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Canción triste de La 26

La 6ª sección de la 2ª compañía de la Policía Local de València nació en diciembre de 1972

Canción triste de La 26

La unidad de la Policía Local más famosa de València fue creada para dar servicio nocturno y combatir la delincuencia menor. Lo hicieron con métodos expeditivos que bordeaban la legalidad y que hoy estarían penados. Se les comparaba con «Los hombres de Harrelson» pero en realidad su día a día estaba más cerca de «Canción triste de Hill Street».

«Éramos duros porque los delincuentes nos debían tener miedo», explica Vicente Pérez, policía local de València jubilado y miembro fundador de La 26. «Respeto, no; miedo», insiste. Y añade: «No podíamos ir con contemplaciones». Ha pasado medio siglo y aún hoy hay quien recuerda la que, posiblemente, es la unidad de Policía Local más famosa de València y España. Sus ecos llegan envueltos de un aura de mito y leyenda negra a partes iguales. Pero, como casi siempre, la realidad es más prosaica.

La 6ª sección especial de la 2ª compañía de la Policía Local de València nació en diciembre de 1972. Comenzó con apenas 26 miembros, duró 14 años y formaron parte de ella 122 agentes, si incluimos mandos. Cuando más efectivos tuvo no llegaban a 80. No eran muchos, pero se hicieron de notar. Su artífice fue el entonces jefe de la Local, Manuel Jordán, en el cargo entre 1965 y 1985. Su objetivo era suplir las carencias de efectivos en València del equivalente a la Policía Nacional (el Cuerpo, con su denominación actual, nació con la Constitución de 1978). Ante ese vacío, Jordán propuso crear una unidad nocturna que se enfrentase a la delincuencia menor.

Jordán era todo un personaje. Profesor universitario, ascendió a jefe de la mano de Rincón de Arellano, vivió la Transición y se fue cuando la Ley de Incompatibilidades le hizo elegir entre la Policía y la Universidad. Se jubiló como policía en enero de 1986 y en 1987 fue nombrado catedrático de Derecho Romano. Su mera presencia imponía pavor entre los policías. Cuando entraba en el Ayuntamiento, de boca en boca llegaba el aviso para que todos los agentes estuvieran en posición de revista. Conservador, se resistió a la incorporación de la mujer a la Policía Local; de hecho, con Ricard Pérez Casado tuvo sus más y sus menos.

Pero, al tiempo, fue un avanzado. Así, aprendió en el extranjero técnicas que aplicó en València. De Miami, Nueva York y Londres, trajo enseñanzas sobre tráfico o la investigación de accidentes. La 26 misma, según relatan los veteranos de la Local, surgió a imitación de la policía de San Francisco.

Aunque la 26 ejercía sólo de noche, con el tiempo tuvo un pequeño turno de tarde de oficina que se iniciaba a las seis. Policías a pie de calle, uno de sus primeros oficiales, el sargento Enrique Ibanco, tenía a gala salir a patrullar como uno más. La mayoría eran jóvenes, aunque entre sus componentes también se encontraban dos veteranos de la División Azul. Que sepan los ex componentes de La 26 en activo, ninguno procedía de la Brigada de lo Político y Social. De hecho, su perfil, era diferente. Lo suyo era el lumpen. Por eso eran tan duros. «A mí me gustaba darle a los malos», dice Pérez; «así ya se iban calentitos y se llevaban algo; como luego iban a dejarles en libertad…» Vicente Játiva, uno de los últimos miembros de La 26 en activo, se incorporó en la promoción del 81 (la primera que incluyó mujeres policías para la Local). «Yo lo que quería era proteger a los débiles», asegura. Játiva arguye que para entender a La 26 hay que ver el contexto, algo que comparte su compañero Sebastián Abad, licenciado en Derecho, miembro de los servicios jurídicos de la Policía Local en la actualidad y componente de La 26 desde 1980 hasta la desaparición de la unidad. «Hoy expedientamos a compañeros por cosas que entonces no habrían supuesto nada», dice Abad.

¿Y cómo era ese contexto? «Una sociedad con más inseguridad y mucho delito menor, muchas peleas de bandas y más violenta», enumera Abad. Tirones, robos de radiocasetes de coche, reyertas… Entre 1976 y 1982 el número de detenidos por la Policía en zonas urbanas se duplicó y pasó de 41.928 a 88.403, según el informe coetáneo «Evolución social, criminalidad y cambio político», realizado por Alfonso Serrano.

Que hablen de ti, aunque sea mal

La mano dura les hizo famosos. La popularidad llegó por dos lados: la calle y los medios. Constantemente eran noticia por sus intervenciones: detenciones de terroristas del GRAPO, de bandas de delincuentes; impedir robos de bebés; su participación en el arresto de Joaquín Gambín, uno de los acusados por el incendio del Scala de Barcelona… «Teníamos persecuciones de coches cada dos por tres y detenciones todas las noches», recuerda Pérez.

Tiroteos, peleas, La 26 estaba en boca de todos. Todo el mundo había oído hablar de unos policías que disparaban primero y preguntaban después; y lo de disparar, a veces, no era metáfora. Lo que sucedió es que, también, mucho de lo que se contaba no era cierto, pero a ellos les daba igual; más fama, más miedo.

