"Ninots": Una denuncia al racismo y al edadismo

La compañía valenciana La Màquina presenta «Ninots» hasta el próximo 18 de febrero. La protagonista de la obra es una actriz migrante de 70 años que se aferra a su último papel en las artes escénicas. 

Diana Valpe.

Diana Valpe. / Patty Lorenzo.

La actriz venezolana Diana Volpe lleva cincuenta años trabajando en el mundo del teatro, aunque hace dos años decidió trasladarse a València para seguir probando suerte en las artes escénicas y abrirse nuevos caminos. Por eso, no es nada extraño que, al descolgar el teléfono, se oigan conversaciones y ruido de fondo y sus primeras palabras sean «me encuentro ensayando porque estoy eternamente en el teatro». Con 73 años, se considera una «afortunada» por poder seguir trabajando encima del escenario cinco décadas después y a pesar de todos los cambios vividos. Como María Montiel, la protagonista que encarna en la obra «Ninots», ella también es actriz migrante y mayor de 70 años. Sin embargo, Montiel no ha tenido la misma suerte que la venezolana. La obra «Ninots», que se podrá ver en la sala y compañía valenciana La Màquina hasta el próximo 18 de febrero, intenta dar protagonismo a quienes se encuentran invisibilizados socialmente. Concretamente, el edadismo, la aporofobia o el heteropatriarcado son los males que sufre la protagonista de este nuevo espectáculo, además de un incurable amor por las artes escénicas, que le hace luchar contra viento y marea.

A lo largo de la obra, Montiel trata de aprovechar su última oportunidad para subirse al escenario con «Un tranvía llamado deseo» y, así, representar a Blanche Dubois, su personaje soñado. Sin embargo, y aunque parece extraño, la actriz se topará con diversas personas y situaciones de la vida diaria de un casal fallero, ya que ambas realidades, en palabras de la compañía, tienen muchas cosas en común.

Una escena de "Ninots".

Una escena de "Ninots". / Patty Lorenzo.

"Un regalo enorme"

La obra nació hace diez meses y, para la actriz, es «un regalo enorme» del director de la pieza, Rafa Cruz, y la dramaturga Ana Melo. Concretamente, Cruz, asentado desde hace tres décadas en España, había coincidido hace años en un proyecto en la Sala Becket de Barcelona con Volpe, considerada una dama de la escena de Venezuela, además de intérprete y directora en múltiples proyectos escénicos internacionales, desde Tokio a Londres. De aquel trabajo surgió una amistad que les ha unido durante años. Además, los tres son de origen venezolano. «Por razones personales y profesionales me interesaba estar en Europa. Conocía esta ciudad y me parecía un lugar amable para vivir», explica Volpe, quien encaja con las características de la protagonista. «La diferencia es que, afortunadamente, yo no paro de trabajar. Ya sea como intérprete, como docente o como directora de escena, algo que me interesa muchísimo. Así que, mientras pueda seguir en activo, veo muy lejana la jubilación», explica la artista. La actriz creó el teatro «La caja de fósforos» en Caracas hace diez años. «Hemos estado en muchas obras, doy talleres en Madrid y Barcelona y, una vez al año, dirijo en Londres», explica.

La protagonista, a pesar de ser venezolana, reivindica que no ha vivido ninguna situación de racismo, por lo que, en sus palabras, «me he sentido aceptada». «La Màquina me recibió con las manos abiertas, pero hay muchos venezolanos con carrera que vienen a ganarse la vida y no viven la misma situación», denuncia. Como le ocurre a Montiel, el hecho de llegar de un país distinto le resta oportunidades, sobre todo cuando su economía está afectada por la falta de trabajo. «En mi país tenía mi propio teatro, aquí he intentado enviar mi currículum, pero no ha habido respuesta», lamenta. Sin embargo, reivindica que «el teatro trata de sobrevivir en todas partes y en todos los países». La obra es fruto del trabajo llevado a cabo durante meses y la preparación de una escenificación que busca la belleza, la alegría y pasión con la que se viven. Por eso, existen muchos puntos en común entre la creación de un espectáculo teatral y las Fallas, puesto que, como el monumento fallero después de la Cremà, desaparece cuando cae el telón y hay que volver a empezar. De esta manera, las artes escénicas y la protagonista aspiran a ser un «ninot indultat» que invita al espectador a dejarse llevar por la experiencia única de este drama con toques de absurdo, de comedia y de poesía.