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La brecha no es solo digital

Algunos centros educativos cumplen una labor social, además de pedagógica

Cuatro menores, en la Coma, observan el interior de un edificio que fue tapiado tras un desahucio.

Cuatro menores, en la Coma, observan el interior de un edificio que fue tapiado tras un desahucio. m. á. montesinos

Mucho se habla desde la suspensión de clases presenciales hace ya tres semanas de la formación por internet, de la necesidad de que alumnado y profesorado estén «conectados» con multitud de herramientas y portales a través de internet, de si hay que poner muchos o pocos deberes, de cómo serán los exámenes y la madre de todos ellos, la selectividad, pero, también, de la brecha digital: qué pasa con esos niños, niñas y adolescentes que no tienen en sus hogares ordenador, tableta o conexión a internet. En este caso, la brecha que ya existe en las aulas (por motivos socioeconómicos o de origen, por ejemplo), se resquebraja porque la covid-19 y sus consecuencias y «daños colaterales» también afectan, una vez más, a quienes parten con más desventaja en esta sociedad.

En la Comunitat Valenciana hay 90 Centros de Actividad Educativa Singular (CAES), en los que, como mínimo, uno de cada tres alumnos se encuentra en riesgo de exclusión y necesita un mayor apoyo educativo. Ahora, con el estado de alarma, estos escolares y estudiantes no solo se pierden las clases presenciales, sino que sus familias también se quedan sin ese contacto diario con los centros y los profesionales que en ellos trabajan, que son un referente y el primer sitio al que acuden cuando tienen dudas o problemas sobre cualquier asunto, más allá de cuestiones relacionadas con sus hijos e hijas. En este caso, los colegios son el nexo de unión de los barrios más desfavorecidos con el resto de la sociedad, que les acostumbra a dar la espalda.

Vivir al día

Uno de estos centros es el Colegio Santiago Apóstol del Cabanyal, en València. Su director, Jordi Bosch, explica que los primeros días del estado de alarma fueron «muy difíciles» para el centenar de familias que forman esta comunidad educativa. «Viven al día y si no salen a buscarse la vida, no pueden comer», detalla. Por eso cuenta que la semana de vacaciones de Fallas, el centro se coordinó con los servicios sociales de València, la Asociación Brúfol, la Fundación Ayuda una Familia y la Parroquia Nuestra Señora de Los Ángeles, para afrontar con las familias los problemas más inmediatos.

Una vez superado esto, Bosch detalla que se centraron en la acción educativa y pedagógica. Ahí, tienen una «brecha digital enorme», ya que muy pocas familias cuentan con ordenador y wifi, por lo que los tutores contactan a través del teléfono móvil, y algunas tareas se envían por WhatsApp. Además, el alumnado también se llevó trabajo antes de la suspensión de clases.

Para el director, más que obligaciones, las tareas deben ser «un respiro para todos, tanto padres como niños» en una rutina que puede llegar a ser tediosa durante el confinamiento, más en casas pequeñas, mal acondicionadas y habitadas por familias numerosas. Otro factor que hay que tener en cuenta es que el alumnado está «notando muchísimo el cambio», pues el Santiago Apóstol es más que un colegio al uso: está abierto prácticamente 12 horas al día, de 7:30 a 19:00, y en él, además de las clases, los escolares -desde Infantil hasta ESO- desayunan, comen y meriendan, y realizan talleres de higiene, salud, deporte, refuerzo escolar... y en el mismo espacio que sus hijos también se forman los padres y madres.

Por eso, el objetivo de los docentes del centro concertado estos días es ser un apoyo, «acompañar al máximo posible». «Son días muy duros y de mucha tensión; y está claro que esto afecta mucho más a los que menos tienen», dice Jordi Bosch, una reflexión que comparte Pablo Alcón, tutor de 6º del CEIP La Coma, de Paterna. «Nuestras familias son diferentes a la mayoría, hay que saber que hay una minoría que siempre se sigue quedando fuera de todo», detalla Alcón.

Falta material escolar

El colegio público es toda una entidad en la Coma («si no saben desenvolverse con algo y no tienen a quién preguntar, vienen aquí y les echamos una mano») y estos días también está haciendo una labor social. «Las familias lo están pasando muy mal, están muy angustiadas porque no tienen recursos y no pueden salir a ganarse la vida...», detalla.

Sobre la brecha digital, no es que en los hogares del barrio no haya ordenadores ni conexión a internet, sino que en algunos casos no tienen tampoco material escolar. Por eso, según explica, lo primero que hicieron los docentes al conocer la inminente suspensión de clases fue recoger todos los lápices, bolígrafos, rotuladores, colores, folios, cartulinas... que había en el centro, para que el alumnado se los llevara en un «pack» con fichas para varias semanas, preparadas a contrarreloj. Este trabajo, según el docente, pretende ser, igual que en el Santiago Apóstol, «una ayuda, no una carga extra o un estrés para las familias».

Pero de lo que están más orgullosos sin duda en la Coma es del canal de YouTube del cole (CEIP La Coma), que hace poco inauguró el alumnado de 6º y que ahora se ha convertido en el principal vínculo de unión entre los escolares y el profesorado, que sube dos vídeos al día (11:00 y 18:00 horas).

Y precisamente un vídeo para los pequeños es lo que preparan desde el CEIP Ballester Fandos de la Malva-rosa, donde se esfuerzan por poder contactar con las familias a través del teléfono o por las cuentas de e-mail que les están ayudando a abrirse: «ya lo hemos logrado en el 65 % de los casos», celebraba Vicent Ripoll, el director, la semana pasada. «Subimos algunas tareas en la web y otras se comparten por el WhatsApp del ampa», apunta.

Pero para él, lo más importante es que «los niños escuchen la voz de sus maestros», por eso les llaman por teléfono. «No nos preocupa académicamente, nos preocupa la huella emocional que este enclaustramiento puede dejar en la mente de un niño, porque en el colegio suelen vivir en una 'obra de teatro' diaria de ocho horas que es paralela a su realidad», lamenta. «Tenemos que aliviar y dar caliu desde donde estemos», defiende. Como dice Pablo Alcón, «aprovechar el vínculo con los alumnos para que no se sientan alejados de toda normalidad». Más que nunca en estos días.

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