hasta me acerco. Algunas se asustan. Pobres... No es mi intención, pero las entiendo».

Luego, cuando llega a casa, «la veo. Llegando con su coche, contándome cómo le va en el trabajo...». Se derrumba de nuevo. «Nadie quiere a mis otros dos hijos como yo, nadie. Pero es verdad que cuando te matan a un hijo, te arrancan un trozo de ti, te quitan tu vida, tu respiración. Me falta mi hija. ¡La echo tanto de menos...!».

«Me acuesto a su lado y le hablo»

La rabia la consume. «Ella no hizo nada. No merecía esto. ¡Ese Tuvi le ha robado la vida! Y ahora se acercan esas fechas... Otra vez navidades, y su cumpleaños... Y ya van cuatro años. Y él... Por mucho que se pase 30 años o lo que sea en la cárcel, su madre puede ir allí a verlo, puede abrazarlo, oler su perfume. Pero yo no. Yo nunca podré hacer eso con mi hija».

Se serena. «Cuando estoy trabajando, estoy bien. Por eso necesito encontrar un trabajo de ocho horas. Ocho horas para no pensar. Estoy buscándolo, pero no es fácil...». Lleva semanas en ello. El almacén de frutas de la Pobla es una posibilidad, «pero cuando empiezas, te dan trabajo un día sí y tres no, y yo necesito un trabajo todos los días, para pagar las facturas y sacar adelante a mi familia. También estoy mirando para cuidar niños, o personas mayores. Ojalá encuentre pronto», aventura.

«Necesito un trabajo que me ocupe todo el día, que me ayude a no pensar. Estamos al límite. Sus hermanos y yo»

Cambia de tercio. Sabe bien cómo combatir la desesperación para poder seguir en pie. «Este verano, las chicas [de los servicios sociales municipales] quisieron venir conmigo a verla al cementerio. Fue precioso. Me sentí muy arropada». El resto de las veces, cuando va sola a visitar la tumba de su hija -otro via crucis, porque no tiene coche y depende de autobuses o de gestos solidarios, ya que el cementerio musulmán está en Chiva-, confiesa que «me acuesto a su lado y hablo con ella. hablo mucho con ella. Y le pido que me perdone». Como si ella tuviese alguna culpa... «Es que ella no está y yo sí», se disculpa. La luchadora que hay en ella vuelve a dejar paso al dolor. Se levanta y cae, se levanta y cae. Una y otra vez. Yya van cuatro años.