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Eterna remodelación

Un espacio para el "Tio Pep" en la nueva Plaza de la Reina

La histórica falla quiere ser tenida en cuenta en la remodelación del enclave, sometida a participación ciudadana

Un espacio para el "Tio Pep"  en la nueva Plaza de la Reina

Un espacio para el "Tio Pep" en la nueva Plaza de la Reina

La falla de la Plaza de la Reina-Paz-San Vicente, conocida popularmente como «Tio Pep», está a la expectativa de lo que parece ser, después de muchos proyectos desechados y muchas promesas políticas incumplidas, la ansiada remodelación de la Plaza de la Reina. Y es que el actual equipo de gobierno del Cap i Casal se ha propuesto el objetivo, nada desdeñable, de remodelar las históricas y mal tratadas plazas del centro de la ciudad, entre ellas la de la Reina.

El 14 de enero de 1878, la comisión de estadística del Ayuntamiento de Valencia se hace eco del inicio de las obras de ensanche de la Plaza de Santa Catalina y, ante la inminente boda Real entre Alfonso XII y Mª de las Mercedes de Orleans, propone que esta nueva plaza lleve el nombre de Plaza de la Reina en honor a la nueva soberana. Sin solución de continuidad, en marzo de 1880 se planta, según las crónicas y los testimonios de Elías Tormo y José Manaut entre otros, la primera falla en la recién inaugurada plaza.

De aquella coqueta e incipiente Plaza de la Reina de 1880 ya no queda nada, ni su fisonomía, que poco tiene que ver con la actual plaza, ni sus comercios, algunos de ellos centenarios pero ya desaparecidos. Ni siquiera el Miguelete asomaba por allí, ya que la plaza se abre a la Catedral y su torre a finales de los 60 con el derribo de la última manzana de casas que separaba la Plaza del Miguelete y la Plaza de la Reina. De todo lo que ha sucedido en esta plaza desde hace 135 años lo único que perdura es el ritual de la plantà y cremà de una falla cada mes de marzo. La plaza de la Reina no es el sitio de encuentro y convivencia que debería ser esta zona histórica y centro neurálgico de la ciudad. Es más bien una rotonda mal disimulada, un lugar de paso, incoherente y antipático para vecinos y turistas. Pero no siempre fue así.

Entre la apertura de la plaza en 1878 hasta los primeros derribos de la manzana central en 1930, el aspecto de la plaza no varió cuanto apenas, salvo los dos bellísimos edificios que el maestro Lucas García levanto a finales del siglo XIX en las esquinas de la calle San Vicente con la plaza de la Reina, conocidos popularmente como «La Isla de Cuba» y «Sánchez de León».

Los distintos ayuntamientos de principio de siglo ansían convertir la plaza en el corazón de la ciudad y se barajan varios proyectos e incluso se pulsa la opinión de la ciudadanía, que apuesta mayoritariamente por una «plaza grande», que abarque desde la calle San Vicente hasta la Catedral. Pero no es hasta 1930 cuando, siguiendo los proyectos de Aymamí y Goerlich, comienzan los derribos de la manzana central, que ante la falta de consenso e indefiniciones, seguido de los convulsos años de la guerra civil, se dilatan 20 años. La plaza llega a la década de los 50 convertida en un solar, donde ya solo permanece en pie la manzana que separa las plazas del Miguelete y de la Reina.

En 1951 se convoca un concurso de ideas para la reforma de la plaza. Se presentan 18 trabajos, de los cuales se seleccionan 3 premios y 8 accésits. Ninguno de estos proyectos se llevó a cabo y las nuevas alineaciones seguían sin definirse. Ante la infame panorámica que ofrecía la plaza, la opinión pública empezó a generar cierto descontento, a lo que el ayuntamiento de Tomás Trenor respondió con un lavado de cara de la plaza: se construye un estanque rodeado de jardines y en 1959 se inaugura la famosa fuente monumental.

El aparcamiento subterráneo

En 1963 empiezan a derribarse las últimas fincas que separaban las plazas da la Reina y del Miguelete y, en 1968, se aprueba la construcción del aparcamiento subterráneo. La fuente, que no duró ni una década, fue desmontada y llevada a los jardines de Viveros donde todavía hoy continúa. De los restos arqueológicos que supuestamente deberían haber aparecido durante la construcción del aparcamiento, mejor ni preguntar.

En 1970 se inaugura el aparcamiento subterráneo y desde entonces, salvo algún que otro parche en fachadas y pavimentos, la plaza sigue con la misma fisonomía. Ni siquiera los primeros ayuntamientos democráticos ni el concurso de proyectos organizado por el Colegio de Arquitectos en 1999, cuyo primer premio parece será rescatado para la futura reforma, han conseguido sacar del letargo a nuestra querida y malograda «antiplaza» de la Reina.