Su efectividad se impuso, hasta el punto que fue imitada en otras ciudades. Los agentes de València fueron a Zaragoza a instruir a una unidad nacida a su imagen y semejanza. También les imitaron en Barcelona, Badalona, Gandia…

En prensa se les comparaba con los televisivos Hombres de Harrelson. Este símil, que tuvo fortuna, no se ajustaba a su realidad. Los hombres de Harrelson eran SWAT, una unidad de intervención equiparable a los GEO.

El día a día de La 26, mundano, sórdido, si tenía parangón era con Canción triste de Hill Street; para lo bueno y lo malo. Sus enemigos no eran grandes delincuentes, sino los macarrones, que es como en el argot se denominaba a los proxenetas. Sus confidentes: yonquis y pandilleros.

A ello hay que unir las carencias. Las primeras promociones no tenían ni formación ni materiales. Las pistolas se las compraban ellos. «Llegamos a patrullar con nuestros coches particulares», recuerda Pérez.

Cuando cuatro cadetes de la policía de Los Ángeles visitaron València y quisieron conocer sus instalaciones, avergonzados por el retén del Mercado Central («aquello era una carbonera», dice Pérez), los agentes de La 26 fingieron que su retén estaba en el Salón del Cristal del Ayuntamiento. «Creo que no coló», ríe.

Pero la leyenda podía más que la realidad. «El uniforme hacía mucho; se había creado un mito y la gente, en cuanto veía el distintivo de La 26, nos obedecía», comenta Játiva. Aunque la fama se volvió en su contra.

Su dureza comenzó a ser criticada entre los demócratas. Algunos, incluidos medios de comunicación, siguieron excusándoles; pero otros veían intolerable su rudeza, «el guantazo del padre», como se calificaba a esas acciones. Encima, hubo agentes de la Local y hasta unos guardas jurados de la avenida Blasco Ibáñez que se aprovecharon de su reputación y, fingiendo que formaban parte de La 26, hicieron toda clase de barbaridades. Que tengan constancia los veteranos, al menos dos agentes de la Local fueron expulsados por hacerse pasar por miembros de La 26.

Igual que la sociedad evolucionaba, la Policía Local viró hacia estándares más democráticos y garantistas. Un cambio, inexorable, que se inició con la incorporación de las nuevas promociones. «Si de alguna forma, al principio, de alguna manera y en ocasiones, el fin justificaba los medios, a partir de los 80, desde luego, no», apunta Abad.

Los muchachos de la VI Flota

En el interín, La 26 aún vivió días de gloria. En el imaginario colectivo resaltan las batallas campales con punkis en El Carmen, que son menos de las que se cuentan. Su verdadera némesis eran los soldados de la VI Flota. Cada vez que un barco estadounidense atracaba en el Puerto, en La 26 sabían que esa noche tendrían problemas.

Abad recuerda especialmente una intervención en verano de 1981 en la discoteca Sami. «Había un soldado afroamericano que era un gigante; cada vez que movía un brazo caían siete», rememora. «Tenía un compañero, decidido, pero no muy fuerte, que el pobre iba volando una y otra vez, de un lado a otro de la discoteca», ríe.

Participar en este tipo de actuaciones hizo que surgiera una relación muy especial que iba más allá de afinidades personales o políticas (varios miembros de La 26 estaban afiliados a sindicatos de izquierdas). «Cuando intervienes en un servicio que has estado en peligro, nace un vínculo con tu compañero que no se rompe», relata Játiva. Esto explica porque aún hoy siguen viéndose todos los veteranos y los jubilados.

La modernización de la Policía Nacional y el nuevo escenario planteado por Ley de 1986 de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, hicieron que las funciones de la Policía Local se centraran en el Tráfico y hacer cumplir las ordenanzas. La 26 dejó de tener sentido.

Venían nuevos tiempos y podían ser mejores. Lo sabían hasta sus protagonistas. Cuando se anunció su jubilación, Jordán, en una entrevista en Levante-EMV, defendió que se vivía mejor en los 80 que en los 60. Lúcido, dijo: «Embellecemos los recuerdos eliminando lo desagradable, pero ahora se puede ver ópera en tu casa, en zapatillas, y eso está muy bien».

Su sucesor, Pedro Calderón, suprimió La 26 creando el servicio por turnos. Los miembros de La 26 se incorporaron a otras unidades. A los dos meses, pasaron a tener uniformes como los del resto de sus compañeros, sin su famoso distintivo.

Algunos se desplazaron a El Saler, a La 37, donde se encontraba Ibanco. Atraídos por su anterior jefe, del que todos hablan bien, La 37 se convirtió en un apéndice de La 26. Allí les esperaban ex compañeros, en algún caso desplazado como castigo, y, en la mayoría, motu proprio. Pasaron de patrullar de noche por zonas de riesgo a hacerlo en invierno por el plácido parque natural.

Otros siguieron en València. En una de sus primeras intervenciones con el nuevo uniforme, Játiva vivió como un conductor infractor le insultó: «Tú eres un mierda, como todos los locales», le espetó. Desde la calle, la gente le decía al agente: «Déjelo, si es un pobre desgraciado».

Al final le permitió marchar con la correspondiente multa, tampoco era para más, pero cuando se subió al coche policial pensó que, si hubiera llevado el distintivo de La 26, el tipo no le habría plantado cara y nadie hubiera dicho nada.

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