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Rita Barberá y Vicente González Lizondo

Muertes paralelas

González Lizondo murió en idénticas circunstancias que la exalcaldesa Barberá hace ahora veinte años sin que nadie lo recuerde, pese a la gran conmoción que significó su óbito

Muertes paralelas

Muertes paralelas

La crucifixión de los hijos ilustres es una tradición política valenciana. Cada tribu política persigue, atormenta y ahoga a alguno de sus epígonos más destacados, hasta que en ocasiones se desencadena el fatal desenlace de la muerte. La semana pasada asistimos a la masacre totémica de Rita Barberá. Durante veinticuatro años fue la referencia indiscutible de la urbe, y en apenas doce meses la han arrastrado a lo más bajo, sin que nadie se atreviera a acompañarla por miedo al qué dirán.

En Valencia no tenemos buenos políticos, somos un país sin ministros, como apuntó Xavier Ribera en estas mismas páginas hace poco. Pero es que nos encargamos de destrozarlos como buitres voraces, sin ningún tipo de conmiseración ni piedad, y lo más desgarrador es que normalmente son los propios amigos del condenado los que se ufanan en lapidarlo, sin dejar este papel a los adversarios oficiales.

Los ejemplos son innumerables. Quizás el más escandaloso fue el de Vicente Blasco Ibáñez que, cuando estaba en lo más alto de su carrera como diputado en Madrid y con su partido gobernando en el ayuntamiento, fue traicionado por la facción de su pupilo Rodrigo Soriano, dividiendo el voto republicano y por tanto neutralizándolo. Sólo que Blasco fue más inteligente que todo ello y se marchó a Argentina a colonizar la Pampa, renegando de la política valenciana para siempre, y siendo premiado después con una fama como literato que eclipsó su carrera política. Lo más curioso del asunto es que, tras fallecer en 1928, los herederos quisieron rentabilizar su cadáver y lo trasladaron desde Francia a Valencia con todo el boato reservado a aquellos personajes que, ya muertos, no pueden defenderse ni protestar por la manipulación sufrida.

Cuan grato hubiera sido que la desdichada Rita Barberá se hubiera podido levantar durante dos minutos de su lecho en el tanatorio municipal y les hubiera cantado las cuarenta a más de uno con ese tono avasallador y enérgico que siempre la caracterizó. Pero claro, la ley de la muerte le obliga al silencio, y la pobre ha debido soportar el desfile de hipocresías sin poder decir nada. Si todos los elogios que se han derramado sobre su cadáver tras el óbito se hubieran escanciado el lunes cuando tuvo que pasar el duro trago de prestar declaración completamente a solas ante el Tribunal Supremo, seguramente estaría viva, porque no hay nada que otorgue más fuerza a un político carismático que la complicidad de un equipo. Que se lo pregunten por ejemplo a Hillary Clinton, abandonada por los pelotas que ahora aplauden frenéticamente al antes denostado Donald Trump.

Pero sin duda el gran personaje político olvidado en estos días ha sido precisamente el «marido» de Rita Barberá: Vicent González Lizondo, que murió en idénticas circunstancias que su «viuda» hace ahora veinte años sin que nadie lo recuerde, pese a la gran conmoción que significó su óbito.

Rita Barberá y Vicent González Lizondo se vieron obligados a casarse políticamente para expulsar del poder a Clementina Ródenas. Que por cierto recordemos había sido alzada a la alcaldía después de que la tribu socialista disparara todas sus flechas contra el talentoso Pérez Casado, cometiendo otro crimen político-ideológico que afortunadamente no terminó en la morgue.

Vicent González Lizondo parecía el hombre más poderoso de Valencia hasta que se casó con Rita. Matrimonio siempre político, pues él amó desaforadamente hasta el fin de sus días a su legítima esposa canónica María Teresa. Llegar a lo más alto le empujó precisamente a caer estrepitosamente, empujones que le propinaron sus propios correligionarios, y especialmente los que con más cariño había protegido en sus tiempos de bonanza.

De Rita dicen que fue irrepetible, pero no olvidemos que partió con ventaja. Era hija de un periodista muy afianzado en la ciudad, y recaló en el principal partido conservador de España. Vicente tuvo que hacérselo todo él mismo. Sin estudios, sin familia adinerada, sin patrocinadores. Vicent levantó su empresa, su familia y su propio partido.

Tanta pasión puso en su valencianismo que falleció el 23 de diciembre de 1996 en plena tarima de las Corts Valencianas, cuando expulsado de su propia formación había de intervenir en nombre del grupo mixto. Los homenajes se le sucedieron. El astuto Eduardo Zaplana, que por cierto comentan que no goza de muy buena salud actualmente, vampirizó su memoria con una efectividad pasmosa. Supo convertirse en heredero supuesto del caído, y naturalmente tampoco pudo Vicent levantarse de la tumba y dar su propia opinión. Incluso otros, como González Pons, copió su épico episodio de la naranja; gesta emulada con distintas perfomances parlamentarias por el hoy pletórico Joan Baldoví.

Rita y Vicent han tenido vidas paralelas, o mejor dicho, muertes paralelas. Si aquel corto «matrimonio» le unió circunstancialmente; la semejanza de sus hundimientos les ha unido en la eternidad. Lo peor es que el final de Lizondo puede ser premonitorio de lo que ocurrirá con Rita. Nunca faltan los «listos» que aprovechan los cadáveres en su propio beneficio.

A Vicent, el primer diputado valencianista en el Congreso de los Diputados y President de las Cortes Valencianas cuando murió, no se le ha dedicado ni una calle ni una plaza. Sólo fue usado mientras fue útil, después lo arrinconaron en las sombras. Valencia es tan dura que quizás le suceda igual a Rita, enarbolada ahora como bandera y muy pronto volatilizada. De momento, al día siguiente del entierro, el gran altar floral de su piso en la Alameda ya ha desaparecido. Ingrata Valencia; ingrata Humanidad.

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