Centro de festejos y tradiciones

Antes de entregar su alma al tráfico rodado, la Plaza de la Reina fue durante muchos años el centro neurálgico de la celebración de festejos y tradiciones populares. Con la apertura de la calle de la Paz, el centro comercial de la ciudad pasó del Mercado a la Reina, y se fue de ella cuando la convirtieron en un solar.

A principios del siglo XX, la plaza era un lugar de celebración, invitaba a ello. En ella se han celebrado procesiones cívicas, religiosas, recibimientos reales e incluso se levantó un arco del triunfo en honor a Blasco Ibáñez en 1921. Pero sin duda, lo que marcó una época en la historia festiva de la plaza y de la ciudad, fue la plantà de la más famosa trilogía de ninots gigantescos erigida nunca: El «Tio Nelo», «La muller del Tio Nelo» y «Nelet i Quiqueta».

El «Tio Nelo», que representaba al típico labrador de la huerta valenciana, fue plantado por los comerciantes y vecinos de la plaza en 1900 con motivo de la Feria de Julio. Presentado como arco de buen humor, con cara socarrona y «escarramallat», permitía el paso de carros y tranvías por debajo de sus piernas. En 1902, los vecinos nostálgicos y animados por los éxitos que cosechó el «Tio Nelo» plantaron en fallas a «la muller del Tio Nelo», que consiguió el 2º Premio. Y finalmente, en 1904 y nuevamente para celebrar la Feria de Julio, se cerró la trilogía plantando dos gigantescas figuras, ella sentada y él tocando la guitarra, que representaban a «Nelet i Quiqueta».

Desde su creación, hasta el final de la contienda civil, la plaza vivió sus mejores momentos como centro comercial y cultural de la ciudad. Cualquier acto relevante se celebraba allí. En la plaza de la Reina han plantado fallas el Círculo de Bellas Artes, la marca comercial Tintes Iberia, que plantó una falla publicitaria en 1924 y la Societat Humorística l'Antigor, que presentó boceto pero finalmente no se llegó a plantar.

Los años dorados de la plaza se desvanecieron al ritmo de la piqueta. En los años 40, con la manzana central a medio derribar, se intentó recuperar el espíritu festivo de la plaza y de nuevo, evocando al Tio Nelo, se plantó una falla formada por un remate de grandes dimensiones titulada «Vuelve el Tio Nelo», que fue arriesgada por su composición pero sobre todo por su argumento crítico contra el hambre, la falta de luz y el estraperlo típico de la posguerra. En los años 50 el aspecto de la plaza no invitaba a celebración ninguna. Los vecinos buscaron otros emplazamientos para llevar a cabo las actividades josefinas y no se encuentran rastros de ningún acto festivo reseñable. El único que supo aprovechar el solar creado después de los derribos fue el Arzobispo Marcelino Olaechea, que instaló en ella su famosa Tómbola Valenciana de la Caridad. En 1948 fue inaugurada dicha tómbola, que fue creciendo al compás de los derribos, hasta llegar a ocupar toda la parte central de la plaza.

Con la fuente y el estanque en los 60, la plaza recobró cierta vitalidad. La falla volvió y ya nunca más dejó la plaza. Pero el paso hacia el desequilibrio entre vehículos y espacio público ya estaba dado. El aparcamiento subterráneo lo acabo certificando en 1970.

Recuperar la identidad

En la actualidad la plaza, o más bien la «no plaza» como bien la llama Josep Sorribes, no cumple ninguno de los cometidos que debería tener un espacio de estas características en una ciudad como la nuestra y en pleno siglo XXI. No es un lugar amable donde poder pasear, tampoco es un punto de encuentro ni de intercambio cultural. Las fiestas y tradiciones que en ella todavía se celebran quedan arrinconadas por el tráfico rodado. Las procesiones y ofrendas pasan de largo, los mercadillos y la «escuraeta» se hacinan en los reducidos espacios peatonales. Y la falla, invisible, intenta mantenerse erguida entre el trasiego de vehículos, tal vez, en el mismo punto topográfico que un día la vio nacer, allá por 1880.

El cometido de reformar la plaza no es otro que recuperarla para los vecinos, para los paseos agradables y para las bellas perspectivas de la «Porta dels Ferros». Recuperarla, en definitiva, para la celebración, la tradición y las manifestaciones culturales. Y de esta manera recuperar también un lugar digno y adecuado para la «plantà» i «cremà» de una falla, la del «Tio Pep», que aguarda expectante al proyecto de reforma, pero que legitimada por su historia, exige ser tenida en cuenta.

*Fallero de la Falla «Tio Pep» y miembro de la Associació d'Estudis Fallers

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